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El mejor taponero baja ritmo
Tomado de ESPN
Para regocijo de algunos y solaz de otros, los súper poderosos todavía mueven algunas de las piezas más importantes del beisbol.
Todavía hoy los Medias Rojas y los Yanquis consumen toda la atención mediática dejando las ondas radiales y televisivas completamente agotadas, para decepción de los fanáticos de beisbol que se ven interesados en clubes menos influyentes como los Tigres de Detroit o los curiosos Azulejos de Toronto, por ejemplo.
Ambos siguen siendo la vara con que se mide a todos. Y así es que sus reputaciones continúan intimidando, y ambos equipos están ahora primero y segundo en las clasificaciones de la División Este de la Americana, pero más que nunca en los últimos veinte años, la mortalidad y la regeneración parecen estar re definiendo a ambos equipos.
Manny Ramírez se fue, Curt Schilling se retiró, y la debacle de David Ortiz ha sido muy bien documentada. Joe Torre se fue, los Yanquis tienen al menos cuatro jugadores de primer nivel enfrascados en el histórico drama de los dos equipos de la ciudad, y el corazón de la gran dinastía de antaño (Derek Jeter, Jorge Posada y Mariano Rivera) ya no es más que un trío.
Quizás más aún que todos sus otros compañeros, es Rivera quien todavía en esta etapa madura de su carrera sigue siendo el más importante y al mismo tiempo el más desconocido miembro de la dinastía, tanto por su trabajo anterior como por su actual decadencia.
Él es el mejor taponero en la historia de esa posición. Junto a Posada, tiene la mayor cantidad de años de servicio seguidos en la organización de los Yanquis, y a medida que envejece (o a medida que finalmente se hace mortal) se mueve con una dolida intensidad.
Más allá de los números, Rivera siempre ha sido un personaje interesante. Se mueve con una elegancia profesional que sugiere que está más allá de la cacofonía diaria del show unipersonal. Es uno de los Yanquis, pero no se engancha en la tontería de la narrativa polarizadora de la rivalidad Medias Rojas vs. Yanquis que ambos lados instigan, y que hace que ambos equipos se enriquezcan mutuamente.
Rivera es un legítimo hombre de Dios, pero no da muestras audaces de su religiosidad, ni hace esas molestas señales hacia el cielo que se han transformado en la orden del día en el deporte. Si es que hay en él una felicidad o ansiedad adicional hoy, ahora que su siempre eficiente manera de lanzar ya no está garantizada, él no la muestra.
Siempre termina sus salvadas con un sencillo y casi formal apretón de manos con el receptor, tal como lo hacía cuando era imposible batearle. Es el anti-Papelbon, el anti-K-Rod.
En la actualidad, es una figura enigmática. Rivera tiene 39 años, acaba de someterse a una cirugía en el hombro, y su mayor arma (su aura de estoica invencibilidad) ha sido atacada por el tiempo, las sorprendentes fallas que ha tenido ante los Medias Rojas, y la creciente sensación de que después de todos estos años finalmente puede ser vencido.