Por encima de todo, Juan Palacios es un buen muchacho, atleta responsable y consciente de lo que representa para los suyos y el país. Pero creo que es necesario que aprendamos a respetarlo como boxeador. No por hacerle una concesión, sino por un acto de justicia.
Desde sus inicios como pugilista, Palacios ofreció destellos del talento que lo ha llevado a las alturas en su categoría. Dominio de la técnica, disciplina táctica y respetable poder en sus puños. Ésas han sido sus herramientas siempre y ahora las muestra más afinadas.
Sin embargo, algo pasa con Palacios, o quizá con nosotros. Siempre parecemos más atentos a sus defectos que a sus virtudes. Nos concentramos en lo que le falta, en lugar de apreciar lo que tiene, aun cuando persiste derribando escepticismos a su alrededor.
Sus peleas las seguimos viendo como un ejercicio de supervivencia para este esforzado muchacho, en lugar de observarlas como un acto de afirmación en escenarios de mayor repercusión como China o México, donde ha realizado las defensas del título que ostenta.
Ha ganado sus peleas de forma clara, como es su boxeo, aun cuando a veces se coloque de perfil zurdo, se guarde sus puños y los utilice como barrera de contención, en vez de recurrir a las ondulaciones, que bien domina, como expertos lo sugieren.
Se ha puesto en duda la potencia de sus puños, pero un 80.77 por ciento de sus 26 éxitos (21) son vía nocaut. Así que habrá que buscar otro argumento para cuestionarle. Ahora, nadie dice que tumba de un golpe, pero mina a sus rivales y los noquea.
Se ha puesto en entredicho su consistencia, y se nos olvida que tiene una cadena de 15 victorias corridas. Su último revés fue en octubre del 2002 ante José Antonio Aguirre. Desde entonces, ha triunfado y está en la cumbre a puro trabajo duro y constante.
A veces cuestionamos su potencial y lo comparamos con el instrumental físico de otros, pero su mayor virtud ha sido aprovechar bien lo que tiene. Esa tenacidad, el trabajo duro y su determinación son también parte de sus ingredientes.
Ha llegado el momento de dejar de ver a Juan como un muchacho esforzado. Es hora de respetarlo. Se lo ha ganado.