Jimmy en su apogeo

El deporte tiene siempre una manera providencial para garantizar su continuidad en las preferencias populares. Lo hace a través de esas figuras que llegan a penetrar hondo en el sentimiento de las mayorías. Y cuando una comienza a menguar, florece la otra. Pasa en la vida, pasa en el beisbol. Cuando las fieras de los […]

El deporte tiene siempre una manera providencial para garantizar su continuidad en las preferencias populares. Lo hace a través de esas figuras que llegan a penetrar hondo en el sentimiento de las mayorías. Y cuando una comienza a menguar, florece la otra.

Pasa en la vida, pasa en el beisbol. Cuando las fieras de los años setenta estaban por llegar a la conclusión de sus carreras, emergió la figura diminuta pero explosiva de Julio Medina, el camarero leonés que llevó el juego a otro nivel con su bate, su guante y su inteligencia.

Medina era un big leaguer en nuestros campos. Con una defensiva impecable, velocidad en los senderos y un bate que jamás se arrugó ante ningún reto, Julio cultivó un gran prestigio que incluso trascendió nuestra fronteras. Sus batazos, como el que disparó ante Andy Benes en 1988, o contra Japón en Cuba en 1984, están muy presentes.

Y cuando las condiciones de Medina comenzaron a decrecer, Nemesio Porras ya estaba listo para tomar la estafeta. Y la llevó incluso más alto, con una estupenda carrera de 20 años, 19 de los cuales voló sobre .300 puntos, con seis títulos de bateo.

Pero Porras no sólo era bateo. Su defensa ha sido la mejor entre los inicialistas y tuvo la extraña mezcla de poder y tacto, como para acumular cifras sólidas en todos los aspectos. Y asumió su papel de líder en el campo, y fuera de éste, hasta llegó a ser ejemplo.

Sin embargo también Nemesio se apagó y entonces, Henry Roa estaba listo para asumir el reto. De hecho había construido un sólido historial a la sombra de Porras; pero sin éste en el escenario, llegó el momento en el cual los faros lo iluminaron a él.

Ahora que no está Roa, el centro de la atención es Jimmy González, el candente artillero de los Tiburones, quien ha dejado en claro su gran calidad, mientras que con la madurez ahora entre sus herramientas parece que va camino hacia la grandeza.

González no es propiamente un niño. Tiene 30 años y uno de los mejores récords entre los bateadores locales. Sin embargo, uno tiene la impresión de que sus mejores años aún no han llegado. Que su momento en la cúspide está por arribar.

Pero éste es el momento de Jimmy. Se trata del bateador más puro que tenemos a mano. Maneja el madero como una extensión de su cuerpo. Sus cifras así lo prueban.

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