Sobre ese difícil oficio de hacernos reír
Indagando en la historia, de cuando surgieron los payasos, encontramos que hace unos cuatro mil años, en la antigua China, un bufón llamado Yusze servía en la corte del emperador Chiiu Shih huang-ti, a quien se debe la construcción de la Gran Muralla. En ese entonces este personaje poseía el privilegio de burlarse del rey, aunque con cuidado, ya que de sobrepasarse o equivocarse nuestro chistoso personaje podía pagar con su propia vida. En el tiempo, un “poquitico” más para acá, en Grecia, los payasos irrumpían en los intermedios de las obras teatrales, interpretando una propia versión cómica de la obra.
¿Payasos famosos romanos? Cicirro, que usaba una máscara con cresta de gallo y actuaba como tal y estúpido, que llevaba un traje de parches y un gorro puntiagudo (¿antecedentes del Güegüense?) ¿Y en el caso del primer payaso moderno, considerado así por la historia? Giuseppe Grimaldi, célebre, nacido en 1778, comenzó a actuar desde que tenía 2 años y fue mimo, cómico y volatinero. Una característica, en cuanto al vestir del payaso: un traje de lentejuelas, la cara maquillada de blanco y cejas circunflejas, guantes blancos, calzado enorme y una redonda nariz roja; ¿su carácter? Crítico, mordaz, rebelde e ingenuo. Hace el papel de tonto, se tropieza y recibe golpes por parte de su compañero. Hasta aquí parte de una clase de Historia Antigua y Media. ¿Y la moderna nuestra, siglo XXI? Una tragicomedia, ¿de un payaso? Con vestigios de colores descoloridos, con pelotas de tenis: tres, cuatro o seis, que son lanzadas con una mano en contra de la gravedad (aunque no sepa nada de Física), mientras con la otra desayuna un pan y próximo a él un famélico perro, cuyos ojos tristes y brillosos centran su atención en las migajas que se desprenden del viejo y duro pan.
¿Su carpa y luces? Ausentes. Lo más próximo un semáforo que parpadea (verde, amarillo, rojo, verde…) ubicado en una esquina. ¿Y a qué hora comienza la función? Me atrevo a asegurar que es cuando más vehículos circulan, en la búsqueda de monedas. Nuestro poeta, Rubén Darío, en su cuento El rey burgués, diría: “…Y el infeliz cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse ¡tiririrín, tiririrín! tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, …, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, tiririrín… pensando en que nacería el sol del día venidero, y con él el ideal, tiririrín…