- Hoy en los cines X-Men Origins: Wolverine
REDACCIÓN INTERNACIONAL / EFE
Tras una trilogía capaz de satisfacer por igual al público mayoritario y a los amantes del cómic de Stan Lee y Jack Kirby, los X-Men mantienen el tipo en su vuelta a los orígenes con un monográfico sobre su célebre miembro Wolverine, encarnado por el hombre más sexy del mundo, Hugh Jackman.
Después de la frialdad casi intelectual de Bryan Singer con las dos primeras entregas y la pulcra profesionalidad de Brett Turner, el relevo para la primera precuela cinematográfica de la serie lo toma con fuerza Gavin Hood, director sudafricano ganador del Oscar por Tsotsi (2005).
Las entregas anteriores sabían arrancar con elegancia y escarbar en el conflicto dramático —y a veces histórico— de estos mutantes que buscan la reinserción en la normalidad, pero que no pueden dejar de dar salida a sus dones extraordinarios.
Pero igual que Wolverine, Tormenta, Gambito y otros miembros del clan mutante dirigido por el profesor Charles Xavier luchan por reconciliar su aspecto animal con el humano, la saga X-Men ha mantenido tradicionalmente una batalla entre la acción comercial y la épica fatalista que persigue a los personajes urdidos en las viñetas del cómic.
En X-Men Origins: Wolverine, Hood rentabiliza el poder centrarse en un único personaje e inclina la balanza hacia los recovecos emocionales del protagonista, siempre acompañando con factura y movimientos de cámara que dejan claro que detrás hay recursos para despegar hacia la superproducción.
Así, explora la infancia de Logan, en clave freudiana, su descubrimiento del superpoder —en forma de garras afiladas—, su compleja relación con su hermano Víctor —también conocido como Dientes de Sable— y el conflicto por controlar ese don y llevarlo hacia causas nobles y no a la destrucción de su entorno afectivo.
Hood logra con suma eficacia dar prioridad a la emoción antes que a la adrenalina —que también está y es espléndida— y a la interpretación de un muy correcto Jackman antes que a su impresionante despliegue físico.
Pero sobre todo, dilata esa impecable combinación casi hasta el desenlace, donde resurge la artillería de la acción y la orgía de superpoderes que, lejos de crear sensación de clímax, se acerca más al batiburrillo técnico y empaña el conflicto existencial.
Con todo, Wolverine hereda de sus predecesoras la gran virtud de reconciliar a los no iniciados en el árbol genealógico de la Patrulla X, que disfrutarán de un producto con autonomía para atraparles, con los fans incondicionales del cómic, que tendrán el incentivo de descubrir todos los guiños para historias posteriores —ya estrenadas— de la saga.