Alfonso Cortés.LA PRENSA/Cortesía

Un Mallarmé leonés

Alfonso Cortés tradujo a Mallarmé y probablemente también a Paul Verlaine y Arthur Rimbeaud, terminando atrapado en las redes de las nuevas corrientes literarias que pretendían enterrar el sentimentalismo romántico Stephane Mallarmé (1842-1898) y Charles Baudelaire (1821-1867) tradujeron al francés los escritos del norteamericano Edgard Allan Poe (1809-1849). La inteligencia aguda y en muchos aspectos […]

  • Alfonso Cortés tradujo a Mallarmé y probablemente también a Paul Verlaine y Arthur Rimbeaud, terminando atrapado en las redes de las nuevas corrientes literarias que pretendían enterrar el sentimentalismo romántico

Stephane Mallarmé (1842-1898) y Charles Baudelaire (1821-1867) tradujeron al francés los escritos del norteamericano Edgard Allan Poe (1809-1849). La inteligencia aguda y en muchos aspectos trastornada por el alcohol de este gran escritor exalta en sus versos el misterio, lo desconocido, lo fantasmagórico y las pasiones más profundas de la psiquis humana.

La ejemplaridad de los griegos para la literatura universal trasciende a la posteridad a través de los romanos, que se adueñaron del estilo y de su temática. En el siglo II de nuestra era se encuentran las primeras manifestaciones literarias del pensamiento cristiano en lengua griega, obra de los apologistas que defendían la religión nueva contra los ataques de los paganos, o de los doctores que la enseñaban dogmáticamente.

En San Juan Crisostomo, Obispo de Constantinopla, asoma en su fe naciente mucho de la cultura helénica. San Agustín en La Ciudad de Dios concilia el idealismo platónico con las nuevas creencias. Los movimientos artísticos de la Edad Media, Renacimiento, Neoclasicismo, Romanticismo tuvieron como marco de referencia la fidelidad plena a los inmortales modelos griegos. Tal oleada alcanzó a la naciente vida artística de nuestro país.

Los historiadores nuestros del siglo XIX y parte del XX escribían la historia como Herodoto y Tucidides. Salomón de la Selva (1893-1959) en el abordaje de temas actuales transpare la cultura greco-latina, lo que lo clasifica como un clásico vanguardista.

Alfonso Cortés (1893-1969) tradujo a Mallarmé y probablemente también a Paul Verlaine (1844-1896) y Arthur Rimbeaud (1854-1891), terminando atrapado en las redes de las nuevas corrientes literarias que pretendían enterrar el sentimentalismo romántico y la maestría formal de los parnasianos.

La originalidad parece no existir en las diversas historias y tanto menos en la historia de la literatura, lo nuevo, si es que lo hay, consiste en la genialidad empleada para relatarla. Así como Poe convulsionó la mente de los simbolistas, estos mismos junto con los románticos y parnasianos convulsionaron la mente de Cortés, como antes habían hecho con el padre del modernismo Rubén Darío (1867-1916). Para Mallarmé “el poeta siempre tiene que abandonar el mundo real en el que está como prisionero para dirigirse hacia el cielo del ideal” (Las Ventanas y el Azul).

La búsqueda de caminos nuevos con la negación de lo real como materia poética y lo sublime como materia artística caracterizaron la segunda parte del ochocientos francés. Gerard Nerval (1808-1855) y Charles Baudelaire introducen en la poesía la doctrina del pensamiento secreto que consiste en que toda la materia contiene el alma del mundo, así como es traducida por las sensaciones. Por las sensaciones se experimenta un goce divino y de la materia el alma revelada se proyecta al cielo.

La poesía comienza así su viaje por los caminos de las sensaciones y de la sensualidad más refinada y, aunque Emmanuel Kant (1724-1804) entierra las pretensiones científicas de la metafísica cuando afirma: “La metafísica como disciplina especulativa es imposible, pero existe como tendencia natural que lleva al hombre al absoluto”. Sin embargo su connacional Martin Heidegger (1889-1976) con su lenguaje oscuro revive el existencialismo metafísico del teólogo danés Jören Kierkegard (1813-1855) y su ensayo sobre Friedrich Hölderlin (1770-1813) trata de convertir la locura de uno de los pioneros del romanticismo alemán en un laboratorio de ensayo al intentar describirla (Hermenéutica) a la luz de su teoría sobre el existencialismo auténtico que se encuentra en la angustia. Aquí la angustia no es por tal o cual cosa, sino por la nada. Es, pues, la nada la que se revela en la angustia.

El concepto de angustia será el fundamento de la filosofía existencialista de Karl Jasper (1883-1969), pero es con Jean Paul Sartre que la teoría abstracta se vuelve experiencia concreta “L’être et le néant“ y el existencialismo aparece ocupándose de situaciones concretas del hombre en su diario quehacer y en las experiencias afectivas inmediatas: la soledad, la desesperación y la angustia.

La historia de la literatura está llena de ejemplos donde la locura viaja de la mano con la poesía. Hubo un tiempo en que la normalidad estadística venía cuestionada por la caldera encendida de la imaginación poética: Banville (1823-1891) afirmaba que la función del poeta era vivir en el espacio; del aire, del azul, de las alas etc. A Gerard de Nerval (1808-1855) en una noche de neblina lo encontraron colgado de una soga amarrada a un portón de una callejuela de París. El sueño había matado la realidad. Dumas decía de él: “Cada quien desea volverse loco para seguir este esplendoroso guía que nos conduce al país de las quimeras y de las alucinaciones, lleno de oasis frescos y sombreados, más que el camino que lleva a Alejandría”.

En el periodo comprendido entre 1914-1927 en León de Nicaragua florecen numerosos poetas y escritores que fundan revistas, publican libros, folletos, organizan concursos y ateneos bajo el estímulo y la motivación del éxito alcanzado por Rubén Darío en el escenario internacional.

Para 1924 asistimos al declino del modernismo y a una renovación de la técnica y de la temática de la poesía bajo el influjo de los movimientos de Vanguardia. Una década antes Alfonso Cortés, todavía lúcido, sin que la esquizofrenia hubiera mandado en pedazos su centro de coordinación psíquica liberando a su propia autonomía sus actividades mentales, prepara sus instrumentos y con avidez insaciable de conocimientos hace sus primeras incursiones en el mundo exclusivo de los artistas, teniendo como fondo la rústica León aferrada a sus ritos y costumbres dictados por los cánones eclesiásticos, encerrada en las murallas de la cultura colonial, con un orden social y económico determinado por la Providencia; con una agenda diurna y nocturna establecida por las campanas de la Recolección, y su mayoría de la población convencida como los místicos españoles que la única vía de acceso al conocimiento era el sufrimiento y la contemplación extásica.

En este contexto tan limitado, como cerrado a cualquier forma de renovación, con su colosal erudición el Mallarmé leonés se lanza a sus experimentos espirituales y como medio de defensa se construye su propio laboratorio para poder iniciar su aventura poética. Nadie más que un poeta es más dispuesto para encauzar el impacto de las nuevas ideas y vaticinar el sentido del porvenir.

El misterio, el absoluto inaferrable, lo sublime, los grandes espacios constituyen el factor de unidad de casi toda la producción artística de Alfonso Cortés. Su deseo de plenitud encuentra refugio en la nada, en la angustia existencial que depositará en su poesía metafísica. Su universo psicológico le proporciona un infinito de reflejos que, privos de toda solidez material, no resultan ser más que signos del inmenso Todo. Los signos unen las realidades del poeta entre sí, la realidad a su pensamiento y al más allá. El camino que lo lleva a los signos, clave del mundo supranatural, no son las cosas que lo rodean más las sensaciones agudas impactantes, convulsionantes, conmoventes que esas cosas producen en él. Las cosas materiales le interesan poco, la verdadera realidad que no se reconoce en la ordenada y ordinaria percepción está en su mente y en su mundo de sensaciones que le sugieren los secretos de las cosas. Una realidad por cierto más pura, más perfecta, más inmaculada según las normas de las doctrinas esotéricas del arte —cabalístico—.

Abandonado a su propia soledad y temores, el poeta lucha a través de su aparato sensorial, de acceder al conocimiento, al misterio que para él es el verdadero conocimiento. Alfonso Cortés no intenta llegar al conocimiento por medio de la Razón, ni aún cuando la conservó intacta, más por vía de los sentidos y de sus sensaciones. El panteísmo de Víctor Hugo se evidencia en la concepción de la naturaleza como símbolo de Dios, aunque eso no quiera decir que la naturaleza, la materia sea espíritu, pero siendo la obra de un espíritu permite llegar al espíritu de Dios, es decir alcanzar la sabiduría absoluta. Mundo de símbolos y signos abierto también a la dimensión onírica. —“En donde estás, en donde estás, distancia sin relación y tiempo sin medida y lo que Dios es, la única fragancia”— —¡Oh!, quítame esta túnica; vestida así, mi ser es cosa, sólo cosa, pues la forma es la cárcel de mi vida. (La Piedra Viva).—

La sed de infinitos que atormenta al poeta se saciará en los grandes espacios del cosmos, siempre a la búsqueda de sensaciones que le hagan vivir el goce divino. La naturaleza comunica mediante mensajes y obscuros secretos que acrecientan el misterio y el obstinado rechazo de la realidad es ya en Cortés necesidad espiritual. Los simbolistas —metafísicos— proclamaban: “Feliz aquél que puede lanzarse a los campos luminosos y serenos para comprender el lenguaje de las flores y de las cosas mudas. Al traste con el aburrimiento y las penas que abruman la existencia cotidiana”. “Cuando veo las flores y las aves errantes, llena de gracia ante el silencio de las cosas, vuela mi pobre espíritu a los siglos distantes y siento renovarme en pájaros y rosas”. (Tardes de Oro 78).

Su enfermedad le impide abrirse plenamente al mundo y la vida; la pérdida de su identidad lo encierra en sí mismo en las cavernas de su memoria implícita y libre de cualquier traba edifica su propio mundo y, como animado por un movimiento de ascensión, se eleva hacia los grandes cielos que hacen soñar de Eternidad a la búsqueda, como decían los místicos clásicos de “purificarse en los aires superiores y beber como un puro licor el fuego claro que llena los espacios límpidos de las tardes de oro”. “Y quién sabe hasta cuándo aprenderemos a vivir como los astros — libres en medio de lo que es sin fin y sin que nadie nos alimente”.

La angustia está presente a lo largo de toda su obra y existencia, negra soledad del poeta aplastado por el destino y abandonado a su suerte por Dios. La manera de enfocar sus temores traduce una no clara Fe transparente, frágil, un poco incoherente porque bien sabemos que para los cristianos lo que se opone a la Fe no es la negación de Dios o el ateísmo, bíblicamente lo que se opone a la Fe es el miedo porque el cristianismo es la Fe en la vida que no muere. “Y aunque abra ventanas, rompa puertas, los ruidos de mi existencia atroces se incendian en el valle de mi alma” (Valle del Alma). “Me acerco al cisne de tu vuelo en el silencio que me invita a vivir con el alma y así calmar el ansia secreta de las alas como hostia partida” (Alas del Silencio).

Para los marxistas el tiempo y el espacio son categorías del movimiento de la materia, para Cortés son intuiciones puras, formas a priori de la sensibilidad. Fuera del tiempo y del espacio, lejos de cualquier subjetividad está la Eternidad, ”la realidad en sí” del idealismo de Emmanuel Kant —“¿Tiempo, dónde estamos tú y yo, yo que vivo en ti y tú que no existes?”—

En la poesía del poeta leonés aflora todo el esoterismo cabalístico de la metafísica clásica: Dios comienza en las tinieblas y culmina en la luz con la promesa del día más allá de la tumba, encontrar la luz a través de las tinieblas, llegar a la luz a través de las oscuras sensaciones, sentir a Dios en el corazón de lo sensible; llegar al trasfondo de las cosas manifiestas, el amor trascendente que lo envuelve todo. ”!Oh amor, alma del mundo y rey del alma, tú das música y brillo a mis cantares, y se alza en mí tu gigantesca palma sublime cual las olas de los mares!” (Poemas Eleusinos 51). La mística es un componente que resalta en la obra creativa de Alfonso Cortés hasta llegar constituir su estética, con un efecto a veces escalofriante que alcanza la dimensión del éxtasis; los reflejos de lo invencible en lo visible reafirman una espiritualidad de cirios encendidos que, como antorcha, alumbran los secretos más recónditos del alma.

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