La imprudencia peatonal al caminar por las calles lo puede llevar a la muerte
Temprano en la mañana, cuando me traslado a la universidad, pensando en las tareas pendientes de la semana anterior, o las prioritarias por realizar, sin dejar de centrar la atención al volante, observo que la ciudad “despierta” con el intento del astro Rey de elevar algunos grados de temperatura en la medida que alcance su cenit.
De igual manera muchos transeúntes hacen lo mismo, logrando distinguir que unos andan más de prisa que otros, señal, que el horario de entrada al centro de trabajo no es el mismo.
La problemática de lo anterior, como señal o descripción de un nuevo día, resulta preocupante cuando vemos personas imprudentes, que en su prisa se trasladan usando la calle como vía principal, espacio que les corresponde “por ley” a los vehículos, cuando en los bordes o extremos encontremos los andenes o aceras casi vacíos, “abandonados”, como sino tuviesen utilidad alguna.
Las contradicciones o interrogantes surgen ¿para qué entonces las construyeron?, ¿por qué no las utilizan?, ¿acaso un metro de concreto desperdiciado nos distancia de la muerte? Esta tendencia o (mala) costumbre de caminar por la calle me resulta sospechosa, en la búsqueda de una justificación injustificable, cuando por alguna razón laboral nos trasladamos a los departamentos y bien por las calles principales vemos la ausencia del andén y de forma obligada, no hay de otra, hombres, mujeres y niños, caminan en fila india (uno detrás del otro) y correctamente en dirección contraria a la de los vehículos y no en el mismo sentido.
Pero cuando nos trasladamos a la capital “desaparecen” las filas indias, pareciera que se pierde el temor o el respeto a la muerte obviando el vehículo que se aproxima, ya que se le da la espalda y que aunque usted agote su batería presionando el claxon o bocina del carro, posiblemente reciba o bien un rostro inmutable, oídos sordos, o un gesto grotesco o irrespetuoso, como manifestación de estorbo, ya que por lo visto “el peatón siempre tiene la razón”.
¿La respuesta? La falta de educación vial, relacionando lo anterior con el establecimiento de leyes que conduzcan a la creación de hábitos, además de ser enseñado en la escuela.
¿Soluciones posibles? Ampliar las funciones de los policías, donde se multen a aquéllos que crucen por donde les place (a mitad de calle) donde antes hubo una cerca y ahora existe un hoyo o que visualizan a los puentes como una “misión imposible” de subir y bajar.
Más semáforos “inteligentes”, que una vez fueron o tuvieron su boom y hoy nadie les hace caso. Situar líneas blancas en los extremos de las calles principales al menos más transitadas, donde por ahí y sólo por ahí, sea obligatorio cruzar las calles, una vez que el amable semáforo con su luz roja nos indique: Pase. Y… no lejos de ellas, nuestro amigo el policía, con sus boletas en mano (¿amarillas, blancas?) en fin, hacer cumplir las leyes peatonales, que sí existen, simplemente no se respetan.
Para concluir, ya que casi llego a la entrada de la “U”, recuerde que su vida vale mucho, no la menosprecie. ¿Se quiere a sí mismo? Pues, suba a la acera, use el andén.