Insurrección
“Cuando el Gobierno viola los dere-
chos del pueblo, la insurrección es el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes”.
Marcha cívica
Como ciudadana nicaragüense sin afiliación política me entristece ver que en nuestro país no existe el civismo suficiente para permitir que una marcha ciudadana se realice pacíficamente como en otros países democráticos del mundo. Tal vez sea un tema que deba abordar un especialista en la materia, pero no todos los seres humanos somos iguales, cada uno piensa de forma diferente y cada uno tiene derecho a expresarse. Podemos estar o no de acuerdo con el gobierno actual. Supongo que es “lo normal” en todos los países que el partido de gobierno tenga siempre opositores.
Es digno de admirar a todos los que, a pesar de la tensión y la incertidumbre provocada por los grupos del gobierno desde la noche del viernes 27, se hicieron presentes a la marcha cívica del pasado sábado 28 de febrero.
Una vez más los nicaragüenses salimos a relucir al mundo por medio de los noticieros internacionales con las imágenes menos favorables para el país. Sólo deseo que los líderes políticos del grupo cívico no defrauden a tantos que se arriesgan en estas manifestaciones, porque creen firmemente que el país merece un cambio, que ojalá se dé en un futuro cercano. Digo esto porque es triste recordar cómo en el pasado hubo enfrentamientos entre simpatizantes de partidos políticos defendiendo a sus líderes que finalmente los han decepcionado, que únicamente han utilizado a las personas haciéndoles creer que luchaban por una misma causa.
Ojalá los participantes de las marchas puedan meditar que todos tienen derecho de manifestar su simpatía hacia un grupo político o por una causa en común. Al final de cuentas todos somos nicaragüenses y en los momentos difíciles siempre hemos estado unidos, independientemente de nuestra religión o creencia política.
Policía politizada
Después de observar serena y analíticamente el papel jugado por la llamada Policía Nacional en la pasada marcha, organizada por la oposición en contra del fraude electoral y la nueva dictadura, los nicaragüenses debemos estar claros que esta misma institución, que una vez fue proclamada a grandes voces como la más independiente y profesional del país, hoy no es más que una sombra oscura, sometida y arrodillada a los pies de una familia, que como en el pasado somocista, pretende instaurar en nuestro país un nuevo régimen de terror y represión.
No bastaron los muertos de la época de la dictadura de Somoza; no bastaron los diez años de muerte y destrucción a que nos llevó la revolución sandinista y no bastó el hambre y la sangre del pueblo, derramada al capricho de los actuales gobernantes. Hoy no bastan las consignas para callar las voces de protesta y la indignación popular, no bastan los bolívares con los que dudosamente nos ayuda Venezuela, ni bastarán las tomas de calles y rotondas por la furia de los morteros que pagan nuestros propios impuestos.
Ha llegado la hora de decirles “basta ya”, como se le dijo a Somoza cuando no cejaba en su afán de reelegirse y perpetuarse en el poder; hay que dejar atrás y castigar la complicidad de algunos políticos opositores con el régimen y alzar nuevamente las viejas banderas de justicia y libertad, que son el símbolo más claro de la dignidad nicaragüense, mil veces puesta a prueba y mil veces vencedora. Ese día está cada vez más cerca y las palabras del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal: “Nicaragua volverá a ser República”, como una sentencia divina y una espada de Damocles, caerán sobre las cabezas de todos aquéllos que se opongan a la voluntad popular.
Ortega y Somoza
Muchos sectores políticos y de la sociedad civil de Nicaragua repiten constantemente que “Ortega y Somoza son la misma cosa”. Sinceramente difiero de quienes afirman ese lema, porque creo que si fuera así, Daniel Ortega de la misma manera que copia las cosas malas de Somoza también copiara las cosas buenas, Nicaragua en estos momentos estaría en vías de desarrollo; por ejemplo si Ortega y Somoza fueran la misma cosa los nicaragüenses no tendríamos necesidad de emigrar a otros países para buscar trabajo; tampoco tendríamos necesidad de vivir de remesas familiares; el Gobierno de Nicaragua no tuviera necesidad de ser un pedigüeño internacional de la comunidad donante; nuestro país en estos momentos estaría en vías de volverse a convertir en el granero de Centroamérica, también el córdoba estaría en vías de ser una moneda sólida y estable, a como cuando pasó con respecto al dólar al 7×1 por 35 años consecutivos, también nuestra moneda estaría con el rango de divisa internacional, de manera que si cualquier nicaragüense llegase a cualquier país con córdobas se los cambiarían por la moneda que desee a como lo fue hasta 1978.
Si fuera cierto que Ortega y Somoza son la misma cosa, entonces la deuda externa en estos momentos estaría en 1,300 millones de dólares y nunca hubiera llegado a los 12,500 millones que llegó con el pasado desgobierno de Ortega; también el país estaría trazado de carreteras en buen estado y el Gobierno preocupado por sacar la producción de café, algodón, carne, frijoles, legumbres, etc.
La diferencia entre Ortega y el general Somoza es abismal, pero sin embargo, debo reconocer que en lo único que son la misma cosa es en cuanto al autoritarismo y la mano de hierro con que trata a sus verdaderos opositores.
Singularidad
Cuántos jóvenes reivindican su personalidad diciendo: ¡Yo quiero ser yo mismo, quiero ser distinto de los demás! Efectivamente, una nota importante de la persona es la singularidad, por la que cada hombre es diferente a los demás. Porque, aunque todos tenemos la misma esencia, la herencia y el ambiente, nos han constituido de un modo determinado. Los educadores, tanto padres como profesores, han de fortalecer y perfeccionar esa singularidad de cada educando.
La consideración de la singularidad de cada hombre provocó en el siglo XX un movimiento pedagógico de la enseñanza individualizada, con grandes autores e interesantes avances en la ciencia de la educación. El cenit de ese movimiento lo tenemos en la educación personalizada, que considera a cada chico como una auténtica persona, con las notas de singularidad, autonomía y apertura.
Es importante destacar el carácter singularizador ante la presión masificadora que ejerce la sociedad sobre los individuos y sale al paso del riesgo de una educación colectiva, que fijándose en el grupo, convierte a cada escolar en una parte de un todo o en un puro elemento numérico.
El profesor Jung decía: “Cuando la sociedad, en sus diversos representantes, actúa automáticamente las cualidades colectivas, con ello premia todo lo mediocre, todo lo que se dispone a vegetar de un modo fácil y exento de originalidad; es inevitable que lo individual quede atropellado. Este proceso se inicia en la escuela, continúa en la universidad y predomina en todo lo que dirige el Estado” (Jung, C. G. El yo y el inconsciente, Barcelona).
La singularización exige la atención personal de cada estudiante, para hacerle consciente de sus posibilidades y limitaciones. En el centro educativo el tutor realizará entrevistas con cada chico y con los padres. Asimismo, en la familia cada hijo debe sentirse distinto de sus hermanos.
Pero cabe el riesgo de considerar a cada escolar como un individuo aislado y olvidar la nota de apertura a los demás, es decir, de la comunicación con los otros. Por eso una tarea importante de la educación es desarrollar las habilidades sociales y la participación en los trabajos escolares, mediante el trabajo en equipo, en el grupo del aula y en todo el centro escolar. El estilo de educación ha de ser a la vez, singularizador y socializador.
En la familia los padres pueden pensar por separado en cada chico sobre lo que necesita para ser él mismo, respetando su forma de vestir, sus gustos musicales, sus aficiones, etc. y qué manifestaciones de afecto y estima necesita y que no está recibiendo.
Por ello, tanto desde la escuela como de la familia se ha de buscar la educación del hombre íntegro, capaz de poner su sello personal en las diferentes manifestaciones de la vida.