la edad y la ausencia

El tiempo es imperdonable. Y lo que hoy es un cabello blanco, ayer fue negro y brillante Siempre llego de visita a casa de mi madre, en la medida que el trabajo me lo permite. Cuando entro a la casa donde nací y donde me crié, siempre me vienen las memorias de la infancia (¡uhhh!, […]

El tiempo es imperdonable. Y lo que hoy es un cabello blanco, ayer fue negro y brillante

Siempre llego de visita a casa de mi madre, en la medida que el trabajo me lo permite.

Cuando entro a la casa donde nací y donde me crié, siempre me vienen las memorias de la infancia (¡uhhh!, hace tiempo), pero también el recuerdo de los tíos, los primos, la abuela y el abuelo (q.e.p.d.) y ahí no más, mientras la abuela teje, no sé para quién, porque ya no se avizora ningún nuevo tataranieto —parecida a Penélope a la espera de Ulises—, volviendo a tejer y a destejer, balanceándose en su sillón que absolutamente nadie puede tocar y que todos fielmente respetan.

La doña me recibe con un beso y un fuerte abrazo, pasando a la ronda de preguntas tradicionales, de cómo están por la casa su nuera, sus nietos y el trabajo, queriéndose actualizar, pero que en muchas ocasiones no es la primera vez que pregunta.

¿Será cansancio o señal de acumulación de años que no pasan en vano y que le hacen olvidar algunos pasajes de su vida? Cuando me fijo en un cuadro que guarda una foto con tonalidades grisáceas y cafés, aparece ella, demostrando su belleza de aquel entonces y el porqué de tantos “enamorados” ahuyentados por el abuelo.

La imagen da un sentido de comparación, de cómo el tiempo es imperdonable. Y lo que hoy es un cabello blanco, ayer fue negro brillante; lo que ayer fue una piel lisa y suave, hoy es cuarteada y áspera.

La otra conversación que no suele faltar es la de quiénes van muriendo poco a poco, algo que cae en el humor negro, pero que también es una cruda realidad. “¿Sabes quién se murió?”. “¡No, mamá!”, le respondo.

Continúa ella: “Te acuerdas de…”. “Sí, aquella señora que…”. “Pues falleció hace dos semanas y… el señor de la pulpería, sí Don…”

Estos cuentos a veces llegan a preocuparme. No sé si realmente quiere ella ponerme al día sobre las cosas que suceden en el barrio, o si es que le tiene miedo a la muerte, porque la vida, los años, se le van acabando.

La idea de pensar en lo anterior resulta algo complejo y hasta cierto punto tétrico, y no por el hecho de tener conciencia de que algún día no estaremos, como manda la ley de la vida, sino por el deseo de vivir y seguir compartiendo con los seres queridos, querer ser escuchado y dar los consejos de antaño, que pueden resultar a veces chocantes y contradictorios.

Cuando uno de los nietos expresa que lo que dice la “abue” no responde a esta época, uno ahí no más como respuesta se lleva el dedo a la boca en señal de silencio, acercándonos al oído del chigüín e indicándole: “Respeta a la abuela”.

La vida tiene momentos felices y otros amargos, duros. ¿Qué hacer entonces ante esa conversación sobre personas que van muriendo?

Nada, simplemente evidenciar que se le sigue queriendo, darle un beso en la mejilla, y decirle: “Doña señora, cambiemos de tema, deje de hablar boberías y probemos esa rica sopa de albóndiga que sólo usted sabe hacer”.

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