Más allá de cualquier connotación política o de lo que fuere, hay algo que no está en discusión, y es el éxito de los Torneos Pomares. Fueron alegres, ordenados y contaron con una gran capacidad de convocatoria.
Las bases de su éxito en un principio fueron los jugadores construidos en los años setenta, pero luego se dio su propia cosecha, que incluso, permitió recoger frutos en años recientes. Es más, ahí andan aún dando guerra Próspero González y Asdrudes Flores, entre otros veteranos de mucha valía.
Aprecié los torneos desde las gradas entre los fanáticos y desde las cabinas como periodista. Y era un trabajo entrar a un simple juego León-Bóer en Managua. Parecía que toda la capital se citaba en el coloso de concreto, mientras las rivalidades entre los clubes le ponían sabor al caldo.
Figuras como Julio Medina, Julio Moya, Ariel Delgado, Apolinar Cruz, Adolfo Álvarez y Diego Raudez, entre otros, ocuparon un lugar especial en la simpatía de los aficionados, antes del aterrizaje de los Nemesio Porras, Epifanio Pérez o Henry Roa, quienes también escribieron brillantes historias posteriormente.
¿Qué veremos ahora con el regreso de los Pomares? ¿Se sentirán los fanáticos animados a regresar al estadio? ¿Del nacimiento de qué figura seremos testigos en esta ocasión? Sólo con el tiempo lo sabremos, pero lo que sí es perceptible, es el entusiasmo que emana desde todo el país.
La crisis económica y la escasa visión convirtieron el beisbol en un privilegio para unas pocas ciudades. De 14 equipos se pasó a 12, luego a 10, y después a ocho y seis, y finalmente a cuatro. Antes de llegar a una etapa en la que disputaban el título los únicos dos clubes que resistían al desorden.
Ahora se ha regresado a la raíz, al campo y las ciudades aisladas, poniendo por delante del espectáculo la necesidad de desarrollar jugadores, en una siembra, cuyos frutos no se cosecharán a lo inmediato, pero van a crecer, sin duda.