El diccionario no le ladra a un posible agresor, pero sí es leal, nos educa
¿Quién es el mejor amigo del hombre?
No recuerdo desde cuándo, pero siempre he escuchado como respuesta a la pregunta anterior: “El perro es el mejor amigo del hombre”. Y también de la mujer, (el problema de género como siempre).
Cuando me pregunto el porqué, lo atribuyo a la inteligencia o a la fidelidad de este animalito o “animalón” si es un rottweiler.
Inclusive, hay muchas personas que lo consideran su único amigo porque es leal, guardián y acompaña a aquéllos y aquéllas que en la mañana salen a correr para “bajar algunas libritas tratando de reducir el colesterol”, aunque el pobre perro —al cual no le consultan— vaya con la lengua casi rozándole el piso.
Desconozco si en el último censo realizado en nuestro país, en el año 2005, se contaron cuántos perros per cápita hay en cada casa, pero basta con que usted pase por una calle cualquiera, y ahí salen manadas de canes que tratan de morderle la “canilla”.
Esto valida que sentimos amor por los perros ya sean hermosos, de “marca” o aquéllos, que no por ser los más corrientes, nos avisan con sus ladridos que hay alguien cerca de la morada.
En contraposición a todo lo anterior y con el curso del tiempo, nos hemos visto casi obligados al uso de un nuevo amigo: el diccionario.
Según la Historia, el primer diccionario consistió en unas tablillas de arcilla de la época sumeria, encontradas en Nínive y que fueron del rey Asurbanipal. Este diccionario contenía una lista de vocablos para denominar objetos y cosas.
En el caso del denominado primer diccionario occidental lingüístico propiamente dicho, lo creó el griego Apolonio, un filósofo del siglo III antes de Jesucristo.
Lo tituló Lexicón y fue utilizado por Homero para escribir La Odisea y La Ilíada.
Pero el autor del primer diccionario en español fue Sebastián de Covarrubias en el siglo XVII.
Ya en el siglo XVIII, la Real Academia Española de la Lengua editó el primer diccionario de la Academia.
Pero, ¿por qué decir que este preciado documento es superior al perro?, se preguntará usted.
Cuando yo escribo y tengo dudas sobre una palabra mal escrita o cuando no domino a cabalidad su significado, y desgraciadamente no puedo en ese momento contar con mis compañeras de trabajo Inés Izquierdo o María Cecilia, recurro a mi amigo: el diccionario.
A veces participo en reuniones donde se cuestionan conceptos o definiciones, que suelen “derrumbar” esfuerzos hechos, donde no dudo que exista una buena intención, pero que a la larga, el mejor juez será el diccionario.
Me queda claro, amigos lectores, que el diccionario no le ladra a un posible agresor, no le muerde la “canilla” a nadie que pase próximo a su territorio.
Pero sí es leal, nos enseña, nos educa, nos permite emitir criterios sólidos sobre un concepto o significado, sobre una palabra correctamente escrita.
Para concluir, les propongo que de ahora en adelante cuando su perro esté bajo sus pies, dele con una mano un cariñito sobre el lomo del can, como señal de lealtad, y con la otra consulte al diccionario, ante cualquier duda.