- Continúa frenético rescate de personas atrapadas, incluidos cientos de turistas
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Las labores de ayuda humanitaria para los miles de damnificados que dejó el terremoto del pasado jueves en Costa Rica pasaron a un lugar de prioridad, mientras las autoridades de socorro continúan las acciones de rescate de cientos de personas que permanecen aisladas en la zona de desastre.
Un portavoz de la Cruz Roja dijo a Acan-Efe que tras los rescates de los últimos dos días ya se puede hablar de pequeñas comunidades aisladas, más que de personas atrapadas en carreteras.
Sin embargo, un fotógrafo de la AFP comprobó ayer que todavía quedan personas —algunas muertas— atrapadas en los vehículos soterrados por los aludes de tierra que han caído en esta zona montañosa y lluviosa, la más golpeada por el sismo de 6.2 grados en la escala de Richter.
En las Cataratas de la Paz, cerca de un centenar de turistas de varias nacionalidades seguían ayer por la mañana atrapados en el parking del hotel Jardines de las Cataratas, a la espera de ser evacuados, después de que su hotel quedó inutilizado.
Otros, enfadados porque llevaban cerca de 24 horas sin comer, salieron a pie por caminos de barro casi intransitables, mientras los helicópteros evacuaban a las personas de mayor edad y a las familias con niños.
Las autoridades esperaban agilizar las operaciones con la llegada de tres helicópteros de Estados Unidos y Colombia que se sumaron al rescate.
En el resto del país decenas de organizaciones civiles recolectan agua, víveres y suministros para llevarlos a los puntos de atención de damnificados.
RECUPERAN PERTENENCIAS
Mientras los equipos de socorro trataban de llegar a los últimos lugares aislados, muchos de los damnificados regresaban ayer al amasijo de escombros que hasta el jueves había sido su casa para recuperar lo que todavía podía servir.
Una de ellas es Lidia Quesada, cuyos padres quedaron sin vivienda y milagrosamente están vivos, aunque el papá, Juan Bautista Quesada, todavía lleva en el pantalón enormes manchas de sangre procedente de una herida en un brazo —que ha necesitado varios puntos de sutura— y en la cara.
Tanto Lidia como sus padres rebuscaban entre los escombros de la casita, conocida por su forma como “el castillo”, para llevarse en bolsas de plástico lo poco que quedaba servible.
Además de algo de ropa, han podido recuperar alguna que otra silla. Los electrodomésticos quedaron aplastados por el peso del tejado y los bloques de cemento que se vinieron abajo como un castillo, pero de naipes, con la sacudida.
VIVOS DE MILAGRO
Donelia Calvo Araya, la esposa de Juan Bautista, todavía no se explica cómo se salvaron al mirar hacia la ruina en que ha quedado convertida la casa en la que vivían desde hace 17 años.
“Las casas que mejor han soportado el terremoto han sido las de madera”, dice.
Ella estaba tomando el sol con una nieta fuera de la casa cuando de pronto la tierra tembló. Le parece “un milagro” que su marido, que permanecía dentro de la casa, haya salido vivo y que a ninguno de sus cuatro hijos y numerosos nietos les haya pasado nada.
Salvo unas gallinas muertas, el resto de los animales que había en el jardín también han sobrevivido “con la ayuda de Dios”.
La carretera que lleva al epicentro del terremoto, en las inmediaciones del volcán Poás, está plagada de casas medio destruidas. En otras zonas el destrozo no es tan evidente, pero mucha gente se lamenta de haber perdido la mayoría de sus enseres por la sorprendente sacudida que se sintió en todo el país.