- Tuvo un año de ensueño
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El manto de la noche estaba por arropar a Wimbledon ese 6 de julio, día en el que se disputó el partido más memorable en la historia del tenis.
Cuando la luz del día se hacía casi imperceptible, Rafael Nadal había destronado a Roger Federer como campeón de Wimbledon al cabo de un maratón de cinco sets que duró exactamente 4 horas y 48 minutos, con un par de interrupciones por lluvia de por medio.
Su quinto triunfo en un Slam le permitió convertirse en el primer tenista desde Bjorn Borg en 1980 en consagrarse campeón en el polvo de ladrillo del Abierto de Francia y el césped de Wimbledon.
Nadal finalmente ascendió a la cima el 18 de agosto, un día después de adjudicarse la medalla olímpica de oro en los Juegos de Beijing.
Pero si le preguntan, ni siquiera ahora se cree que sea el primero del mundo, manteniendo intacta su reverencia y respeto hacia la figura de Federer.
Para Federer, en cambio, éste fue un año de vicisitudes, aunque tampoco se queja mucho.
Nadal se encargó de romper la racha de 40 victorias consecutivas de Federer en Wimbledon, así como un récord de 65 en césped.
Federer vino a redimirse en la parte final cuando en septiembre rescató el consuelo del título del US Open, situándose a uno más de los cuatro grandes para alcanzar el récord de 14 de Pete Sampras.