El camino

El público nicaragüense apostaba por algo más simple” Mucho se ha escrito en las últimas semanas sobre El camino. No es para menos. Una producción tico-nicaragüense en la cual se refleja los daños colaterales provocados por la inmigración de miles de compatriotas hacia Costa Rica. Niños que ven partir a sus padres hacia el sur […]

  • El público nicaragüense apostaba por algo más simple”

Mucho se ha escrito en las últimas semanas sobre El camino. No es para menos. Una producción tico-nicaragüense en la cual se refleja los daños colaterales provocados por la inmigración de miles de compatriotas hacia Costa Rica. Niños que ven partir a sus padres hacia el sur en busca de un futuro mejor para todos. Son los huérfanos nicas de la inmigración. Totalmente distinto a la parafernalia hollywoodense que nos satura todo el año.

El camino sigue la desventura de dos hermanos, Saslaya (Sherlin Paola Velásquez) y Darío (Marcos Ulises Jiménez). Viven con su abuelo en un mamarracho en La Chureca. La sombra del abuso sexual acecha todas las noches. Un día Saslaya toma a su hermano y parte hacia una aventura imposible, ir en busca de su madre a Costa Rica, de quien no saben nada desde hace años.

Estoy consciente de las muchas limitaciones en el microcosmos cinematográfico nicaragüense. Sin embargo, el fino trabajo realizado por el equipo de filmación sobresale por encima de la extraña historia que persigue a los dos niños. La película es muy paisajística, tanto urbano como ruralmente. Desde la diaria inhumanidad de La Chureca, pasando por las calles de Managua, Granada, hasta los bellos escenarios naturales del Cocibolca y El San Juan.

Como decía, el problema con El camino es su historia. El inicio es muy prometedor. La expectativa acerca de los riesgos que corren los niños en la búsqueda de su madre atrapa a los espectadores. Pero hasta ahí nomás. Toda la atención que se logra capturar se esfuma para dar paso a una historia surrealista llena de personajes que van desde curiosos y pintorescos, hasta raros e incomprensibles. Las buenas interpretaciones del reparto en general no logran rescatarlos del intrincado y extraño guión que les tocó desarrollar.

El realismo que la cinta pulula tanto en sus inicios muere poco a poco a medida que ésta avanza. Se llega a caer incluso en el melodrama. El mensaje sobre la tragedia infantil de Darío y Saslaya pierde fuerza en medio de tantas escenas irrealistas y fantasiosas.

La realidad misma es un suficiente caldo de inspiración para estructurar una historia artística con todo el impacto que el tema a tratar se merece. Podemos tomar un par de notas de Ciudad de Dios (2002), por ejemplo.

El camino es una película hecha más para jurados de festivales de cine que para el público nicaragüense común y silvestre. Personas regulares que entraron a ver esta película por ver un drama nica, pero encontraron una versión “artística” y algo confusa de un problema serio y muy real de nuestro país. Darle toques artísticos a la tragedia cotidiana está bien, pero tampoco hay que abusar, como pasó con este camino que aun con sus tropiezos, es interesante para andar.

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