Los músicos del tiempo

El Octavo Festival Internacional de Música Clásica ha sido dedicado al maestro Publio Bautista Díaz, al que específicamente quiero aludir, porque al ver su nombre justamente premiado en el festejo se me vinieron a la cabeza los recuerdos de un ciclo de adolescencia y de juventud, de curiosidad vocacional por la música en torno a […]

El Octavo Festival Internacional de Música Clásica ha sido dedicado al maestro Publio Bautista Díaz, al que específicamente quiero aludir, porque al ver su nombre justamente premiado en el festejo se me vinieron a la cabeza los recuerdos de un ciclo de adolescencia y de juventud, de curiosidad vocacional por la música en torno a ser un parroquiano de reiteración de los ensayos que hacía la Orquesta Sinfónica Nacional en la casa esquinera de Lola Soriano, que para mí ha sido algo nunca repetido con una jerarquía yo diría que axiomática: El templo de la música en Nicaragua.

Las puertas de la casa permanecían desmesuradamente abiertas, como para que todo público de cualquier edad y de cualquier vestido, diletantes de levita y de harapos, tuvieran acceso al salón donde las sillas ordenadamente estaban colocadas para recibir a sus huéspedes sin que se interpusiera —de ninguna manera— la muralla de una intransmisible.

Antes del concierto se pasaban alrededor de una semana purificando las obras consignadas en una cartelera a la vista de todos, en la cual cabían oberturas preferentemente ligeras de compositores de afuera y música de los nuestros. Dictaba la emoción en las tardes puras. El maestro Luis Abraham Delgadillo era la voz que resonaba en las partituras saturadas de valía armónica. Después de verlo manoseando —decía— las bagatelas de Beethoven y las suyas propias por la mañana en su casa frente a la Casa del Águila, en las cercanías del Lido Palace Hotel, todos —chavalos y viejos— podíamos divisarlo desde afuera confiados en su asiduidad, en su disciplina de desayunar con las teclas. Y más tarde frente a una buena cantidad de músicos —eran unos 90 creo—, en el espacioso salón de la casa de Lola Soriano. Cuando llegábamos tarde a escuchar los ensayos nos teníamos que conformar con permanecer de pié en la acera, pero asidos a la amplia ventana, imbuidos de todo lo que ocurría, de las regañadas claras y expresadas en alta voz, casi gritando del severo director cuando se cometía la transgresión de alguna nota o la evidencia inocultable de una desafinación o el entrar inadecuadamente al cortejo de seguidillas, cuya sincronización era un pecado desplomar.

Entre esos músicos estaba Publio Bautista Díaz. Como que lo estuviera viendo con el violín en las manos y a veces con la viola, de parca presencia, de modesto hablar, con mayor razón su mutismo en los ratos de trance, porque la concentración rebasaba la capacidad de seguir las indicaciones de la batuta bravía, de la mirada hierática. Él mismo en los ratos de descanso se confesaba como un perfeccionista. Memorables figuras pasaron por esa casa, dirigieron esa orquesta: José Santamaría y Humberto Urroz. Ernesto Rizo se incorporó tiempo después con nuevo talante académico, con auras traídas del exterior, proponiéndose a extraerle la esencia a la orquesta, dejándola en 18 músicos; los ideales para formar una auténtica, depurada orquesta de cámara. Cupo en la selección el homenajeado por sus dotes de solista reconocidos desde el principio por maestros como Victor M.

Zúñiga, quién durante algún tiempo ofició de profesor en la asignatura de música en el Colegio Rubén Darío, del entonces presbítero Marco Antonio García.

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