- “Más sangre que nunca en las manos de 007”
Todo empezó con una inyección de adrenalina al corazón de la más exitosa franquicia de cine de todos los tiempos. Casino Royale (2006) emocionó tanto a crítica, fanáticos e incrédulos de las aventuras del 007.
No sólo por el hecho de mostrar a un James Bond sensible, vulnerable, pero en perfecta armonía con la legendaria frialdad que caracteriza al espía más famoso de todos los tiempos. Lo mejor de Royale fue que por primera vez las aventuras de Bond tuvieron un saludable peso dramático que gracias a una astuta narrativa gestó la más icónica de las entregas de la serie. Y honestamente luego de ver Quantum of Solace, les puedo decir que el efecto de la adrenalina ya acabó.
La cinta inicia de manera interesante. Se ubica un minuto después de que Royale finaliza, cuando Bond hiere en una pierna a un villano involucrado en la muerte de su adorada Vesper. Una emocionante persecución en vehículo se desata. Minutos después se desata otra persecución a pie por tejados y terrazas, con muchos disparos y golpes, que inevitablemente le recordarán una secuencia de Bourne Ultimatum. Otros cuantos minutos luego, y otra persecución, esta vez en lanchas. Los disparos siguen, y los cadáveres siguen cayendo.
Así es señores. El 007 clásico definitivamente ha muerto. Olvídense de la elegancia de Sean Connery. El sarcasmo frívolo de Pierce Brosnan. Los fantásticos artilugios de Q no son necesarios. Bond sólo necesita su pistola. Es como un matón suelto, nada más que con una licencia oficial para matar. Hasta el sexo está ausente. Ahora Bond es un héroe atormentado. Nos recuerda en cierta manera a Jack Bauer (de la serie televisiva 24) o al amnésico Jason Bourne.
Entonces ¿porqué las manos que sostienen los hilos de esta columna califican la cinta como buena? En primer lugar, todas las secuencias de acción están elaboradas con una artesanía impecable. Las peleas de Bond nunca tuvieron tanta fuerza como ahora. Daniel Craig sigue asumiendo el rol del espía con todo el carácter y temple que le exigen las transformaciones impuestas por las exigencias del mercado.
Además en medio de la cinta hay pequeños oasis de exquisita manufactura cinematográfica que hacen lamentar que no se esforzarán en hacerlo durante todo el filme. Preste atención al silencio que cubre un rápido tiroteo durante la salida de una ópera.
Hay un par de guiños a clásicos de la franquicia como Goldfinger y Octopussy. Por si esto fuera poco, se le agrega una dosis de controversia política con unas alusiones directas a Bolivia. Yo creo que es más que suficiente para ver la cinta, aunque minutos después la deseche rápidamente de su sistema. Para nostalgia de lo que pudo ser una mejor franquicia, quédese con Casino Royale.