(Fotos de LA PRENSA/Orlando Valenzuela y Archivo)

Mercado de cenizas

El corazón del mercado más grande de Centroamérica es ahora un puñado de paredes derribadas. Casi un mes después de la tragedia los comerciantes de la zona buscan cómo surgir entre las cenizas Ver Infografia > Para Martha Lorena Calderón las noches siguen siendo tranquilas aunque su “hogar” se ha reducido a un par de […]

  • El corazón del mercado más grande de Centroamérica es ahora un puñado de paredes derribadas. Casi un mes después de la tragedia los comerciantes de la zona buscan cómo surgir entre las cenizas
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    Para Martha Lorena Calderón las noches siguen siendo tranquilas aunque su “hogar” se ha reducido a un par de paredes metálicas, un piso blanco lleno de polvo y unas cuantas láminas de zinc sueltas en el techo.

    Hace 24 días cambió su rutina. Ahora la parte dura comienza a las 7:30 a.m. cuando deja su casa y se dirige al corazón del Mercado Oriental, un predio de donde salen incesantes carretillas llenas de escombros de concreto y hierro retorcido. El mismo sitio donde la pala mecánica de la Alcaldía de Managua se apresura a abrir paso entre los desechos y los albañiles sudorosos bajo el sol se empeñan en levantar las estructuras, que volverán a darle forma a las tres manzanas que aquel 31 de julio perdieron la guerra contra el fuego.

    Albañiles, vendedores de café y pan, y comerciantes, van llegando en ese orden al sitio del incendio. Algunos llegan sin nada más que una silla para supervisar desde alguna sombra los avances en la construcción de sus tiendas.

    Rosa Mena es una de éstas. Durante el día pasa sentada en una butaca de plástico, vigilando que no le terminen de botar las paredes “porque ahí andan los chatarreros botando paredes para llevarse el hierro. Lo que quedó bueno no hay que botarlo”, dice.

    Rosa Mena, al igual que el resto de los 700 comerciantes que resultaron afectados por el incendio, dice estar desesperada por empezar de nuevo. Su meta es que el 1 de septiembre va a tener levantado su tramo. Y probablemente cumpla la meta. ¿A un alto costo? Es probable.

    La primera inversión postincendio que decidió hacer Mena fue comprar material de construcción, lo que pagó con sus tarjetas de crédito. Además de eso, ya poseía crédito con algunos bancos y está tramitando el préstamo de cinco mil dólares ofrecido por la Primera Dama.

    “Estamos desesperados por trabajar”. Todos lo repiten a cada momento. Sin embargo, algunos comerciantes han optado por la prudencia, ya que la experiencia al trabajar con préstamos bancarios no les ha dejado buenos recuerdos.

    “Hay que tener paciencia”, dice Martha Lorena Calderón mientras ordena a una de sus dependientas que vaya a traer mercadería fiada a una surtidora local. No tiene otra opción por el momento.

    Calderón perdió casi todo. Entre las dos tiendas que tenía, Rossy 1 y Rossy 2, sumaba cien mil dólares invertidos aproximadamente, pero sólo logró “rescatar” el equivalente a unos ocho mil dólares. Con eso y los 12 mil córdobas que resultaron de la venta de la chatarra de sus tiendas, piensa resurgir entre las cenizas.

    Cada día que llega a lo que quedó de su tienda Rossy, la primera tarea a cumplir es limpiar la suciedad que se desprende durante la noche. Su tienda, si se le puede llamar así, está ubicada en una esquina. De las paredes sólo le quedó una estructura metálica en forma de L, y de no ser por esas flojas láminas de zinc en el techo, la tienda estaría al aire libre completamente.

    Frente a la esquina de la tienda de Calderón el panorama es desolador. No hay nada. Sólo un batallón de albañiles, bloques y vigas de hierro apuntando al cielo.

    De los ocho dependientes que había contratado Calderón, ahora sólo tiene cuatro. Ha tenido que reducir el personal y los que quedan le trabajan “al fiado”.

    “Ahorita sólo les estoy dando para la comida porque ellos saben que no tengo con qué pagarles”, afirma Calderón, quien algunas veces hasta cocina los alimentos en su propia casa, en Bello Horizonte, para economizar.

    El día avanza y entre sonrisas y muestras de solidaridad, Calderón va tratando de solucionar sus problemas. Antes de ir al banco pasa supervisando la casa que está acondicionando para reubicar la tienda, allá por el famoso punto Ropusame, en la periferia del mercado, en un borde de Carretera Norte.

    La visita al banco no puede esperar mucho tiempo. Los intereses de la deuda se van acumulando. Hace algunos días esta comerciante había recibido 10 mil dólares de una financiera. Luego del incendio, ésta se acercó a Calderón y le ofrecieron 10 mil dólares más para enfrentar los gastos.

    Muchos comerciantes ya poseían créditos bancarios y tras el incendio no les queda más que solicitar una reestructuración de la cuenta o “ver qué ofrecen” los bancos.

    “Tengo que ver qué voy hacer”, reflexiona Calderón. Entre sus opciones, además de acondicionar la tienda en ese punto poco estratégico del mercado, ya se adelantó a la falta de clientela en el lugar y decidió alquilar un local en Estelí. “La misma desesperación te hace emigrar. Esto te hace buscar alternativas”, dice.

    “Algo se tiene que hacer. Esto (la reconstrucción) va a durar unos seis meses y mientras qué. Tengo que buscar qué hacer. Vamos a tener que emigrar. En Estelí ya renté un local para poner una tienda allá, Estelí es una ciudad bastante poblada, incluso, tengo bastantes clientes que son de Estelí, y eso me ha dado lugar para pensar que es una buena plaza. Es iluso pensar sólo en el mercado. Esto apenas está en construcción”, sostiene Calderón.

    Los días se van acumulando. Ya han pasado 24 días desde que Josefa Siles recibió aquella llamada a su celular. Como las 4:00 de la mañana. Una hermana cristiana y también colega del mercado la llamó para decirle que su tramo se había quemado. Exactamente no sabe cuánto perdió. Lo que sí sabe es que le debe a los turcos, y que tiene que pagar.

    “Yo debo bastante. Vendía telas, truchas (adornos para el cabello), mosquiteros, sábanas. Aquí vendíamos cuatro personas, mi hija y dos nietas más. Cada quien con su parte, todas perdimos igual”, comenta la señora mientras se cubre la cara con una toalla para protegerse del polvo que ahora puebla entre los escombros.

    De la tienda que tenía Siles sólo queda un poste y una pared a un costado. Ahí, bajo el sol, entre el polvo, llega todos los días, ubica una mesita de madera y muestra sobre ella la única mercadería que tiene para ofrecer a su clientela: un par de cortinas verdes.

    “Después que me llamó la hermana, me vine. Al mirar las ‘humaleras’, que no las podía contener el cuerpo de bomberos, me desmayé”, recuerda Siles mientras trata de contener las lágrimas en sus ojos amarillentos.

    De lejos estaba también doña Martha Lorena Calderón y su esposo salvadoreño, Agustín García. De lejos observaban la “película” de horror.

    “Mi esposo y yo nos quedamos sin acción. Nunca pensé que se me iban a quemar (las tiendas). Tampoco intenté sacar (mercadería) porque no tenía gente y la gente que se ofrecía para ayudar era dudosa. Para qué me iba a meter si hasta me podían matar”, reflexiona ahora esta comerciante que a pesar de todo, encuentra algo positivo en la tragedia.

    “Vamos a salir adelante. El Señor nos va a proveer. No hay por qué desesperarse. Aquí no hay carrera”, repite a cada momento Calderón.

    Aunque ahora no tienen mucho qué ofrecer a sus clientes ni a sus empleados, esta zona del mercado se comienza a poblar de mercaderes desde muy temprano. ¿La razón? Ubicar a su clientela.

    “La gente te busca”, dice Josefa Siles. “Y si aquí uno mismo se pierde, imagínese ellos. Por eso hay que estar viniendo, para que lo vean a uno y decirles que dentro de poco vamos a tener otra vez algo que ofrecer. También hay que estar viniendo para cuidar su lugar y ver qué se puede hacer, a veces vienen a buscarte para algún trámite, algún préstamo”.

    Ya no se escuchan aquellos “¿Qué vas a querer amor? ¡Preguntá chiquita!”. No. Los ofrecimientos han sido sustituidos por el ruido de las cortadoras de metal, el martilleo contra las paredes y el chasquido de las palas batiendo arena y cemento.

    “Esto parece un desierto”, afirma entre risas Martha Lorena Calderón, quien ha pasado en este lugar los últimos 28 años de su vida. Para ella como para el resto de comerciantes, este monstruo de 84 manzanas es su hogar y su verdadera casa es simplemente una “posada”.

    El mercado es su forma de vida. Pero lejos de estar deprimidos por lo sucedido, los comerciantes del centro de compras más grande de Centroamérica están ciento por ciento optimistas. Sonríen ante la desgracia hoy más que nunca, porque según ellos el incendio “es una prueba y algo bueno ha de salir de esto”.

    Los empleados de Calderón no reciben salario aún. Sólo la comida que ella les proporciona. Pero éstos, al igual que su jefa, ven con buenos ojos todo lo que les está pasando. “Es una forma de ahorrar”, dicen a carcajadas entre ellos. “Es como que estemos ahorrando. Aquí hasta el vende lecheagria está ahorrando, porque nos fía y después le vamos a pagar de un solo, a como sea”.

    De las llamas resultaron 820 comerciantes afectados y 1,302 tramos quemados, según los cálculos de la Corporación Municipal de Mercados de Managua (Commema). Sin embargo, según la Asociación General de Comerciantes (AGC), fueron 700 los afectados y es a este mismo número que será dirigido un préstamo mayor a tres millones de dólares, ofrecido por la primera dama Rosario Murillo, a través de la Cooperativa de Ahorro y Crédito Rural Nacional (Caruna) con fondos de la venta del petróleo venezolano.

    “El préstamo consiste en cinco mil dólares para cada comerciante, con tres años de plazo, seis meses de gracia, a un tres por ciento anual, con una cuota de 145.41 dólares mensuales. No se les está pidiendo fianza a nadie”, explica Rina Rocha, miembro de la junta directiva de la AGC.

    Los 700 afectados deben organizarse en algo que llaman “grupos solidarios”. Estos grupos formados por cinco o seis comerciantes serán el garante de que la deuda sea pagada.

    “Si un comerciante se atrasa con el pago, como ellos mismos se conocen, el grupo solidario en el que estén tendrá que asumir la deuda. Ellos mismos se van a entender cómo le van hacer para pagar”, agrega Rocha.

    Martha Calderón y su esposo Agustín García están llenos de optimismo. A estos comerciantes lo peor que les podría pasar es perder las ganas de salir adelante. No todo está perdido. Los que pudieron rescatar alguna mercadería, la ofrecen a precios de remate y con el fruto de la venta van surtiendo su oferta.

    Los que quedaron sin nada han aprovechado la solidaridad de los proveedores que les han abierto nuevos créditos y los más apresurados han aceptado todo crédito que les han ofrecido. Para ellos éste es el tercer incendio en el corazón del Mercado Oriental, pero nunca antes había sido tan catastrófico.

    A diferencia de otros tiempos, ahora el día de venta acaba a mitad de la tarde. Luego de sacudir varias veces el polvo que cae sobre la ropa, proceden a guardar la mercancía en sacos de bramante. “Es cierto, la ropa se daña, pero no hay dónde guardarla ahora”, dice una de las dependientas de Martha Calderón.

    La pala mecánica remueve los escombros, el viento corre con más facilidad entre las ruinas y una nube de polvo baña todo en el lugar. Los comerciantes se apresuran a guardar lo que les queda y las tiendas vecinas reciben los sacos llenos para embodegarlos a cambio de nada, como muestra de solidaridad. Así acaba el día de mercado. Mañana volverá a ocurrir todo como una espiral que todos esperan termine pronto.

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