El Parque Bartolomé de Las Casas, uno de los más antiguos de la capital, se erige en una especie de triángulo en medio de la Dupla Norte a la altura del kilómetro uno. En otros tiempos por ahí pasaba orgulloso el ferrocarril que llenaba de vida ese lugar.
Debajo de la sombra de los pocos árboles que aún hay en el parque están sentados en las viejas bancas unos 30 hombres. Ellos vestidos de jeans, de camisetas, de zapatos cómodos para el trabajo. ¡Ah! y una mochila.
Son obreros. Desempleados de medio tiempo o trabajadores ocasionales como se les quiera llamar. Llegan a ese lugar con la esperanza que alguien los busque para algún trabajo. Mientras esperan cuentan historias, chilean o juegan a lar cartas.
Es una mañana de un martes soleado. Este día he decidido llegar al lugar y sentirme, en la medida de lo posible, uno de ellos. Ofrecerme para vaciar furgones, que es el trabajo que con más frecuencia realizan estos hombres. Ellos son estibadores.
Este día he dejado a un lado los tacones que suelo usar, mi ropa formal y me decido por unos jeans, zapatos tenis y cotona. Tal vez así puedo despistar a los estibadores, pienso. Al llegar me reciben las miradas curiosas de varios hombres sentados en las viejas bancas. Las risas de ellos no se hacen esperar cuando les digo que quiero trabajar como estibadora. Ni siquiera me dan el beneficio de la duda. Tajantemente no lo creen.
“No le creo. Este es un trabajo de hombres. Jamás, nunca ha habido una mujer trabajando aquí. No es trabajo para ellas”, asegura el más viejo de los estibadores.
Él es Carlos García, tiene 65 años, pero no los aparenta. Al verlo sentado en una banca del parque no parece que este hombre bajito, de ojos verdes claros que contrastan con unas pobladas cejas negras tuviera más de seis décadas. Tal vez el pelo canoso dé un indicio de su edad. Tampoco se me ocurre que ese cuerpo menudo aguante hasta 12 horas continuas de descargue de hierro, mármol o vidrio.
“Esos son los más difícil. Pero éste –dice Guillermo Flores, sentado al lado de García– es el único que aguanta esa jornada. No parece ¿verdad?
Guillermo Flores es compañero de García desde hace 15 años. Su generoso cuerpo no parece resistir más de tres horas de descarga. Él ya tiene ocho días de no trabajar. “El trabajo está malo”, dice. Pero se toma con optimismo las cosas y para matar el tiempo en el parque donde antes pasaba cerca el ferrocarril dedica sus horas muertas a leer. Hoy el libro es el Corán. Su intención es conocer el significado de las sagradas escrituras islámicas. Toma el libro de pasta verde entre las regordetas manos, se compone los lentes redondos transparentes y busca la página que leía: “Voy a entrar al tema de los califatos. Eso me ha ayudado a entender los Estados, la política, el Gobierno”, presume. Y no se calla. Él tiene una opinión para cada tema: político, económico, histórico…
Sin que nadie se lo pregunte él se deshace en explicaciones sobre los temas que él mismo trae a colación como si realizara un examen en la Liga del Saber. “Ah, sí yo sé que el TLC le abrió las puertas a los países centroamericanos, “los indios guatemaltecos han ordenado sus ciudades. Son más grandes”, “El Gobierno es el padre del pueblo. Lo que sucede es que somos hijos de malos padres”, “Eso de los caudillos nos lo dejaron los españoles”…
Y mientras Flores se hunde en sus lecturas, los otros juegan cartas, conversan, caminan. Cada uno en lo suyo hasta que un microbús blanco se detiene al otro lado de la carretera. Todos abandonan lo que hacen, toman sus mochilas y se alistan a competir para agarrar ese trabajito. Ese es el método. Todos corren y el que corre más rápido se queda con el cliente. Otros ya han hecho clientela y esperan a que los llamen al celular para estibar.
Esta carrera no resultó. Era falsa alarma. El conductor del microbús no buscaba estibadores. Todos vuelven a sus lugares a la espera de una llamada o de un cliente para poder ganar entre 100 y 500 córdobas por cada hombre. “El pago depende de la carga. El hierro, vidrio y mármol es más difícil y más cara. Puede valer hasta dos mil pesos y se necesitan unas seis personas”, explica Carlos García.
Durante dos horas de conversación, García jamás ha dejado su vieja mochila verde de lona. En ella guarda los guantes, su ropa y uno que otro recuerdo de la familia. En ella también guarda las ilusiones que desde hace 43 años se trajo de Carazo a Managua cuando se vino a buscar mejor vida. No encontró la vida que esperaba. Ahora no puede viajar todos los días a Carazo porque el pasaje está más caro y desde hace un año ya no puede costear los “hermosos” almuerzos del Mercado Oriental. Lo que sí aprendió fue a sortear los peligros de este trabajo como cuidarse de no caer de los furgones cuando la carga está liviana.
Son las 10:00 de la mañana. Carlos lleva cuatro horas en el Parque Bartolomé de Las Casas. Aún no ha llegado nada. Mi intento de estibar no funcionó. Ninguno de los hombres en el lugar creyó que pudiera hacerlo y los clientes no llegaron. “Hay días que no se trabaja”, dice resignado Carlos.
No logré llegar hasta los furgones para descargar mercadería, pero creo que los estibadores tienen razón, ese trabajo no es para mujeres. Finalmente, ellos tienen años en esto y varias veces han abandonado la tarea a la mitad de la faena. Yo decidí abandonarla antes de empezar. “Ni siquiera puedo cargar un quintal de frijoles y ellos cargan dos”, me excuso. Después de todo el oficio de periodista “es el mejor del mundo” o ¿no?