Aun cuando los actuales Juegos Olímpicos no tengan similitud con lo que probablemente imaginó Pierre Fredy, Barón de Coubertin, hay que reconocer que se han establecido con firmeza y cada vez con mayor participación e impacto.
El deporte ha sido desplazado por el negocio, pero ha persistido el afán de conservar su universalidad y por eso es que países como el nuestro aún son invitados, aunque ese viaje le cueste al erario 7.5 millones de córdobas, unos 400 mil dólares, que podrían ser invertidos de una forma más productiva.
Y aun cuando uno de los aspectos más inquietantes del deporte nacional sea el debate sobre su futuro, que ni siquiera es debate, sino una polémica interminable, Nicaragua ha ido a los Juegos Olímpicos de Beijing, pero sin ninguna esperanza. Y eso no es lo grave, sino que pasa el tiempo y seguimos en el mismo punto.
Que no hay recursos, o al menos, no los suficientes, es una verdad absoluta. El éxito en una olimpiada no cuesta dos córdobas. Pero no se aprovecha bien lo poco que hay. ¿O no es así? A Beijing se ha ido con atletas que han entrenado poco y van en especialidades que no son en las que han desarrollado sus carreras.
Ojalá los muchachos logren sobreponerse a tan adversas circunstancias y tengan un buen desempeño, es decir, que puedan superar sus propias marcas y quizá hasta registros nacionales. En realidad, estos viajes no son más que un estímulo al esfuerzo que ellos realizan bajo el sol, aunque es un estímulo bastante caro.
Lo que hagan los nicas, al igual que el desempeño de las grandes figuras del deporte mundial, usted lo tendrá aquí, en este suplemento que LA PRENSA le trae a partir de hoy.
Lo que usted necesite saber sobre las Olimpiadas lo encontrará aquí. Por lo menos, ése es nuestro propósito en Beijing 2008.