Conozco tan poco a Juan Palacios, que la única vez que he hablado con él, fue hace una semana en LA PRENSA, a donde vino para una sesión fotográfica. Digo conocerlo, en términos personales. Como boxeador lo he visto muchas veces y he estado enterado de sus actividades extradeportivas, como estudiante y como trabajador.
Sin embargo, mientras lo despedía a la salida del periódico, intercambiamos impresiones y luego que le dije que se empeñara al máximo y que aquí se le iba a apreciar fuese cual fuese el resultado de la pelea, me llamó la atención lo que me dijo tras un fuerte apretón de manos: “No voy a fallar, me siento comprometido con esta victoria”.
Había convicción en su voz, quizá porque Juan estaba claro de que el compromiso no es una cuestión de emociones, sino una cualidad del carácter que nos capacita para alcanzar nuestras metas. Y el compromiso no viene como resultado de tu talento o las condiciones que te rodean, sino producto de una decisión.
Una cosa es creer en el éxito, otra comprometerse con el éxito. Y esto último fue lo que estableció la diferencia entre el Palacios que se convirtió en monarca mundial interino el sábado, y otros boxeadores nicas, probablemente más talentosos que él, pero que aún no se deciden a explotar de forma seria y responsable los dones que han recibido.
Palacios ha demostrado que no necesitaba más fuerza o más habilidad, sino usar mejor lo que ya tenía, porque él sigue siendo un púgil de boxeo limpio y técnico, que logró potenciar al máximo su escasa potencia, a base de velocidad y precisión en su golpeo.
Ahora, falta ver qué tan prolongado será su reinado y cuál será el próximo paso para que a su título se le quite ese apellido de interino. Viene una etapa de celebraciones y reconocimientos, pero será clave que Juan no se desenfoque, que se mantenga cerca del gimnasio y que, sobre todo, permanezca con los pies sobre la tierra.
Me gustó la forma cómo habló en Puerto Rico. Fue agresivo y no tuvo necesidad de recurrir a la vulgaridad para adjudicarse ese round previo. Y después, en el ring, se dispuso a respaldar sus palabras con hechos, porque hombre de palabra implica un hombre, y ese es el caso de Juan.