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Ese día que alcancé a espantar las moscas del rostro de una muchacha vietnamita en el camastro de un camión de carga, hasta comprender que estaba muerta y me detuve, es el día que nunca olvidaré. Entre todos los días, ése es el día.
Se amontonaron sobre sus ojos, hasta convertírselos en un remolino tan negro e indescifrable como los ojos de la Madonna de Edvard Munch.
Cuando me aparté, la vorágine reveló tal belleza que mis vértebras se fundieron. Tal belleza que creí imposible vivir ni un momento más. Tal belleza que mi alma se disolvió. Mi corazón murió y revivió, murió y revivió, murió y revivió.
Este paria anda por las calles recordando a una muchacha. Éste que entiende las dimensiones de la muerte. Éste que sueña sin morbosidad con un cadáver.
Ella viene a mí en sueños, y por momentos en la calle después del trabajo, a las cinco en punto, en ese lapso extático antes de que cierren las pescaderías, y por la noche en mi cama, donde ella aún vive, tan viva como la que yace a tu lado.
(Traducción Daisy Zamora)