Los Yanquis son sobrevivientes de sus propias contradicciones. A veces aplican soluciones sencillas a problemas complejos, o se exceden con respuestas extremas a tropiezos ligeros, pero saben ganar, y han hecho del éxito su carta de presentación.
Su obstinada búsqueda del triunfo, les ha llevado a realizar movimientos geniales, pero también a disparates, que sólo confirman que los títulos no están necesariamente en relación directa con el dinero.
Una vez sacaron de Oakland a Scott Brossius, un oscuro antesalista, que luego se volvió una fiera y los llevó al título. Pero así adquirieron a Steve Howe cuando a todos los equipos se les había agotado la paciencia por su adicción a las drogas.
Por tanto, ¿qué tendría de raro que adquirieran a Barry Bonds? Necesitan ayuda ante las pérdidas de Hideki Matsui y Jorge Posada.
Hank Steinbrenner lo desea en el equipo, pero directivos como Brian Cashman, no. Y hasta ahora, el hijo del Jefe, aunque habla bastante, no ha mostrado los arrebatos de su padre, quien contrataba a quien deseaba y luego se lo hacía saber al gerente.
El problema no es sencillo. Llevar a Bonds es tener al jugador más cuestionado de los últimos años. A sus 44 años y sin jugar desde el año pasado, hay dudas sobre su aporte, y de paso, se agregaría un gran factor de distracción al equipo.
Lo grave es que entrarían en contradicción con la filosofía implementada este año: rejuvenecer un equipo que envejeció, pero que trata de mantener a salvo su vigor competitivo.