Ernesto Mejía Sánchez, según Julio Valle-Castillo.LA PRENSA/Cortesía

Ensalmos y conjuros

1 Ensayé la palabra, su medida, el espacio que ocupa. La tomé de los labios, la puse con cuidado en tu mano. Que no se escape. ¡Empuña! Cuenta hasta dos [lo más difícil]. Ábrela ahora: una estrella en tu mano. 3 Para [apaciguar] la soledad, escoge un día, virgen. Guarda todos tus libros bajo siete […]

1

Ensayé la palabra, su medida,

el espacio que ocupa. La tomé

de los labios, la puse con cuidado

en tu mano. Que no se escape. ¡Empuña!

Cuenta hasta dos [lo más difícil].

Ábrela ahora: una

estrella en tu mano.

3

Para [apaciguar] la soledad, escoge

un día, virgen. Guarda todos tus libros

bajo siete llaves. Lleva una manzana

bajo el árbol más puro. No temas, no

llegará el Maligno. Di

estas palabras, como si fuesen

verdaderas: Soledad,

te amo, creo en ti, no me traiciones.

6

Hay días limpios, construidos

por un aire inconsútil. Ni un demonio

ni un ángel lo penetran. Ahí

la soledad da la batalla.

De nada serviría, amoroso

llamarla. De nada, porque el aire,

homogéneo, cerrado, pone plomo

a la voz. Requiérela al menos,

sin abrir los labios, así;

compañía adversaria, estoy contigo.

7

En el lugar en que cité a la luna,

ella aparezca. Porque yo repetí

hasta cansarme la palabra precisa.

Porque dije. Ahí, en el lugar

en que cité a la luna, aparezca,

blanca, como ella. Que esto

se cumpla; que no sea mentira.

9

Para saber el día en que la virgen

ha de llorar feliz la marca de tu sangre,

ata con un pañuelo suyo el calendario,

no pronuncies palabra, pon en su pecho

a diario una azucena blanca: espera

que enrojezca.

11

Para saber si el fruto de su vientre

ha de ser varón o niña, que tu mano

inaugure la sombra de sus ojos, y

que pronuncie un nombre sin

recordar la noche de la sangre.

Si ella dice: rueca, o: golondrina,

será mujer quien alegre tu casa.

Si dice, por ejemplo: amaranto,

será varón quien besará

a la madre. Si queda muda,

no te apenes, él hablará por ella;

que nacerá un poeta.

La poesía

Este desasosiego, esta palabra que desde el corazón

me llega y se detiene en mis labios, no es nuevo en mí,

sino que permanece, vive desde cuando mis padres

en amorosa lucha concretaron la carne de la muerte

para darme al mundo; y me crece como un mar en el pecho,

siempre cambiante, furioso y sin consuelo.

Ha de llegar un día en que tanto afán madure

y se desangre, y esa ignorada palabra detenida

en mis labios rompa el aire como un canto y

me haga feliz y duradero el nombre.

Si la azucena es vil en su pureza

y oculta la virtud del asesino,

si el veneno sutil es el camino

para lograr exacta la belleza;

Engaño pues mi amor con la nobleza

y confundo lo ruin con lo divino,

hago de la cordura desatino,

de la sola mentira mi certeza.

Nadie sale triunfante en la batalla,

ni angélica promesa en que me escudo

ni humana condición que me amuralla.

Contra toda verdad he de quererte,

equilibrio infernal. Nací desnudo:

sólo contigo venceré a la muerte.

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