1
Ensayé la palabra, su medida,
el espacio que ocupa. La tomé
de los labios, la puse con cuidado
en tu mano. Que no se escape. ¡Empuña!
Cuenta hasta dos [lo más difícil].
Ábrela ahora: una
estrella en tu mano.
3
Para [apaciguar] la soledad, escoge
un día, virgen. Guarda todos tus libros
bajo siete llaves. Lleva una manzana
bajo el árbol más puro. No temas, no
llegará el Maligno. Di
estas palabras, como si fuesen
verdaderas: Soledad,
te amo, creo en ti, no me traiciones.
6
Hay días limpios, construidos
por un aire inconsútil. Ni un demonio
ni un ángel lo penetran. Ahí
la soledad da la batalla.
De nada serviría, amoroso
llamarla. De nada, porque el aire,
homogéneo, cerrado, pone plomo
a la voz. Requiérela al menos,
sin abrir los labios, así;
compañía adversaria, estoy contigo.
7
En el lugar en que cité a la luna,
ella aparezca. Porque yo repetí
hasta cansarme la palabra precisa.
Porque dije. Ahí, en el lugar
en que cité a la luna, aparezca,
blanca, como ella. Que esto
se cumpla; que no sea mentira.
9
Para saber el día en que la virgen
ha de llorar feliz la marca de tu sangre,
ata con un pañuelo suyo el calendario,
no pronuncies palabra, pon en su pecho
a diario una azucena blanca: espera
que enrojezca.
11
Para saber si el fruto de su vientre
ha de ser varón o niña, que tu mano
inaugure la sombra de sus ojos, y
que pronuncie un nombre sin
recordar la noche de la sangre.
Si ella dice: rueca, o: golondrina,
será mujer quien alegre tu casa.
Si dice, por ejemplo: amaranto,
será varón quien besará
a la madre. Si queda muda,
no te apenes, él hablará por ella;
que nacerá un poeta.
La poesía
Este desasosiego, esta palabra que desde el corazón
me llega y se detiene en mis labios, no es nuevo en mí,
sino que permanece, vive desde cuando mis padres
en amorosa lucha concretaron la carne de la muerte
para darme al mundo; y me crece como un mar en el pecho,
siempre cambiante, furioso y sin consuelo.
Ha de llegar un día en que tanto afán madure
y se desangre, y esa ignorada palabra detenida
en mis labios rompa el aire como un canto y
me haga feliz y duradero el nombre.
Si la azucena es vil en su pureza
y oculta la virtud del asesino,
si el veneno sutil es el camino
para lograr exacta la belleza;
Engaño pues mi amor con la nobleza
y confundo lo ruin con lo divino,
hago de la cordura desatino,
de la sola mentira mi certeza.
Nadie sale triunfante en la batalla,
ni angélica promesa en que me escudo
ni humana condición que me amuralla.
Contra toda verdad he de quererte,
equilibrio infernal. Nací desnudo:
sólo contigo venceré a la muerte.