Aquel tiempo de Jesús, es el “hoy” de la salvación en Cristo. Nos expresa el Evangelio este día: “Al ver Jesús a la gente, se compadecía de ellos, porque estaban cansados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor”.
La compasión, no es palabra que indique lástima, como podemos captarla en algunos ambientes. Tampoco significa el ver la situación de dolor que pasa el prójimo, o acercarse para hacer algún comentario, mucho menos “pobretear” a quienes padecen realidades de injusticia o angustia, opinando, en el mejor de los casos (pobrecitos), porque también hay quienes se alegran o exponen que se lo merecen.
Ésta no es actitud de un discípulo de Jesús y tampoco cualidad de quien tenga dignidad, aunque no sea creyente en Cristo.
La compasión es ver, acercarse, conmoverse, pero sobre todo actuar valientemente para que quienes estén fatigados y abandonados por la situación de manifiesta injusticia que viven al ser despojados de sus elementos derechos humanos y hasta creen erróneamente que es la fatalidad del destino o aún más lamentable que es “la voluntad de Dios”, se levanten, despierten del letargo, analicen su situación y sepan que “la gloria de Dios es que el hombre viva” (San Ireneo de Lyon). Pero una vida digna, libre, desatada de todo sometimiento.
La compasión de Jesús debe estar impregnada en el corazón del creyente y de los “cristianos anónimos” es similar a la misericordia. Es hacerse el mismo corazón con el otro, llevar la pasión (sus alegrías y tristezas) y compartirlas. Es tener capacidad para sentir el llanto de los que sollozan, para estar con ellos, pero no solamente quedarse en lamentos, sino proceder para cambiar las estructuras inicuas.
¿Cómo se puede lograr esto, nos preguntamos? ¿Qué se puede hacer si se viene predicando en el cristianismo, desde hace dos mil años, el amor, la solidaridad, el compartir y en los países llamados cristianos con su clase dirigente, en gran mayoría, bautizada, que hasta se ufana de ser “ferviente defensora de la fe en Cristo”, sigue existiendo el hambre, la desigualdad, la injusticia, la ley del más fuerte, una insensibilidad casi total para el que soporta toda clase de maltratos?
Leí en cierta ocasión que un militar de alto rango de los ejércitos de Alejandro Magno, siglos antes de Cristo, que tenía un comportamiento perverso, se llamaba también Alejandro, como el gran conquistador. Lo supo Alejandro Magno y lo mandó traer a su presencia y le dijo: “¡O cambias de actitud o te cambias el nombre!”
Hoy Jesús, nos puede decir esto: “¡Si no cambias tu actitud hipócrita, insensible, maligna, te exijo que no te llames cristiano!”
En esta metáfora, cuando Jesús dice: “Como ovejas que no tienen pastor” y pide que “rueguen al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”, nos habla de quien tiene el papel de guía. Un guía, es un padre o madre de familia, un religioso, un político, es todo aquél a quien se le ha confiado una responsabilidad. Pero si el pastor no ama a sus ovejas, se convierte en un vulgar ladrón asalariado, que no le importa que las destroce el lobo con tal de tener a buen resguardo sus intereses.
Roguemos a Jesús para que seamos pastores según su corazón. Sin temores, sin miedo a los rapaces devoradores. Los ideales de libertad, compasión, justicia tienen su costo pero la recompensa es el saber que hemos luchado bien el combate.