(Martha Solano Martínez Periodista)

Noche rosa

Como toda primera vez, confieso que llegué a este lugar llena de prejuicios. No me atreví a ir sola, así que en cuanto acordamos en Domingo escribir sobre el tema, invité a un amigo para que me acompañara. Después se nos unieron dos colegas más y listo, la cita estaba hecha. Antes de ir pregunté […]

Como toda primera vez, confieso que llegué a este lugar llena de prejuicios. No me atreví a ir sola, así que en cuanto acordamos en Domingo escribir sobre el tema, invité a un amigo para que me acompañara. Después se nos unieron dos colegas más y listo, la cita estaba hecha.

Antes de ir pregunté cómo era el ambiente. Entonces llegué con algunas notas grabadas en la mente: Se pone bueno después de las once. Se llena. Es pequeño. Habría parejas homosexuales por doquier. Pero lo que en realidad me preocupaba era que alguien del mismo género me dijera “cosas”.

Iríamos a “Q”, una de las discotecas para homosexuales más populares en la capital. Dicen que su nombre se deriva del término anglosajón “queer”, que significa raro.

Cuando el reloj indicaba casi las diez de la noche del viernes, las calles de la ciudad estaban mojadas por la lluvia. El clima era propicio para quedarse durmiendo, pero teníamos una tarea. Al pasar por la puerta, un sujeto menudo al que no logré verle la cara por la penumbra del mostrador que nos separaba, me hizo extender el brazo izquierdo para estamparme un sello invisible. Antes había murmurado que “detesto eso de que me marquen como animal”, pero él se limitó a preguntarme con la mirada “¿sí o sí?” y ni modo, era la única manera para entrar y disfrutar la noche.

Desde la altura de un segundo piso metálico, el DJ hacía sonar una canción de reggaeton que indicaba el ritmo del ambiente a esa hora: lento.

En la barra tres tipos tomaban cerveza mientras se dedicaban a “inspeccionar” a los visitantes. En un rincón, un sujeto que más bien parecía preparado para una caminata, vestido de short, tenis y una chaqueta entreabierta, bailaba insinuante. Era uno de los dos meseros que atienden a la clientela, luciendo el torso descubierto.

Me habían dicho que una de las características de Q, además del concepto de género, era la buena música. Sin embargo, sólo recuerdo haber escuchado reggaeton y electrónica. Me gusta la electrónica, así que en una de las tantas veces, me levanté de la silla para hacer la mueca. En eso estaba cuando uno de los meseros, el moreno, fornido, se acercó para preguntarme si yo era la misma que había llegado la noche anterior.

Por su cara, asumo que la chica debió haber hecho algo divertido. Pero no era yo. Él no me creyó, y la plática continuó.

—¿Y tu camisa? ¿Por qué te la quitaste? —le pregunté.

—Aquí nos exigen que nos la quitemos.

—Ajá, ¿y por qué?

—Vos sabés, para llamar la atención. Ve, pero vos no sos de esta onda, ¿verdad?

Algo me vio, que atinó. Dijo que me miraba como alguien “normal”. Sin perder la oportunidad, le recordé que todos los que estábamos ahí éramos normales, “pero sí, soy heterosexual”.

—Ves, ya decía yo. Pero tu amigo no, ¿verdad?

El mesero continuó interrogando. Dijo que mi amigo tenía algo… “Se le nota en la mirada”, se apresuró a contestarme, antes de acudir a una de las mesas improvisadas con barriles pintados, donde media docena de clientes le esperaban.

Ya eran las once. Las luces de colores daban vueltas sobre la pista y combinaban con la bandera del orgullo gay que ondeaba en la cima de una pared. La pista estaba llena, pero no me atreví a ir sola a bailar. Mi amigo, que se define como rockero y luce como rockero, tampoco se atrevía… y el mesero volvió. Entonces me contó que apenas tiene dos meses y medio trabajando ahí, antes había trabajado en otra discoteca “normal”. Para él ésta también era su primera vez en una disco para homosexuales.

En números el trabajo parece bien remunerado. Trabajan entre nueve y diez horas, cuatro días a la semana y ganan 250 córdobas más propina cada noche. No suena mal, sin embargo, hay algunos valores agregados que para alguien como él, primerizo, a veces asustan.

“La primera vez que vine a trabajar fue raro. Como nos exigen andar sin camisa para llamar la atención, un maje se me acercó y me tocó el pecho. Me sentí raro. Hasta me dieron escalofríos”, comenta el mesero. “Pero ahora ya me parece normal, no le pongo mente”, aseguró.

Tal vez ya no le importe tanto, pero está a la vista que no se atreve a ser tan extrovertido como su compañero de equipo, quien además de servir cervezas, baila como stripper mientras pasa el tiempo y dan las 5:00 a.m., la hora de cerrar las puertas de Q.

Nosotros no esperamos el cierre. Sin nada más que miradas de terceros y terceras, nos fuimos como buenos cenicientos antes de la medianoche, en esa noche rosa en la que continuó brisando hasta la madrugada.

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