“Como cristianos nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Cómo puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal”.
(Benedicto XVI)
¿Le preocupa a usted la salvación eterna de los demás? A esta pregunta muchos me responderán: “Si ni siquiera me preocupa mi propia salvación, mucho menos la de otros”.
Antes se hablaba de la necesidad de “salvar el alma”, ahora se insiste en que hay que “salvar al hombre”; pero se trata de salvar a “todo el hombre”, no sólo el pellejo o el estuche del ser humano; y “a todos los hombres”, no salvarme yo únicamente. De ahí que nuestros obispos en Aparecida hayan querido despertar nuestra conciencia misionera como discípulos de Cristo. Huyamos tanto del “espiritualismo”, que nos hace ignorar las realidades temporales, como del “terrenismo”, que nos lleva a no tomar en cuenta la realidad y necesidad del ser humano.
En el sentido de que cada quien, después de la muerte, será juzgado personalmente por el Juez Divino, la salvación es individual, pero no individualista; en otro aspecto, tiene un sentido social, místico-social. Se puede hablar, entonces, de cierta socialización de la salvación.
Una joven amiga, hablando de una adolescente que andaba moralmente “en “malos pasos”, me comentaba: “Todos me aconsejan que me aleje de ella, pero, entonces, ¿quién le ayudará a salvarse?”. El discípulo y misionero de Cristo no salva a nadie, pero está llamado a ser un posibilitador y facilitador instrumental de la salvación, ayudando humanamente con su oración, su testimonio y su consejo, de muchas otras maneras, a que otros conozcan a Cristo, se enamoren de Él, lo sigan y se salven.
Nadie se salva solo, sino arrastrando a otros. Aquella anciana confinada a una silla de ruedas, con lágrimas en los ojos, se despedía del sacerdote enviado a predicar el mensaje evangélico a tierras paganas: “¡Adiós, Padre! ¡Cómo quisiera acompañarlo!… Pero le prometo ofrecer todos mis sufrimientos porque abunden las conversiones en aquellos lugares donde todavía no conocen a Dios”.
Ofreciendo a Dios nuestras alegrías y sufrimientos, con el testimonio y la palabra, siendo Evangelio viviente, contribuimos a que brille, tanto para otros como para nosotros, la estrella de la esperanza de la salvación.