Las ideologías de nuevo importan

[doap_box title=»» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] [/doap_box] Tras la caída del Muro de Berlín y con el fin del comunismo en Europa, el mundo vivió una luna de miel de ilusiones y optimismo desbordantes. Por si fuera poco, se nos venían encima un nuevo siglo y un nuevo milenio. Eran los albores de un mundo distinto, se […]

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Tras la caída del Muro de Berlín y con el fin del comunismo en Europa, el mundo vivió una luna de miel de ilusiones y optimismo desbordantes. Por si fuera poco, se nos venían encima un nuevo siglo y un nuevo milenio. Eran los albores de un mundo distinto, se creyó.

Se acabó la Guerra Fría; el fantasma de una hecatombe nuclear se disipaba. Algunos hasta conjeturaron que se terminaban los conflictos.

Una de las ideas que predominaron en esos años tempranos del novel orden mundial —cuya formación continúa—, era que las ideologías ya no importaban. ¿Qué más daba si izquierda o derecha? La democracia liberal de tipo occidental con sus libertades políticas y el respeto a los derechos humanos, y la economía de libre mercado, triunfarían a escala planetaria; se volverían los cánones civilizados universalmente aceptados. “El fin de la historia”, proclamó presuroso Francis Fukuyama.

Casi dos décadas después de aquel extraordinario año 1989 de revoluciones de terciopelo, sabemos que todo eso no era más que ingenuas ilusiones.

“Es hora de despertar del sueño”, afirma Robert Kagan en su más reciente columna en The Washington Post, la cual titula Ideology’s Rude Return (El brusco retorno de la ideología). Debo ser honesto y admito que fue ese título el que inspiró el mío.

El ideólogo neoconservador, un pensador en constante búsqueda de la preservación del poder hegemónico de Estados Unidos, advierte un doble fenómeno con consecuencias geopolíticas: el ascenso de China como superpotencia y el renacer de Rusia como actor de poder en la arena internacional.

Que ambos países incrementen su peso en los asuntos del mundo es en sí un aspecto a tomarse en cuenta. Y el otro es que ambos son autocracias que han logrado combinar desarrollo económico y falta o restricción de las libertades civiles.

Y este último aspecto, mantiene Kagan, es trascendental porque entraña un desafío ideológico a las ideas de Occidente. Observa que aunque no veremos una rivalidad ideológica del tipo de la Guerra Fría entre EE.UU. y la Unión Soviética, atestiguaremos una nueva confrontación: democracia vs. autocracia.

Mientras China experimenta desde hace más de una década un crecimiento cercano al 10 por ciento anual, y el capitalismo florece y moderniza la economía del gigante de Asia, continúa gobernada con puño de hierro por el Partido Comunista y su cúpula totalitaria. Cualquier disidencia es aplastada ferozmente —recordemos Tiananmen o la reciente revuelta en el Tíbet—; los opositores son encarcelados, asesinados o forzados al exilio.

Pese a que EE.UU. y Europa de vez en cuando insisten en el tema de los derechos humanos, esos llamados son inconsistentes y cínicos. Sus corporaciones siguen haciendo multimillonarios negocios, no obstante la virtual esclavitud de millones de obreros chinos — mano de obra calificada barata y sin derecho a huelga—; ellas benefician a China con la marejada de inversiones y la transferencia de tecnologías.

Rusia es una autocracia más benigna. No es ya un Estado totalitario al estilo de la URSS, pero tiene un zar de facto. Precisamente ayer, Vladimir Putin inauguró una nueva etapa de su dominio, al asumir como un poderoso primer ministro, después de dos períodos como presidente, dejando el Kremlin a su delfín.

Putin controla los medios más influyentes, a las FF.AA., su partido goza de una abrumadora mayoría en la Duma y permite a los nuevos ricos rusos seguir tranquilamente sus negocios —limpios y sucios— mientras respeten una regla de oro: no meter las narices en la política. Y si no, allí tienen al “oligarca” preso, Mijaíl Jodorkovsky, el ex rey de la energía.

Los críticos son acallados, aislados o reprimidos. O hasta despachados al más allá, como sucedió con la periodista Anna Politkóvskaya. Y qué decir de las brutalidades en Chechenia.

Habiendo leído de la historia de Europa del Este en mis estudios en Polonia, siempre creí que era muy iluso esperar una democracia occidental: ni la historia de Rusia ni su tradición política respaldan semejante idea.

“El poder y la durabilidad de estas autocracias darán forma al sistema internacional”, afirma Kagan. “El mundo no está a punto de embarcarse en una nueva lucha ideológica del tipo de la Guerra Fría. Pero la nueva era, más que ser un tiempo de valores comunes e intereses compartidos, será uno de tensiones crecientes, y, a veces, de confrontación entre las fuerzas de la democracia y las de la autocracia”.

El horizonte se atiborra de nubes negras. En medio de la crisis energética con los estratosféricos precios del petróleo, a la que se suma ahora la de los alimentos, hay que destacar el hecho de que numerosos países productores son tiranías o democracias imperfectas. Algunos ejemplos: Arabia Saudita, Irán, Rusia, Venezuela, Nigeria.

“Hay 23 países en los que el 60 por ciento de sus exportaciones son el petróleo y el gas y ninguno de ellos es una democracia de verdad”, dice Larry Diamond, un politólogo de Stanford.

Es lo que Thomas L. Friedman, columnista de The New York Times, llama “la recesión democrática”, menos publicitada que la recesión económica de EE.UU.

En Nicaragua, nuestra frágil democracia sufre el embate de un proyecto personal autoritario que se enmarca en la ola populista, caudillista y de pseudoizquierda inspirada por Hugo Chávez. Los nicaragüenses debemos movilizarnos para defender las libertades que tanta sangre nos costaron. Y estamos más bien solos, dado el resurgimiento de los autoritarismos y los problemas o la indiferencia de las democracias, a las cuales les motiva muchas veces velar únicamente por sus propios intereses.

Analista de temas internacionales

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