No sólo la inteligencia… ¡también la voluntad!

“Mientras hemos buscado diligentemente atraer la inteligencia de nuestros jóvenes, quizás hemos descuidado su voluntad”. (Benedicto XVI) ¡Ya no hay hombres! es el impactante título de un libro escrito por un Obispo francés, quien, con vigor y vehemencia, se quejaba de la mediocridad, superficialidad y cobardía, de la claudicación y flojera de la gente de […]

“Mientras hemos buscado diligentemente atraer la inteligencia de nuestros jóvenes, quizás hemos descuidado su voluntad”.

(Benedicto XVI)

¡Ya no hay hombres! es el impactante título de un libro escrito por un Obispo francés, quien, con vigor y vehemencia, se quejaba de la mediocridad, superficialidad y cobardía, de la claudicación y flojera de la gente de su tiempo. ¿Qué diría ahora de nosotros? Con razón San Agustín afirma que “ser hombre es tener voluntad”.

Si definimos la voluntad como “la facultad que se orienta hacia el bien”, tenemos que admitir que la verdadera educación volitiva no se limita a lograr fortalecer esta facultad, sino que también pretende que esta voluntad se ejercite en hacer el bien, que sea bien empleada en su aplicación práctica. No hay persona más peligrosa que aquélla de indomable fuerza de voluntad, pero a la vez de perverso corazón. Mientras se cultiva la inteligencia de los niños y los jóvenes, se abandona, en muchos hogares y centros de enseñanza, formar su corazón.

“Fui educado bajo una férrea disciplina”, anota en su libro Diario de un preso el doctor Pedro Joaquín Chamorro, Mártir de Las Libertades Públicas de Nicaragua. ¡Así se imprime el carácter! ¡Así se forjan los hombres! Pedro Joaquín recibió una sólida educación humana y cristiana en su hogar, fue educado para la libertad y rindió frutos de libertad.

Los grandes hombres y mujeres se distinguen no únicamente por su clara inteligencia y firme determinación, por su capacidad para acometer y resistir situaciones difíciles, sino por la nobleza de sus actos y la bondad de sus actitudes, por su espíritu de sacrificio y aportación heroica en aras del bien común. La buena educación de la voluntad comprende inculcar buenos sentimientos en el corazón del niño o joven. La educación más exitosa es aquella que logra que el individuo, igual que Jesús, pase por el mundo haciendo el bien.

Toda educación católica, individual, familiar, escolar y universitaria, busca en sí la formación de la persona, la educación en la fe y la promoción del desarrollo. De no ser así, se corre el riesgo de que el niño, estudiante o futuro profesional, pierda su identidad cristiana y se desvíe de la centralidad de su fe.

La solución de todos nuestros problemas, personales y sociales, la tiene Jesucristo… pero contando con nuestra buena voluntad.

Religión y Fe

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