Alimentos vs. biocombustibles

[doap_box title=»» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Pese a no ser el único factor, el desvío de recursos de la producción de alimentos en favor de la de biocombustibles es una de las causas de la crisis mundial y del aumento de los precios de la comida. Ese dilema está hoy en el centro del debate internacional. [/doap_box] […]

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Pese a no ser el único factor, el desvío de recursos de la producción de alimentos en favor de la de biocombustibles es una de las causas de la crisis mundial y del aumento de los precios de la comida. Ese dilema está hoy en el centro del debate internacional.

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Pese a no ser el único factor, el desvío de recursos de la producción de alimentos en favor de la de biocombustibles es una de las causas de la crisis mundial y del aumento de los precios de la comida. Ese dilema está hoy en el centro del debate internacional.

Las alarmas han sonado desde las agencias de la ONU, de expertos, del Banco Mundial y hasta del FMI: la reducción de las áreas de siembra para el consumo humano, para utilizarlas en la elaboración de etanol o demás biocarburantes, está contribuyendo a la subida del precio de los alimentos y a la inflación mundial. La carestía de la comida es un factor de inestabilidad política y social para unos 33 países, advirtió Bob Zoellick, presidente del BM. Ya hay ejemplos: disturbios en Haití, Egipto y peligro potencial en buena parte de África.

Algunos reportes cuestionan doblemente a la industria de los biocombustibles. Por un lado, no están contribuyendo a la disminución neta de los gases de efecto invernadero, a la vez que favorecen la destrucción de bosques y la tala. Esto ocurre sobre todo en Indonesia y en Sudamérica. En otras palabras, no aportan a la lucha contra el cambio climático, según un estudio económico de la organización The Nature Conservancy publicado por la revista Science. La quema o la descomposición de árboles o de la hierba eliminada para dar paso a la siembra que se destina a producir combustibles vegetales, emiten enormes cantidades de dióxido de carbono, reduciendo los beneficios del uso de biocombustibles en vez de petróleo.

“El carbono emitido en la reconversión (de los terrenos) es entre 17 y 420 veces superior a lo que se ahorra anualmente con los biocombustibles respecto al petróleo”, aseguró Joseph Fargione, uno de los economistas autores del estudio.

El profesor John Beddington, principal asesor científico del primer ministro británico Gordon Brown, declaró a principios de marzo que el recurso a los biocombustibles pondría en peligro la seguridad alimentaria de millones. Estima que para 2030, la producción de comida deberá haber crecido en un 50 por ciento, para atender las necesidades de la creciente población del planeta.

“Es muy difícil imaginarse cómo el mundo va a poder producir suficientes cosechas para generar energía renovable y satisfacer al mismo tiempo la enorme necesidad de alimentos”, señaló, citado por el diario El País.

Esta semana, el choque estelar “biocombustibles vs. alimentos” ocurrió en Brasil —país pionero y segundo productor mundial de etanol—, durante la XXX Conferencia Regional de la FAO. Su director, Jacques Diouf, fue muy crítico del impacto de los biocombustibles y recalcó la importancia de la seguridad alimentaria. Recordó que el índice de precios del organismo registró un aumento de 47 por ciento en un año.

Como era de esperase, fue el presidente Luiz Inácio Lula da Silva el principal defensor de los nuevos combustibles. Lula pidió una discusión seria, sin pasiones, y rechazó la noción de que aquéllos fuesen “el villano” de la película. Enfatizó que con políticas adecuadas, la producción ofrece grandes posibilidades económicas, reduciendo la pobreza y creando empleos. Enfiló las baterías contra los altos precios del petróleo, las distorsiones al comercio mundial causadas por los países ricos y los fertilizantes cada vez más caros que venden las transnacionales del mundo desarrollado.

El presidente de la Unión de las Industrias de la Caña de Azúcar de Brasil, Marcos Jank, reveló que de todas las tierras cultivadas en Brasil (unos 250 millones de hectáreas), solamente el uno por ciento, o sea unos 3 millones de hectáreas, se ocupa para sembrar caña.

Las advertencias del BM o de la FAO son serias y no pueden despreciarse, pero no poca razón le asiste también a Lula.

Es imposible, asimismo, no señalar al cambio climático que está afectando las cosechas, ya sea a través de sequías, inundaciones o huracanes. En Australia, una sequía de seis años acabó con el 98 por ciento de la producción de arroz.

La postura de Venezuela y sus satélites del Alba, entre ellos Nicaragua, de condenar los biocombustibles es cínica. Los precios elevados del crudo (115 dólares el barril) son un factor clave de la inflación en países no productores de petróleo. El presidente Hugo Chávez siempre clama en la OPEP por hacerlos subir aún más. El alza del oro negro en las bolsas mundiales es muchas veces un resultado de meras actividades especulativas del “capitalismo salvaje” al cual Chávez tanto denigra, pero del cual tanto se beneficia. Y no solamente él: la camarilla sandinista está haciendo negocios con el petróleo venezolano.

Nicaragua tiene buenas oportunidades. A mi criterio, no tiene que hacer una elección, al menos a lo inmediato. Poseemos enormes extensiones de tierra fértil, no somos un país densamente poblado y hay una predisposición natural a la agricultura —¿se acuerdan del famoso “granero de Centroamérica” ?—. Con políticas agrícolas bien diseñadas, racionales, con recursos suficientes y con consensos políticos-sociales, el país puede aprovechar estas oportunidades: producir más alimentos y para los biocombustibles.

Por desgracia, la clase política está sólo interesada en la politiquería, en chanchullos y en servir a sus patronos extranjeros. ¿Y los medios? Preferimos correr tras el suceso sangriento, destacar discursos vacíos o corretear como tontos tras la reacción de alguien a lo que fulano de tal dijo o dicen que dijo.

Analista de temas internacionales.

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