¡Estamos vivos y alegres!

“La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque Él ha resucitado verdaderamente”. (Benedicto XVI) “¡Eh, qué bien! ¡Cuánto me alegra verte tan cambiado!”, expresó complacido el párroco al joven a quien tanto había […]

“La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque Él ha resucitado verdaderamente”.

(Benedicto XVI)

“¡Eh, qué bien! ¡Cuánto me alegra verte tan cambiado!”, expresó complacido el párroco al joven a quien tanto había aconsejado abandonar la droga. El muchacho, luciendo ahora elegantemente vestido y sin los efectos demacrantes y trastornadores del vicio, explica entusiasmado al sacerdote: “¡Me he enamorado de una muchacha, Padre, y pronto me casaré con ella!”

El cambio externo brota del interior de la persona. También el cristiano, cuando se enamora de Cristo, alcanzado por la fuerza transformadora de su Pasión y Resurrección, sufre un cambio, no sólo interno, que él o ella puede experimentar espiritualmente, sino que además se hace notable a los otros. En tal caso, lo exterior es producto de lo interior.

Un pastor evangélico cuenta que, encontrándose, por alguna circunstancia particular, de visita en una catedral católica, pudo observar cómo una joven, que entró al templo “llorando a mares” en forma incontenible, se dirigió de inmediato al confesionario y, en pocos minutos salió, luego de recibir el perdón sacramental de sus pecados, completamente otra, “como nueva”, irradiando paz y felicidad. El pastor, asombrado del cambio, exclamó: “¡Qué maravilla!” y rectificó los prejuicios sostenidos durante años respecto al Sacramento de la Misericordia, donde el católico, con las debidas condiciones, recupera la paz de Cristo por la certeza y la alegría de su perdón. Esta maravilla sólo es posible porque Cristo ha resucitado y está vivo y actuante en su Iglesia.

Cuando como cristianos nos sintamos “un verdadero desastre”, examinemos nuestro nivel de comunión con Cristo, preguntémonos si no hemos abandonado la oración y los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, la reflexión y aplicación bíblicas, ya que el amor a Cristo se traduce en poder en el cristiano. Veamos si no es que hemos perdido la gracia de Dios y apresurémonos a recuperarla. Mientras más íntima es la relación espiritual con Cristo, más poderosamente actúa la gracia de Dios en nosotros.

Aprovechemos la resurrección del Señor, resucitando con Él a una vida nueva, y hasta nuestro aspecto externo se transformará. Mantengámonos vivos y alegres… ¡El cambio auténtico proviene de Dios y nace en el corazón del hombre!

Religión y Fe

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