La Gran Sangre

Una caricatura de película Existe un mito cuando se habla de películas latinas. Se cree que por estar alejadas del circuito comercial made in Hollywood estas tienen un material distinto e interesante que ofrecer al público, cansado de los filmes cargados de efectos especiales, pero sin sustancia, que ofertan regularmente los cines nacionales. Las producciones […]

  • Una caricatura de película

Existe un mito cuando se habla de películas latinas. Se cree que por estar alejadas del circuito comercial made in Hollywood estas tienen un material distinto e interesante que ofrecer al público, cansado de los filmes cargados de efectos especiales, pero sin sustancia, que ofertan regularmente los cines nacionales.

Las producciones hispanoparlantes tradicionalmente se restringen a festivales o muestras especiales relegadas a una cuantas salas de cine, casi siempre las más pequeñas.

Cuando algunas de estas películas tienen la suerte de colarse entre la carga de películas estadounidenses regularmente dueñas y señoras de las taquillas, se espera que para lograr esta proeza el filme en cuestión venga acompañada de muy buenas referencias, ya sean de críticas o de polémica (recuerde el caso de El Crimen del Padre Amaro).

Qué méritos hizo La Gran Sangre para hacer presencia en los cines nacionales, es algo que desconozco. Sus principales referencias es que está basada en un cómic peruano que a su vez devino en una serie televisiva que lleva tres temporadas en el país andino. Ambas producciones parecen tener mucho éxito en Perú, quien los ha acogido como sus autóctonos héroes de acción, al mejor estilo de lo que fue Santo, el Enmascarado de Plata, para México.

Sin embargo, en el caso del legendario luchador se tiene que reconocer la originalidad del folclor mexicano, principalmente al perpetuar el misterio de su héroe real ocultando su identidad con la mexicanísima máscara de lucha. Pero en La Gran Sangre lo que abunda es una general falta de creatividad y un burdo reciclamiento de los tradicionales estereotipos de los enlatados televisivos de acción estadounidenses. La pobreza de la producción ayuda a destacar más estas fallas.

Los nombres de varios personajes (Mandril, Dragón, Santitos) parecen inventados por cualquier pandillero de un barrio capitalino. Las peleas que pueden verse en cualquier capítulo de los Power Rangers son más convincentes que las de esta película. El recurso de transformar la acción real en animación es sobreexplotado claramente con el fin de lograr que los personajes ejecuten proezas fantásticas sin necesidad de gastar algunos miles de dólares en efectos especiales. La importancia de los personajes femeninos está en dependencia del tamaño de sus pechos o de qué tan apretado le quede un microshort. En medio de tantas malas actuaciones hay momentos que esto llega a convertirse en lo único interesante que ver, por decir algo.

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