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El síndrome de los “ outsiders” que hiciera carne en los países latinoamericanos y fue una constante en las contiendas electorales a partir de la última década del siglo pasado, parece haberse trasladado a los Estados Unidos. Más precisamente al Partido Demócrata en donde hoy pujan por la candidatura presidencial una mujer y un integrante y representante de una de las minorías de la población.
La aparición de los “outsiders” en América Latina fue la respuesta a un deseo o reclamo de los electores, desilusionados y defraudados por las actuaciones de los partidos políticos y sus popes en el inmediato período post dictaduras militares. Con alguna diferencia de años los partidos historicos , tradicionales o dominantes y sus líderes perdieron convocatoria. La opinión pública dejó de confiar en ellos y salió a la búsqueda de candidatos fuera del sistema tradicional. Si era posible, que no tuvieran una experiencia o trayectoria política anterior o, en todo caso, que dentro de los partidos políticos mostraran un perfil bien diferente a la mayoría de la dirigencia, razón por la cual o bien no ocupaban cargos de expectativa o no eran muy conocidos o resultaban una especie de “ bichos raros” allí dentro.
Así aparecieron, para empezar, aquellos candidatos que entraban en la contienda electoral y política con el argumento de “ yo no soy político”, que era algo así como decir “ yo no soy sarnoso, ni portador de peste alguna”.
El defenestrado Fernando Collor de Mello, hombre que salió de la TV y ocupó la presidencia de Brasil por dos años y medio, fue el primero. El segundo lugar le corresponde a Perú, en donde en las elecciones de 1990 algunos partidos “ históricos” conscientes de su pérdida de fuerzas, agravada por la pésima gestión del “ aprista” Alan García, resolvieron apoyar la candidatura del reconocido escritor Mario Vargas Llosa, alguien venido de afuera del sistema político. El que obtuvo el triunfo, sin embargo, fue Alberto Fujimori, un hombre de más afuera aún, quien tuvo la intuición , además, de llamar a su partido “Cambio 90”∙
También Carlos Menem fue una especie de “outsider” dentro del propio peronismo argentino. No tenía mucho que ver con los líderes clásicos y que primaban en el movimiento fundado por Juan Domingo Perón.
El cambio que impusieron los pioneros tenía que ver con ciertos lineamientos de tipo liberal en el manejo económico , contando a favor con los buenos resultados que se cosechaban en Chile. Estos últimos , los de hoy, en su casi totalidad se autoproclaman progresistas y antiliberales y han sido duros enemigos de los partidos históricos.
Se trata ahora de Chávez, Correa, Morales y Kirchner en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina y también de Lula en Brasil, y Vázquez en Uruguay, a los que hay que sumar a Vicente Fox en México, en uso de alternativas que les daba el propio sistema político para optar en contra de los partidos históricos y dominantes.
Las nuevas caras, muchos enarbolando las banderas de no ser políticos, implicaban un rechazo a las prácticas y políticas de los partidos tradicionales ,lo que fortalecían con su discurso de cambio. En más , ellos constituían un cambio por sí mismos.
Algo de eso es lo que , en cierta medida, simbolizan Hillary y Obama. Si alguno de ellos dos como candidato demócrata gana las elecciones será la primera vez que una mujer o un negro llega a la Presidencia de los EE.UU. Eso ya representa un cambio; además de la manifestación más elocuente y directa del desconformismo de los estadounidenses con la gestión de Bush.
¿Pero, ello, por sí mismo, hace o asegura que sea bueno? Si se mira lo ocurrido en los países latinoamericanos la opción por los “outsiders”, los de ayer y los de hoy, no da mayores garantías.
Esa es una cuestión que tienen planteada y deberán responder los estadounidenses al momento de votar su próximo presidente.
Periodista uruguayo