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Muy a pesar del malestar de los racistas y de los enemigos de los inmigrantes, si algo quedó claro con el “súper martes”, es que el electorado latino se ha convertido en una fuerza decisiva de la política en Estados Unidos.
Ambos ganadores, la demócrata Hillary Rodham Clinton y el republicano John McCain, obtuvieron victorias cruciales gracias a un claro, y, en ciertos casos, categórico apoyo hispano a su lucha por obtener la nominación presidencial de sus partidos.
Tanto en Nueva York como en California, los premios gordos por el número de delegados que envían esos estados a las convenciones nacionales partidarias, uno de los factores clave fueron los votos latinos.
En el “sunny state”, el estado del sol perenne, que tiene asignados 370 delegados a la convención demócrata, el 65 por ciento de los hispanos le votó a la ex primera dama y senadora, y apenas el 37 por ciento a su rival, el senador afroamericano Barack Obama.
En otros lugares como Arizona, con una gran población hispana, Clinton conquistó el 53 por ciento de apoyo de la principal minoría del país. McCain representa a Arizona y se daba por descontado allí su triunfo.
La notable excepción es Illinois, el estado que Obama representa en el Senado.
A nivel nacional, la congresista demócrata conquistó el 64 por ciento de las boletas hispanas.
En el caso de McCain, los hispanos le conocían como partidario de una reforma migratoria, al contrario de sus rivales Mike Huckabee y Mitt Romney.
¿Por qué los latinos están prefiriendo a Hillary? Hay algunas razones a la vista.
La senadora de 60 años lleva mucho más tiempo en la política y es más conocida que Obama, de apenas 46 años. Los latinos recuerdan positivamente los dos períodos de su esposo, el ex presidente Bill Clinton, marcados por una bonanza económica.
La hábil ex primera dama comenzó a preparar su candidatura desde que dejó la Casa Blanca. Hoy encabeza una maquinaria formidable, quizás más aceitada que la de Obama .
También hay factores más sombríos. De acuerdo con algunos analistas, los latinos no están dispuestos a votar por un negro, una afirmación que conlleva una connotación racista.
Así lo afirma Sergio Bendixen, un encuestador de la campaña de Clinton. Otros, como Rodolfo de la Garza, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Columbia, lo descartan.
“Se acuerdan (los latinos) de Bill Clinton. A Obama no lo conocen”, afirma De la Garza. “Ese tipo sabe que no es cierto y si no lo sabe, no debería hacer el trabajo que hace”, dice sobre Bendixen. Las cifras: el 34 por ciento de los votantes hispanos optó por Obama.
Sí es un hecho que existen tensiones entre los afroamericanos y los latinos. Ambas minorías compiten por los mismos trabajos; las pandillas de las grandes urbes son negras y latinas; en menos de diez años, los hispanos desplazaron a los negros como la principal minoría; los inmigrantes de origen latinoamericano llevan consigo prejuicios de sus sociedades de procedencia.
Hillary arrastra a las mujeres, a los trabajadores y a los hispanos. Obama se ha ganado a los jóvenes, a los negros y a los mejor instruidos. Ambos consiguen gran apoyo blanco.
En 2004, el 8.5 de los votantes en EE.UU. eran los latinos. Este año, serán al menos el 10.5 por ciento, según Thomas Mann, de Brookings Institution.
Aquel año, el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, advirtió al Partido Demócrata que si George W. Bush se alzaba con el 40 por ciento del voto latino, “nos ganan la elección”. El 44 por ciento de los latinos le votó. Bush fue reelegido.
Como el grupo Molotov, los latinos parecen clamar “Gimme tha Power” (Dame el Poder). No para darle a alguien “en la madre”, como dice la banda mexicana, pero sí para poder decidir sobre los asuntos que les interesan.
Analista de temas internacionales