Para Bush es más rentable saldar viejas promesas con América Latina que lanzarse en iniciativas nuevas. ()

Sin tiempo

La Casa Blanca se esfuerza por acercarse a América Latina, pero ya es demasiado tarde Washington Oír al presidente George W. Bush hablar español es toda una anécdota. El puñado de palabras que logra pronunciar, sumado a su marcado acento texano, reduce su esfuerzo políglota a un episodio lamentable. Pese a la incomodidad, durante el […]

  • La Casa Blanca se esfuerza por acercarse a América Latina, pero ya es demasiado tarde

Washington

Oír al presidente George W. Bush hablar español es toda una anécdota. El puñado de palabras que logra pronunciar, sumado a su marcado acento texano, reduce su esfuerzo políglota a un episodio lamentable. Pese a la incomodidad, durante el último año, Bush ha atravesado el trance al menos 10 veces. También lo han hecho la secretaria de Estado, Condoleezza Rice; el secretario de Defensa, Robert Gates, y otros altos funcionarios estadounidenses. ¿La razón? Tras una larga lista de visitas, la actual administración está desplegando ahora, con su último aliento, un variopinto grupo de iniciativas para fortalecer sus relaciones con la región.

Está fuera de discusión que 2007 ha sido otro año negro para el Gobierno estadounidense. Por eso, después de fracasar en la estabilización de Irak, con la opinión pública cada vez más descontenta, un Congreso dominado por demócratas, y con las elecciones presidenciales ad portas, los inquilinos de la Casa Blanca parecen estar apostando —aunque sea parcialmente— a su salvación, recobrando súbitamente el interés que mostraron por América Latina en sus primeros meses.

El recién anunciado Plan México, para colaborar con el país vecino en el combate al narcotráfico, es sólo la guinda de una torta que empezó a prepararse hace un tiempo. En marzo de este año, en vísperas de la gira de Bush por América Latina —que incluyó Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México—, la Casa Blanca anunció un nuevo paquete de ayuda. A él se suman los acuerdos de etanol con Brasil, el lobby para la aprobación de los Tratados de Libre Comercio (TLC) con Perú, Panamá y Colombia, la reforma inmigratoria, y sus reiterados discursos en referencia con Cuba.

El actual panorama recuerda los meses anteriores a los ataques terroristas del 11 de septiembre, cuando México y Colombia parecían ser la mayor preocupación de Washington. “Tenemos la posibilidad de forjar una coalición que mejorará las vidas de los ciudadanos de ambas naciones”, dijo Bush sobre México en febrero de 2001.

Pero el amor quedó sepultado bajo los escombros del World Trade Center. Después de los ataques, las iniciativas de Estados Unidos con los países de la región se circunscribieron casi exclusivamente al ámbito militar. Según cifras de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés) en 2004, países como Uruguay y Trinidad y Tobago no recibieron ninguna ayuda social o económica de Estados Unidos, pero sí asistencia militar. En el marco del Plan Colombia, entre 2002 y 2003, la cantidad de efectivos latinoamericanos entrenados por Estados Unidos aumentó 50 por ciento. En números, en 1997 el aporte del país en ayuda social y económica a la región bordeaba los US$600 millones, mientras los aportes en temas militares y policiales alcanzaban cerca de US$250 millones. Un escenario muy diferente al de 2004, cuando ambos aportes eran prácticamente equivalentes.

CON LA FRENTE MARCHITA

¿Ha vuelto la atención estadounidense por sus vecinos del Sur? Quizá. El problema es que parece ser demasiado tarde. “El interés viene en un momento en que la Casa Blanca no tiene ningún capital político. Se está tratando de impulsar iniciativas en el período en que es más difícil conseguir el apoyo”, dice Michael Shifter, del think tank Diálogo Interamericano.

La falta de soporte es evidente. El mismo día en que el Plan México fue anunciado, diversos congresistas criticaron la iniciativa. Eliot Engel, presidente del subcomité de la Cámara Baja especializado en América Latina, dijo que el Congreso no fue consultado mientras el plan fue diseñado, y recalcó que “esta no es una buena manera para impulsar un esfuerzo tan importante para combatir el incremento del narcotráfico en la región”.

La mayor incógnita es por qué Bush quema los pocos cartuchos que le quedan en América Latina. La respuesta parece ser una sola: es más rentable políticamente saldar una vieja promesa incumplida, que lanzarse en iniciativas nuevas que nadie espera y que, por lo mismo, nadie podría cobrar en el futuro. Sin embargo, la actual no parece ser la mejor forma de ponerse al día.

“Esta es una política improvisada”, dice Shifter. Para el experto, la gran paradoja es que al hacer un análisis tema por tema —reforma inmigratoria, subsidios agrícolas, libre comercio, apoyo a México— la Administración sí tuvo un interés en las áreas que le preocupan a América Latina. Sin embargo, la lentitud de los resultados y la dirección de las relaciones exteriores de Washington después del 11-S dejaron un legado negativo. “Sobre todo por su política internacional, por su manera de actuar en el escenario global, su unilateralismo, su uso del poder militar y actitud soberbia», dice.

Una segunda razón es la proximidad de la elección presidencial de noviembre de 2008, que amenaza con ser una disputa voto a voto. En ese contexto, los temas relacionados con América Latina serán siempre parte de la batalla. En el caso de la relación con México, el beneficio es enorme: de los 40 millones de hispanos en Estados Unidos, el 67 por ciento es mexicano.

Esta es una buena razón para entender el origen del Plan México, de US$500 millones anuales por un período no definido, y la fallida reforma inmigratoria. “En Estados Unidos la política migratoria se procesa siempre como política interior”, dice Andrew Selee, director del Instituto México del think tank Woodrow Wilson Center. Pero hay otras razones. “El Plan México viene ligado a la protección que Estados Unidos quiere dar a su propia frontera, aunque es una política generada más por mexicanos que por estadounidenses”, dice Selee. “El Gobierno de Felipe Calderón se ha metido en el área de seguridad, porque el narcotráfico es visto como una amenaza a la coherencia e integridad del Estado mexicano”. Según el último informe del Departamento de Estado sobre control internacional de narcóticos, el 90 por ciento de la cocaína de Sudamérica que llega a EE.UU. pasa por México.

Cuba ha sido otro estandarte de la renovada política estadounidense hacia la región. Después de 45 años de embargo, Bush no sólo ha reafirmado la estrategia de tolerancia cero con la isla, sino que prometió endurecerla con un plan para la transición democrática de La Habana, cuando faltaban sólo días para el pronunciamiento de la Asamblea General de la ONU en relación al embargo. “La política hacia Cuba siempre ha sido influenciada por asuntos internos de Estados Unidos en los que los cubanoamericanos son la audiencia. Ellos tradicionalmente votan por republicanos y esto tiene mucho que ver con el último anuncio”, dice Ian Vásquez, director del Centro para Libertad Global y Prosperidad del Cato Institute.

Aunque aún quedan sólo algunos meses para las elecciones presidenciales, todo indica que, como se dice en Washington, “time is up” para la era Bush en Latinoamérica. Más destacada por ausencias que por logros, la Administración cifra sus esperanzas en la ratificación de los TLC en el Congreso. Una apuesta arriesgada en manos de un grupo de demócratas deseosos por recuperar la Casa Blanca.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí