- Acerca del poemario de Eugenia Toledo Keyser
Eugenia Toledo-Keyser (Chile, 1945) en su segundo poemario Tiempo de Metales y Volcanes (400 Elefantes, Nicaragua, 2007), concentra un testimonio creativo, consciente y experimental de sí misma en la otredad. Una voz proyectada más allá de su mundo interior, de las referencias geográficas habitables o llevadas en la memoria. Concentra el cuestionamiento social como función inherente a un ser humano crítico que además de soñar, vive realidades que no son tan felices, donde la distorsión humana se manifiesta en la perversidad e injusticia.
Desde una infancia influenciada por la obtención y tratamiento de los metales aleaciones incluidas se entrega a un proceso de forja de la palabra, como para dolerse de los defectos, llorar sobre los vacíos y anhelar y luchar para extinguir esos defectos y llenar esos huecos, como diría Huidobro. Hay también espíritu alquimista en tanto transpiración obsesiva por la purificación de ese metal que trabaja el poema pero sin pretender la piedra filosofal, ni elixir para alargar la vida ni la Gran Obra que la sublimice.
Esa forja del metal-poema, en cuyo fuego reúne tópicos de un proceso contemplativo, no es más que la reflexión de la vida real y la memoria de los pueblos, como definiera la poesía Octavio Paz.
En Tiempo de Metales y Volcanes confirmo las huellas que se revelan en Arquitectura de Ausencia (2006), resistencia que desde la memoria erigen una identidad mixta pero con raíces profundas en su terco Chile, en los acontecimientos vividos y sufridos. Descubro esos vacío que establecen los círculos vitales inconclusos y en conflictos, que paren fantasmas quizá de un tiempo truncado, a veces con signos de nostalgia pero en esencia de arraigo inmigrante.
Hay voces recónditas que arrastran y reclaman su singularidad desde dos puntos cardinales determinantes en su transcurrir: el Sur natal y el Norte adoptivo, mitades que la contradicen y la unen, y cuya realización es su palabra diversa, el Cosmos poético que la reafirma en su Yo repartido.
En total son 60 poemas agrupados en tres secciones, donde se funden imágenes primarias, se forjan símbolos que producen el poema, se transfiguran realidades crudas para entregar nuevos significados como ejercicio de poder, desde la palabra. El poemario da cuenta de las posibilidades del lenguaje sin estancarse en la simplona razón lúdica, pasa revista en el transcurrir propio y de los otros, va a las fisuras o heridas que producen las distorsiones humanas y sociales. Rompe con el orden establecido y valora los procesos e implicaciones de la migración, en una constante referencia de lo entrañable, eso que el tiempo se encarga de arrastrar desde los hornillos génesis e incorporarlos a la arquitectura humana.
Todos estos elementos son transversales en la obra de Toledo.
Temuco, lugar de partida, ciudad vientre, raíz. La fundición Toledo, referencia histórica familiar, entrañable. La poeta vive su ancestro, la tradición metalúrgica llevada a la poesía, donde se forja su espíritu en procesos creativos: Por eso para decir o proclamar algo no hay mejor lenguaje que el metal y la poesía (Pág. 10).
Pero al salir de ahí: Por todas partes ha ido quedando / algo abandonado, algo perdido (Cosas Perdidas, No Reclamadas, Pág. 17). Su viaje al Norte y el sabor de la lejanía se sustituye con el vagamundear, para luego ir a algún encuentro: Lo que es y aún sigue siendo/ lo que aún siendo no es/ y aún no siendo/ voy a su encuentro (Quiero, Pág. 20). Quizá su pasado o lo que quedó atrás, pero como los círculos vitales están inconclusos y el arraigo está latente, la expectativa por el retorno se fortalece.
Y ella misma, cazadora de sueños, tirada al vuelo, entregada al viento para curar sus heridas, ida a otras tierras a experimentar sus tramas: Vino una noche el cazador de sueños/ Para atraparme descuidada/ En su entramado tejido de cuero/ Y tenderme desnuda/ En las montañas oxidadas de Utah (Cazador de Sueños, Pág. 32). Y de allí dos paralelos con doble significado de la palabra Herida: el Sur, donde son cicatrices profundas y el Norte, donde son oleaje de nostalgias.
En Tiempo de Metales y Volcanes también habla la emigrante que sale de su terruño en busca de un sueño, de algún oasis imaginario. Canta sus luchas cotidianas en la idea de forjar un mundo nuevo, de espacios comunes y de esperanzas. Trasluce la chispa que ha movido a millones de seres humanos y los ha puestos en caminos distintos con sus memorias, historias o arraigos acuñados, muchas veces desgarrados pero dispuesto a incorporar lo desconocido, extraño y distante.
Siempre hay alguna referencia: la fundición de su infancia, el tango, la campiña, el pan amasado y las empanadas, la carreta, el cochayuyo y demás. Todo eso delata procedencia, pasado, el punto distante donde queda una vida, estampas del paisaje, el recuerdo feliz y los dolores llevados en la piel: y donde se abre una gran grieta/ entre el mar y la tierra/ del color de barco hundido (Cabo de Hornos, Pág. 91).
La metáfora relativa al colado del metal fundido, a la fundición como proceso de fabricación de piezas metálicas, se realiza en el tratamiento de la palabra como vida y poesía. El poema es sometido a una labor constante y cuidadosa, así el metal: Le pusiste más leña al fogón de la estufa/ como en esos días de fundición,/ calentándose a orillas del trabajo,/ la tierra y el metal (Fundición Toledo, Pág. 21-22). Y sigue: ¡Muda se queda la pieza el poema/ cuando el metal derretido se enfría/ y le propinan un golpe de martillo/ suenan las campanas/ el resplandor gris de tus estellas! (Poemas Desde la Forja, Pág. 16).
Se manifiesta la alquimia espacio-tiempo-emoción que construye historias llevadas a poesía en moldes de vida, a hierro candente, para solidificar palabras en definición y profundidad, fundiendo y forjando, uniendo y derritiendo, hasta lograr el producto metal-poema, el arte (facto), como declaración y testimonio.
Vivencia, memoria y oficio se funden, y hasta se aventura al poema casi caligráfico en Hoja de Arce (Págs. 58-59). Se representan ritmo y movimiento, zigzagueo aeróbico y coqueto de una hoja en su caída. El poema contiene soledad y ausencia, un dejarse llevar a golpe de viento hasta su destino Seattle.
Ingenio, audacia y exploración de posibilidades del poema como producto orfebre, lo encontramos en Indecible Foucault I y II (Pags. 47 y 48, respectivamente) y La Campiña Chilena (Pág. 49). Se estructuran en dos columnas y se leen en tres formas distintas: dos lecturas verticales (una para cada columna) y otra en horizontal, uniendo sus líneas (versos) hasta culminar el poema. Todo confluye en el efecto transformador de la palabra, asociando semánticas.