- El alza de los alimentos no sólo hiere bolsillos. Podría despertar al dragón inflacionario dormido en varios países
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BUENOS AIRES
La milonga es un baile rápido y divertido; sin embargo, en Buenos Aires todos quieren que la milonguita se quede quieta. A 20 centavos locales (US$0.06) la unidad, Graciela Príncipe compra todos los días nueve de ellas. “Espero que no suba”, dice.
Y recuerda que el kilo de pan, dependiendo del comercio y el barrio, oscila entre US$0.95 y US$1. Es un valor más accesible que los US$1.3 y US$1.5 que cuesta el kilo de pan francés en Las Condes, Vitacura y Providencia, barrios ricos de Santiago de Chile.
Las diferencias entre las dos ciudades se estirarán en septiembre, ya que los panaderos chilenos creen que los aumentos en los costos productivos llevarán su producto a casi US$2. Dado que ambos países tienen un sueldo mínimo similar, el pan será entonces prácticamente el doble de caro en Chile que en Argentina.
A primera vista la diferencia podría provenir del hecho que los argentinos son grandes productores y exportadores del cereal y su harina, en tanto que los chilenos cultivan trigo, pero no se autoabastecen.
Sin embargo, como siempre, la realidad es más compleja. Más bien, lo que ocurre en el Cono Sur tiene que ver con el despliegue de dos políticas distintas para enfrentar un hecho indesmentible: los precios de los alimentos se encarecen en todo el planeta. Y, entre ellos, los de los cereales y el maíz escalan con entusiasmo.
Así, el penúltimo día de agosto el trigo llegó a su récord histórico mundial: se cotizó a US$282 por tonelada en Chicago Mercantil Exchange (CME). Un año atrás su valor era US$168 por tonelada.
El fenómeno preocupa. En su informe global de junio recién pasado el Bank for International Settlements (BIS), en Basilea, Suiza, afirma que “en algunos países como China, México y Sudáfrica, los altos precios de los bienes agrícolas también están jugando un rol importante en elevar la inflación”. Precisamente México ha sido una de las naciones más golpeadas por el alza del 58 por ciento de los precios globales del maíz entre julio del 2006 y abril del 2007.
UN FANTASMA EN LA REGIÓN
El profesor José Cerro, del departamento de estudios empresariales de la Universidad Iberoamericana en Ciudad de México, confirma el impacto de las alzas de precios: “El efecto del repunte en la cotización internacional del maíz en el primer trimestre de este año trajo consigo un incremento anual promedio de 16.03 por ciento en el precio doméstico de la tortilla de maíz”, dice.
“El peso de este bien sobre el índice general de la inflación es elevado (1.23 por ciento) al ser un producto de gran importancia en el gasto de las familias mexicanas”, añade
Algo similar está ocurriendo en Perú. Claudia Bustamante, secretaria técnica del Comité de Molinos de la Sociedad Nacional de Industrias, dice que desde inicios de este año el precio del trigo importado “se ha incrementado en 50 por ciento, a pesar de la reducción del arancel”. En la misma línea, a principios de julio, el gobierno de Alan García eliminó las barreras a la harina y a los fertilizantes, como una fórmula para apoyar a los productores locales.
En Buenos Aires, Argentina, la vocación de intervenir es mayor que en Lima, ya que el Gobierno dispone de una herramienta tan querida como odiada: las retenciones. Se trata de impuestos a la exportación.
Su uso es, entre otros, desincentivar las exportaciones de bienes sensibles o estratégicos. Hoy las retenciones son de un 20 por ciento para el trigo y un 10 por ciento para harina. ¿Cómo lo toman los productores que podrían estar exportando a mejores precios? “El Gobierno implementó un sistema de subsidios para compensarlos”, explica Mariano Lamothe, analista de temas agroindustriales de la consultora Abeceb.
Obligados a vender a los molinos argentinos a precios de alrededor de US$118 por tonelada, la diferencia entre ese precio y el de exportación de US$160 es compensada por el Gobierno. Un mecanismo que, sumado a la limitación de las ventas al exterior, le ha permitido al gobierno del presidente Néstor Kirchner sostener el débil cerco que ha construido para contener las expectativas inflacionarias.
Lamothe cree que estos mecanismos se mantendrán en 2008. “Durante los últimos años, los ingresos por retenciones constituyeron un factor determinante del superávit fiscal”, de modo que dinero para eso hay. Y habrá, ya que “la continuidad de los precios elevados de los commodities permitiría repetir el efecto tanto en 2007 como en los próximos años”.
Sucede que pocos creen que los precios del trigo vayan a descender bruscamente. No se considera que sean el resultado de variables coyunturales negativas como los bajos stocks mundiales; las malas cosechas en Francia y Australia (dos de los mayores productores trigueros); la caída de un quinto en los rendimientos de Canadá por la sequía o la influencia especulativa de los fondos de inversión en materias primas.
Los sacudiones en los mercados internacionales, derivados de la crisis en los créditos inmobiliarios subprime de hace algunas semanas eran la mejor prueba de que los precios de los commodities son más susceptibles a fenómenos pasajeros.
“A pesar de que se evidenciaron algunas caídas en los precios, el movimiento pareció atender al retiro de fondos especuladores, ya que el valor se incrementó nuevamente luego de atravesar un par de días de tendencia descendente”, dice Lamothe.
LAS PERSPECTIVAS
En efecto, a corto plazo, habrá más bocas y no tanto trigo para llenarlas. Según el Consejo Internacional de Granos (IGC), en el ciclo de cosecha 2007-2008 la misma será de siete millones de toneladas inferiores a lo proyectado, contabilizando un total de 607 millones. Aunque tal cifra de la cosecha estará arriba de los 591 millones de toneladas de 2006/2007.
Para Lamothe, más allá de lo coyuntural, hay una nueva realidad. “Los commodities hacen ciclos sobre una línea media horizontal”, dice. Y añade: “lo que vemos ahora es que esa línea está un escalón más alta”.
Aunque no hay cifras concluyentes, se dice que ese escalón se origina en dos razones gruesas: la adopción de la dieta occidental y capacidad de pagarla por parte de cientos de millones de personas en la India y China, y la rentabilidad del uso de tierras agrícolas para biocombustibles.
Si bien algunos podrían guardar cierto optimismo, basados en la experiencia de que entre 1980 y 2000 la producción de alimentos creció 50 por ciento, mientras que la población mundial lo hizo “sólo” en 39 por ciento, esta vez existe un problema difícil de sortear: las tierras cultivables se están acabando.
Según Zafar Adeel, encargado de la Red Internacional en Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas en Toronto, en Centroamérica, por ejemplo, el 75 por ciento de la tierra cultivable ya es infértil por erosión o mal manejo.
PÓLVORA POLÍTICA
Para Iván Nazif, agregado agrícola de Chile en Argentina, el lado bueno es que “el trigo va a empezar a ganar en credibilidad para los productores”, lo que significa que los incentivará a sembrar.
En Chile el suelo agrícola dedicado a ese cereal ronda las 280,000 hectáreas, pero tradicionalmente fue de medio millón y hubo momentos en que se llegó a 800,000. “Fueron los tiempos de la política de seguridad alimentaria”, recuerda el experto.
Nazif piensa que hay una buena posibilidad de que ahora, en su país, el cambio de precios “a cinco años va a alterar la ecuación entre fruteras y viñedos y los productores de gramíneas”.
La razón es simple: la gente no vive de comer principalmente frutas. “Ellas también van a subir este año, pero a niveles marginales”. Sucede que, así como la chispa final que dio origen a la Revolución Francesa fue la escasez de harina y pan, la carestía del trigo y el maíz posee un efecto sicológico fuerte en la población. Por ende, en los políticos.
No por nada el primer mandatario de Ecuador, Rafael Correa, aprovechó el alza de la harina en su país para responsabilizar en gran parte al opositor Álvaro Noboa. Ser millonario y líder de la industria harinera ecuatoriana no consigue simpatías si el pan sube demasiado.
Y si bien Correa anunció la importación de 20,000 toneladas de harina de trigo para moderar las alzas, la Asociación de Molineros dijo que la principal responsabilidad recae en el aumento del 45 por ciento en el valor del trigo que importan.
La respuesta gubernamental fue ordenar al Consejo de Comercio Exterior (Comexi) suspender por seis meses la aplicación del arancel a la importación de la harina de trigo.
No todos creen que rebajar aranceles sea una ayuda decisiva o aconsejable. En Perú, Fernando Cillóniz, experto en temas agrarios y director de la consultora Información, puntualiza: “Con una medida de este tipo otras industrias pedirán también la eliminación arancelaria de sus insumos”.
Desde su óptica, el Gobierno siempre se tienta en controlar precios de canasta básica, para no afectar al consumidor, pero no piensa en los pequeños productores nacionales. En el caso del trigo, “un alza del precio podría beneficiar al pequeño productor local”.
Claudia Bustamante, del Comité de Molinos peruano, observa otro problema. Como se ha liberado la importación de harina de trigo, “los panificadores podrían optar por importar directamente, porque les saldría mejor que comprarles la harina a los molineros”.
En Bolivia, mientras tanto, el Gobierno comenzó a intervenir fuertemente en la industria del pan. Dada el alza de más de un 25 por ciento del pan de batalla (pan común), prohibió la exportación de trigo, harina y manteca animal y vegetal. Anunció también la importación de un total de 100,000 toneladas de harina argentina desde la última semana de agosto hasta diciembre.
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