- Ñaringa nos dijo: “Si quieren saber el pasado alegre y parrandero de la mina, mejor hablen con doña María Vílchez”. Aquí, la historia
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Fue la mina El Limón a mediados del siglo pasado un poblado próspero. Los mineros y resto de trabajadores ganaban muy bien y los administradores del mineral les concedían algunos derechos sociales, escuela, comisariato, agua, luz y alguna atención médica elemental.
De eso nos habló hace pocas semanas Domingo Ramón Betanco, alias “Ñaringa”, que a contrapelo de aquel pasado nos trazó el cuadro desolador de un Limón que ahora está en agonía y quizás pronto pase a la categoría de “Casas Muertas” como las que describe en su pequeña novela Augusto Roa Bastos.
Pero Ñaringa —quizás por cargos de conciencia— no quiso hablar sobre la vida farandulera en esos minerales donde convergían centenares de individuos con distintos propósitos, unos en busca de riqueza fácil, otros con ansias de aventuras y damiselas al estilo Far West y la mayoría con esperanzas de hallar un trabajo cualquiera para sobrevivir con la familia.
Para tener una relación fiel de El Limón alegre, metido en guaro, bailarín de mambo de roconola y proclive a las trompeaderas, Ñaringa nos recomendó hablar con doña María Vílchez.
Encontramos a la susodicha en su casa situada en la ronda que lleva al cerro El Bonete. Fácil de palabra y generosa en ademanes y gestos, doña María Esther Mendoza Reyes no se hizo rogar y nos sentamos a platicar con ella, sirviéndonos de fondo los agudos chillidos de sus tres chocoyos que se empecinaron en sostener un duelo con las dos loras de la vecina, competencia que a nuestro juicio fue ganada por las loras que, además de concatenar algunas palabras y frases, silbaban aquel antiguo estribillo que arrechaba a los bolos: “Estás picado, con guaro fiado y no lo has pagado”.
¿Por qué María Vílchez si su apellido es Mendoza?
Yo soy María Esther Mendoza Reyes, natural de El Sauce. Pero vine de catorce años a El Limón y ya no me fui. Me dicen María Vílchez porque mi marido era Félix Vílchez, que murió en la guerra del ochenta, era contra y me lo mataron en El Sauce. Fíjese, yo me casé a la edad de 14 años con Félix, el era leonés, el primer hijo lo tuve a los 17 años, bien chavalita y ellos me enviudaron.
Vivíamos en la finca Las Palancas, pero me la confiscaron y me vine para acá con mis dos niñitas pequeñas, Aura Mercedes y Reina Isabel, pero como era contra pasé dificultades, a cada rato me echaban presa.
Entonces, ¿por qué nos recomendaron hablar con usted sobre la vida alegre que hubo en este lugar hace cincuenta años?
Le voy a decir, en el tiempo de Somoza nosotros fuimos felices. Yo vivía en mi finca y era muy visitada por Somoza. Porque yo fui liberal. ¿Sabe cómo me decía Somoza? Caperucita Roja, y aquella era La Chela, la que vive ahora en una casetita. Estaban también La Valdés, La Juana Negra, la Modesta Álvarez, la Esther Mendoza… Todas éramos mujeres liberales ardientes, ellas vivían aquí en la mina, yo vivía en mi finca.
¿Entonces usted conocía a la gente de estos lugares?
Claro, eso era lindo, aquí la libra de carne valía tres pesos, de la mejor carne. El hueso valía un chelín, la libra de cuajada valía un peso, la leche se regalaba. Mi marido fue minero, metía el sombrero en la mina. Cuando los gringos estaban aquí era una vida feliz, aquí trabajaba todo el mundo y todo mundo tenía. Yo nunca aguanté hambre, pero ahora en veces tengo para mi tortilla y en veces no. No me lo va a creer, aquí estoy alquilando, cuidando esta casa. Aquí la vida es triste, la mina antes era linda.
Pero también había una vida nocturna bastante agitada, ¿cuénteme de eso?
Agitada… ¿Por qué?
Porque había un modo de gozar el dinero.
Ah, claro que sí. Fíjese que mi marido me decía “hoy saqué tanto de algodón’” y me daba peso sobre peso. Sembraba 25 manzanas y tenía dos carretas que trabajaban diario en la Mina. ¿Usted pudiera creer que yo vivía mal?
Claro que no.
Si usted llegaba a mi casa no se iba a comer sopa de una gallina, se comía una sopa de cuatro gallinas para toda su gente y ahora… ¿qué le puedo dar? Tal vez una tortilla caliente con una cuajadita, y así la cuajadita, antes no señor.
¿Pero con la prosperidad existieron cantinas, burdeles?
Mire señor, las cantinas eran para los viejos. Estaba la de Pedro Vílchez, allí una, aquí otra. Allá estaba la de una señora Poveda, en una subidita por ahí; estaba otra que le decían La Chicona. Eran entre cinco y diez cantinas, allí no andaban chavalos, eso sí que no.
Entiendo que ahí llegaban los mineros.
Claro, eso era para los mineros. Ahí no se daban violaciones como ahora que te violan a una chavala. Fíjese que mi marido fue juez de mesta y después quedó como general de cañada, fue un hombre importantísimo, que si usted llegaba y le decía: “Don Félix, yo estoy enfermo, no tengo dinero”. Él le decía: “Tome jodido, vaya a curarse”. Hombre liadísimo. ¿Sabe? Yo soy una mujer tan leal que si yo he sabido que mi marido era un hombre malo yo digo es cierto, mi marido lo mataron por esto y esto.
Pero volvamos al tema, yo quiero saber de la Mina y de la alegría qué había antes.
Había roconolas, victrolas, esas no las ve ahora. Bailaban las muchachas ahí y había un club aquí que era el de Juan Reyes. El otro era de Luis Rodríguez, ese era de comidería, jugadera de boxeo, era alegre aquello.
Dicen que en aquel entonces venían desde Managua las mujeres el día viernes y el lunes ya iban con sus buenos bollos.
No, no, no. Las mujeres aquí vivían, había quienes les alquilaban y les vendían la comida.
¿Cuál era la mejor cantina?
La de Pedro Vílchez que tenía doce mujeres. Pero mire, era una cosa muy honesta. La Guardia no se quitaba de ahí. Que un chavalo como ese que está ahí estuviera cerca de una cantina, no, ni quiera Dios y la Virgen Santísima. Le voy a platicar que mi hijo era un hombre bien parecido y había unas mujeres jóvenes, y se para él con la carreta, porque el que cuidaba a las mujeres era su tío, Mercedes Vílchez. Entonces viene una mujer y lo agarra para bailar, pero el guardia lo agarra y ya me llevaban preso al chavalo. Pero sale el tío y le dice: “Él es mi sobrino, la puta lo agarró y como mira que baila bien, se entotorotó con él”. Casi me lo echan preso al niño, porque tenía 14 años pero era un hombrón.
¿Cuénteme, había cine?
Claro que había, el Cine de Cañas. Así era el apellido del Maestro Cañas. Sólo por Cañas lo conocían aquí. Todos los días había cine, la misma película en la semana, las mejores películas los domingos.
¿A qué hora comenzaba la vida nocturna?
A las seis de la noche y cerraban como a las ocho.
Pero en los años 68 y 69 —dice René Ortega— nosotros que conocíamos la Mina El Limón mirábamos que se abrían a las seis de la tarde y era el día siguiente y estaban volando penca.
Mire, aquí hay una mujer que es vieja, ella fue la última dueña de esa cantina, se llama Adelina, pregúntenle a ella.
Había una cantina que se llamaba Moradel.
Ah, esa era El Batazo de la Aura Moradel. En el tiempo de Somoza, las cantinas tenían su horario, ahora hay más Sodoma. Anoche no dormí, aquí hay una Sodoma horrorosa, por eso me quiero ir. La gente de antes era muy educada, no crea que porque era un campesino a usted lo irrespetaba. No es como ahora, con perdón suyo, que se saludan: “Ideay, hijo de la gran p… ¿cómo está tu madre?” Todo eso te dicen hasta los cipotes.
Cuénteme de la Iglesia, dicen que los padres sólo los domingos venían.
No, si ahí está la iglesia. Pero ahora estamos arruinados porque en tiempos de Somoza hasta en las fincas había misa, llegaban los curas a enseñar la doctrina, ahora un chavalo no sabe por qué se confiesa.
¿De las canciones de su tiempo que me puede decir?
Eran boleros suaves, canciones bonitas. Ahora son puras vulgaridades, que tócame la paloma, que pélame la paloma, que mámame aquí, que mámame allá, eso es una chanchada, antes había canciones de La Matancera, todas esas eran cosas buenas, canciones liadísimas.
Pero yo lo que quiero es que vengan a ver esta pobreza que hay aquí. Hay mucha pobreza.