Sacerdote católico
En el año 1985, viviendo en la ciudad de Monterrey, México, llegó dichosamente a mis manos, un librito, llamado Camino, de San Josemaría Escrivá. Lo leí y medité con mucha devoción y siempre permanece en mi corazón. Una de sus frases, frecuentemente, me invita a la reflexión: “estas crisis mundiales son crisis de santos”.
Y es la realidad. Los conflictos que vivimos a todo nivel, se deben a que muchísimos de nosotros, hijos de Dios, llamados a la santidad, hemos perdido el norte en nuestra vida, que debe ser el tener los ojos fijos en el cielo, pero con los pies bien puestos en la tierra.
Vivir la santidad, en el ambiente, en el contexto, donde Dios nos tiene, ahí está el secreto. En las cosas sencillas, ordinarias de la vida, que cuando se le impregnan el sabor de Cristo, se convierten en algo maravilloso.
La santidad es dejarse colmar del que es el forjador de los discípulos de Cristo, del Espíritu Santo que nos hace vivir con entusiasmo, la perseverancia de estar a los pies de Jesús. Esto es un regalo del cielo, pero que necesita del esfuerzo personal.
Allí tenemos su Palabra Divina, consignada en La Biblia, que es la misma boca de Dios. San Jerónimo, nos decía: “La ignorancia de las Sagradas Escrituras es ignorancia de Cristo”. Y eso es verdad, no podemos amar, lo que no conocemos.
Un cristiano, que no se alimenta de la Palabra de Dios, poco a poco, se vuelve un raquítico espiritual. Hay que estar fortalecidos para el momento de la prueba. Jesús mismo lo enseña categóricamente cuando es tentado: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (cfr. Mt. 4, 1)”. Un seminarista preguntó al Papa Benedicto XVI, el 17 de febrero de 2007, ¿Cómo escuchar a Dios? Y el Santo Padre le respondió: “Habla por medio de los acontecimientos de nuestra vida, en los que podemos descubrir un gesto de Dios. Habla también a través de la naturaleza, de la creación; y, naturalmente, habla sobre todo en su Palabra, en la sagrada Escritura, leída en la comunión de la Iglesia y leída personalmente en conversación”.
La Palabra de Dios, nos regala valentía, decisión ante las dudas, audacia para convencerse que no debemos temer a nada ni a nadie, sino al pecado. San Pablo lo expresa “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).
Este mes de septiembre, que iniciamos, es una excelente oportunidad, para que todos, nos comprometamos a hacer una lectura orante, meditada, contemplada y vivida de la Palabra Divina “que es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Cfr. Hebreos, 4, 12-13).
Si no tienes tu Biblia, sacrifícate un poco por conseguirla. Y nosotros, tengamos el propósito de regalar por lo menos una, a quien la necesite. ¿Qué mejor regalo podrías hacer?