Los escritores en una librería en Bogotá, entre ellos, el panameño Carlos Wynter, el cubano Ronaldo Menéndez y Eduardo Halfon. (LA PRENSA /CORTESÍA)

Bogotá 39: tan jóvenes como diversos

El evento literario Bogotá 39 reunió a una muestra representativa de los nuevos narradores de Latinoamérica. La Prensa Literaria asistió y conversó con algunos de estos escritores que no han sobrepasado los 40 años No tienen nada en común. Ninguno se parece al otro en lo que escriben. Al menos 20 de ellos han emigrado […]

  • El evento literario Bogotá 39 reunió a una muestra representativa de los nuevos narradores de Latinoamérica. La Prensa Literaria asistió y conversó con algunos de estos escritores que no han sobrepasado los 40 años

No tienen nada en común. Ninguno se parece al otro en lo que escriben. Al menos 20 de ellos han emigrado de sus países. Hay dos que escriben en inglés. No persiguen un ideal único, ninguno pretende escribir la novela total, como alguna vez se lo propusieron los monstruos del boom latinoamericano como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Benedetti entre otros grandes escritores que saltaron al tapete en los años sesenta y setenta.

En esta generación, a unos les interesa la política de su país, a otros su vida cotidiana, nada más sus miserias, simplemente sus obsesiones.

Tal vez lo único en común, de los 38 narradores que asistieron a Bogotá 39, el evento literario que reunió a una muestra representativa de escritores latinoamericanos, el pasado fin de semana en la capital colombiana, es que todos nacieron en esta región y todos padecen la fiebre de escribir.

“Lo común es la diversidad”, dice Ronaldo Menéndez, escritor cubano radicado en Madrid. O como lo resumiría el guatemalteco, Eduardo Halfon, que también vive en España: “lo común es la idea de que nada nos une”.

Menéndez, que odia escribir de política y procura guardar distancia de todo lo que huele a revolución cubana porque a él le interesan más sus propias miserias, fue uno de los narradores que asistió a este encuentro literario.

Este festival partió de algunas premisas como: “¿Hacia dónde va la literatura latinoamericana actual? ¿Quiénes son los nuevos narradores? ¿Qué noticias nos traen del mundo?”

“Después de cuatro días ya no sabemos ni por qué escribimos, ni de qué escribimos, ni hacia dónde va la literatura”, diría al cierre del encuentro, el consagrado escritor mexicano, Jorge Volpi.

En la introducción de la página web del festival (http://www.hayfestival.com/bogota) se lee algo que suena como un objetivo: “Es hora de que nuestra literatura, disuelta hace décadas en glorias nacionales dispersas, recupere el brillo continental que tuvo en las décadas de 1960 y 1970 y suene con la fuerza de muchos talentos aunados.”

Pero a las inevitables preguntas ¿de dónde salieron estos narradores? ¿Cómo fueron elegidos? Tres jurados colombianos todos, darían sus argumentos.

Cabe decir que la idea comenzó a tejerse entre enero y marzo de este año. Se oyó hablar de Bogotá 39 en el Hay Festival de Cartagena, en Colombia, y más luego, volvió a sonar en los días en que se homenajeaba a Gabo (Gabriel García Márquez) en la misma ciudad, durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado a finales de marzo.

Y sin duda sería un buen pretexto el nombramiento de Bogotá como capital mundial del libro 2007, para convocar masivamente a la lectura y a escritores.

Así lo reconoce Piedad Bonnett, uno de los jurados que escogió a esta muestra de escritores.

“Invitar a 39 escritores menores de treinta y nueve años, creadores de las nuevas tendencias narrativas, puede resultar muy atractivo porque pone a circular muchos nombres no enteramente conocidos; como se sabe, los circuitos comerciales de las editoriales no siempre fluyen como se debe y libros de autores muy reconocidos en sus países no se venden en el resto del continente. Ponerlos a dialogar entre ellos y darle al público la oportunidad de interpelarlos será sin duda muy estimulante para la vida cultural de la ciudad.”

Bonnett dejó claro que no se trataba de escoger a los mejores sino de seleccionar una muestra representativa de narradores “cuyas obras sean o bien muy prometedoras y talentosas, o bien ya bastante consolidadas, con propuestas narrativas novedosas y visiones de mundo originales y que impliquen una renovación y vigorización de la tradición en lengua castellana. Esto no equivale a decir que los que no sean escogidos no tengan méritos”.

Así, todo comenzó el jueves 23.

Ese día, bajo una mañana más lluviosa que soleada, como es habitual en la capital colombiana, se corrió el telón de Bogotá 39.

De forma simultánea, los auditorios de varias universidades fueron asaltados por escritores de Chile, México, El Salvador, Cuba, Brasil, Perú, Argentina Puerto Rico, Paraguay, Guatemala, Panamá, Bolivia, Venezuela, Uruguay y Ecuador. Ver:(http://www.hayfestival.com/bogota/es-autores.aspx)

No llegó al encuentro el representante de República Dominicana, Junot Díaz, quien creció en New Jersey y ha sido reconocido por la prestigiosa revista estadounidense, The New Yorker, “como uno de los 40 mejores escritores menores de 40 más importantes del momento.”

Aunque eran muy pocos los autores conocidos, eso no impidió que todos los narradores fueran seguidos con entusiasmo. Entre los más populares estaban Jorge Volpi (1968), de México; Santiago Roncagliolo (1975), de Perú, quien se ganó el premio de novela Alfaguara el año pasado; el argentino Gonzalo Garcés, del que se han publicado tres libros en Colombia y autores como el colombiano, Antonio García, que es columnista y asesor editorial de la revista Soho, y que jugaba de local.

Durante cuatro días hubo un desborde literario. Se repletaron auditorios universitarios y estuvieron a reventar bibliotecas públicas en localidades alejadas del centro de la ciudad (Bogotá cuenta con una red de más de 50 bibliotecas públicas). Las tertulias literarias se extendieron a librerías, cafés, bares y parques de la ciudad.

El escritor mexicano, Fabrizio Mejía, resumiría en el acto de despedida, que las dos cosas más útiles que hizo en Bogotá fue recomendar dos libros de poesías a dos adolescentes de 12 y 13 años, que se le presentaron como “poetas” en una de las charlas en una de estas bibliotecas municipales.

Los escritores, en general, se irían impresionados por la acogida y por el interés de la gente en la literatura. “Nunca vi tanto interés, ni tanta disposición por la literatura”, dijo Claudia Hernández, narradora de El Salvador.

¿Se respondieron al final, las interrogantes del encuentro? ¿Va hacia alguna parte la literatura latinoamericana que se está haciendo en la región? ¿Qué leen estos nuevos autores?

Leen de todo. Hay seguidores del escritor estadounidense Philip Roth, como se declaró el argentino Garcés. A otros les gusta Bolaño. Algunos —como el panameño Carlos Wynter— dijeron que les gustaba releer a Cortázar.

Otros se entretienen releyendo a los clásicos rusos y alemanes. El mexicano Álvaro Enrigue, dijo que le gusta mucho leer sobre historia, y la ecuatoriana, María Gabriela Alemán, releía a Kafka y a escritores de literatura fantástica.

Sobre la tendencia, el escritor panameño, dice que no hay un único camino sino que son muchos los caminos por los que se está yendo la literatura actual de la región.

Menéndez, que recibió el premio Casa de las Américas en 1997 por sus cuentos, cree que los escritores latinos a diferencia del boom, ya no tienen las inquietudes nacionales y geográficas que existían antes, no hay urgencia por escribir una novela total. El cubano explica que las inquietudes ahora son más individuales.

En la misma sintonía habla Halfon, de Guatemala, quien ha expresado en sus libros preocupaciones sobre el suicidio y el oficio de escribir y Hernández, de El Salvador, considerada por sus colegas una cuentista extraordinaria. “Cada libro es un juego nuevo”, resume Hernández.

“Se está haciendo de todo, hay diferentes temáticas. Uno creería que no hay gente interesada en la política, pero está por ejemplo el peruano Roncagliolo escribiendo sobre la política de su país a la distancia.”

Sobre las posibilidades de publicar en sus países, las opiniones son disímiles. Menéndez dice que, en su caso, le ayudó mucho el premio. Sus últimas cuatro obras las ha publicado bajo el sello Lengua de Trapo, una editorial española. En cambio, Claudia Hernández comenzó a publicar sus cuentos en páginas de diarios salvadoreños. Ella dice que regularmente no tiene problemas para publicar, pero supone que sí hay problemas para los narradores.

Halfon cree que no hay que preocuparse por eso sino por el oficio de escribir. Este escritor que vive en La Rioja, España desde hace cuatro meses, piensa que si un narrador es bueno, la oportunidad puede llegar con relativa facilidad; sin embargo, no descarta que para algunos narradores existan dificultades.

Y por las palabras de Halfon, da la impresión que la mayoría de los autores de Bogotá 39 tienen resuelto el problema de publicar. Al final, en este encuentro lo más importante era conversar con los lectores, conocerse entre ellos y hasta alcoholizarse, como reconoció Roncagliolo.

“Conocía obras de la mayoría, pero no personalmente”, dice Menéndez.

Ninguno prevé las repercusiones que puede tener Bogotá 39, la gran mayoría se inclina por verlo como un festival más, como otro encuentro literario para anotar en la hoja de vida, o simplemente como un desfile inolvidable de vanidades.

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