Sacerdote católico
Si recordamos y meditamos la Palabra de Dios que se nos ha proporcionado en la Liturgia de estos domingos, percibiremos cómo Jesús nos enseña cuál es el trayecto de un discípulo suyo.
Varias son las características que debe poseer. Entre ellas:
Primero: La Misericordia: es el amor de Dios hecho realidad en la vida cotidiana y en la relación con los demás, expuesta claramente en la parábola del buen Samaritano (Lucas 10, 25).
Segundo: La Escucha de la Palabra de Dios. Jesús nos recuerda que lo fundamental es sentarse a sus pies, como lo hizo María, cuando visitó Él a sus entrañables amigos, y ante la actitud de Marta, el Maestro Divino, nos dejar ver que lo primordial es escuchar su Palabra, no la del mundo y luego ponerla en práctica. Oración y acción, que no se excluyen, sino que se complementan. (Lucas 10, 38).
Tercero: La oración. Es vital para el cristiano. Es el alimento espiritual. Sin intimidad con el Señor, no podemos hacer nada. Nos quedamos en un activismo, muchas veces estéril. El Padre Nuestro, la más bella de todas las oraciones. Orar con perseverancia. Y pedir lo mejor: El Espíritu Santo en nuestras vidas. (Lucas 11,1).
Cuarto: La utilización adecuada de los dones. Todo pertenece a Dios. Nosotros no somos dueños ni de nuestra propia vida, mucho menos de los bienes. Somos administradores. Cuando la codicia se apodera del corazón, el hombre torpemente piensa que el acaparamiento de riqueza o poder, sin acordarse del prójimo, le garantiza sus propósitos. Tontos, dice el Señor. Ni sabrán para quién será lo atesorado. (Lucas 12,15).
Quinto: La vigilancia permanente. Es el estar preparados. En cualquier momento viene el Señor. Es el estar siempre con la cintura ceñida y con las lámparas encendidas. La muerte llega de manera imprevista. El cuerpo es finito. El alma es inmortal. ¿Qué nos llevaremos, qué dejaremos, como nos presentaremos ante el trono de Dios? (Lucas 12, 40).
Sexto: Llenarnos del fuego del amor de Cristo. Cuando Jesús pide que venga fuego a la tierra, se refiere al Espíritu Santo, para que nuestros corazones se incendien en amor a Dios y a los demás. Cuando habla que ese mismo ardor por vivir como sinceros cristianos provoca no la paz del mundo, sino la división, se refiere al tipo de paz que es la pasividad de todos aquellos que por no meterse a problemas, dejan que las barbaries en la sociedad, continúen, sin ellos involucrarse. La verdadera familia, para un cristiano, no es por vínculo de sangre, sino por ideales de justicia, por convicciones limpias. La Paz de Jesús, no es la paz de los sepulcros blanqueados, sino la que es fruto de la justicia. (Lucas 12, 50).
Séptimo: Luchar por entrar por la puerta estrecha. Esto se gana, cuando de manera libre optamos por el bien. Nuestra naturaleza humana debe decidir, ayudada por la gracia divina, pues somos débiles. La puerta ancha del pecado, con todo lo que eso significa: corrupción, comercio de nuestras conciencias, complacencias efímeras aunque causen dolor y aflicción a los otros, abusando de los hermanos a todos los niveles, creyéndonos que somos eternos y que nunca llegará el momento de rendir cuentas de nuestras acciones. La puerta ancha es la impiedad que se ha apoderado del mundo produciendo toda clase de crímenes abominables.
Optar por la puerta estrecha es la renuncia, el sacrificio, el seguir a Jesús con todas las consecuencias. (Lucas 13, 24).