El límite de la tolerancia

Sacerdote Católico. La palabra tolerancia se define como el “respeto a las ideas, creencias, o prácticas de los demás cuando son diferentes a las propias”. Uno se puede preguntar “¿hasta cuándo tolerar?” Y la respuesta es: “hasta no ser cómplices”. Si tolero que los otros roben, eso me convierte en ladrón. Si tolero que me […]

Sacerdote Católico.

La palabra tolerancia se define como el “respeto a las ideas, creencias, o prácticas de los demás cuando son diferentes a las propias”.

Uno se puede preguntar “¿hasta cuándo tolerar?” Y la respuesta es: “hasta no ser cómplices”.

Si tolero que los otros roben, eso me convierte en ladrón.

Si tolero que me golpeen, eso me convierte en agresor.

Si tolero que los soberbios humillen a la gente, eso me convierte en humillador y soberbio.

Si tolero cualquier acto que atente en mi contra o de la sociedad, soy cómplice, y tan responsable como aquel que lo comete.

Da la impresión que tolerancia y paciencia son lo mismo. Son similares, pero la diferencia radica en que la paciencia es la capacidad de esperar y la tolerancia es permitir la diferencia de pensamiento.

Pero llega un límite en que ya la tolerancia, no es permitir la diferencia de pensamiento, o la capacidad de esperar, sino que se puede volver comodidad o cobardía.

Tenemos derecho a la tolerancia, pero toca una demarcación que excede la paciencia, y aunque la paciencia todo lo alcanza, como una virtud moral, la falta de toma de decisiones en contextos cruciales, se torna en dejadez, en prejuicio de los mismos que lo han permitido.

El ser intolerante, es otro asunto. Es querer imponer el criterio propio, por cierto que a uno le parezca, por encima de la libertad de pensamiento de los demás.

Pero el ser temeroso, es una actitud vil, porque no le permite al ser humano, salir adelante, y lo condena al inmovilismo y se es víctima de cualquier tipo de chantaje, sea económico, moral, emocional.

Muchos piensan que perdonar es olvidar. El perdón, consiste en no tener ningún tipo de resentimiento u odio en el corazón y es una virtud cristiana.

Unos dicen, como entona una canción: “ya lo pasado, pasado, no me interesa”. Pero eso está en la canción, no en la realidad, porque un pueblo que olvida su memoria histórica, como decía el Santo Padre Juan Pablo II, de feliz memoria, está condenado a cometer sus mismos errores.

El hombre ha nacido para ser libre.

Las tiranías no construyen personas, fabrican concen traciones amorfas, que les imposibilita expresarse individualmente y con razonamiento, con el único objetivo de alimentar el ego insaciable de aquellos, que como ha dicho el Eminentísimo cardenal hondureño, “se sienten como un dios y con derecho a atropellar a todas las demás personas bajo una soberbia que ya se ha visto en la historia de otros dictadores, incluso de algunos que llegaron a decretar la muerte de Dios y después de 20 años desaparecieron del mapa y hoy se les recuerda como tiranos”.

Pensémoslo bien, ¿hasta dónde llega el límite de la tolerancia? ¿Hasta dónde está la demarcación de tu comodidad o de tu cobardía o de tu falta de bravura para defender el don más preciado que es la libertad?

¿No crees que vale la pena soñar, luchar, morir por los ideales, por los que miles y miles han luchado en nuestra patria, y no ser compinches del crecimiento de aquellos, que cual actuales faraones, so pretexto engañoso de restituir la dignidad de los más humillados, realmente los convierten en esclavos?

Es hora decisiva para todos. Dios y la historia nos juzgarán según nuestras acciones, nuestros miedos o nuestra valentía.

Religión y Fe

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