- Gema Santamaría presenta Antídoto Para Una Mujer Trágica, en Galería Epikentro a las 7:00 p.m., el próximo 31 de julio
Antídoto Para Una Mujer Trágica es uno de esos libros que se escapan del intimismo femenino dulce y sensual, en forma de aullido sordo y rugiente protesta. La voz poética de Gema Santamaría en este poemario deja suelta a la fiera herida que todas las mujeres llevamos dentro, una fiera envenenada por la tragedia, con un cuerpo que deja de ser suyo en el momento del reclamo amoroso o sexual y que tras él, fuera de unos grititos ahogados, porque si son intensos el otro se asusta, no encuentra ninguna trascendencia sino el abandono. No sé por qué, pero leyendo los versos de Gema me viene a la cabeza aquella frase que aparece en una de las canciones de Bob Dylan: I gave her my heart, but she wanted my soul… (Le di mi corazón, pero ella quería mi alma).
¿Qué misterio encarna el cuerpo femenino cuya fuerza es capaz de generar vida dentro de sí? ¿Por qué ella queda insatisfecha con el corazón del hombre y lo que busca realmente es su alma? Misterio. El cuerpo femenino y su forma de amar es un misterio hasta para nosotras mismas. Quizá porque el cuerpo femenino es su propia alma, pues, a diferencia del hombre no puede separar el sexo del amor y, cuando lo hace para no ser lastimada, queda en ella un vacío y la sensación de abandono. En el poema Sala de Espera, que abre la primera parte del libro, la poeta declara: tengo todo mi equipaje y, sin embargo, /me siento desarropada y con la soledad revuelta….. /Aquí estoy de nuevo, con el alma deshilada/ y el corazón hecho una cáscara de sangre….. /Es otra la mujer que regresa, amarilla y cabizbaja/ con las costuras de la piel mirando hacia fuera… / Es otra la mujer que regresa; tijereteada/ devuelta a un rompecabezas.
¿Cuál es el veneno para el cual la poeta Gema Santamaría busca un antídoto? Las mujeres de hoy y todas las que se han emancipado han tenido que inocularse contra el amor como ellas por instinto lo perciben, porque ese amor trae consecuencias significativas en su vida y su cuerpo, que en el caso de la mujer, insisto, parecen ser lo mismo: aquí, se respira el deseo/ como fruta que crece su lengua/ como miel que avanza en la sangre (Nido de Jacarandas).
En la poesía de Gema se escuchan también los ecos de todo un linaje de poetas y escritoras que se han atrevido a revelar la fuerza obscura y telúrica de sus propios instintos, y en las que la palabra se convierte en una vía de indagación sobre su propio ser. Por ello no son gratuitos los epígrafes que hacen honor a la mujer y que utiliza la poeta para abrir cada uno de los tres momentos del libro. Entre Perro y Lobo, de Olga Orozco o la sensualidad doliente de Carilda Oliver, la del famoso verso: me desordeno amor, me desordeno… a la pasión suicida de Sylvia Plath, o la oscultación del deseo en Elfriede Jelineck. Sin embargo, en estas referencias-madre resuenan también las voces que instintivamente me llevan a reconocer otras, pienso en Alejandra Pizarnik o Margie Pierce. Ciertamente, el lado obscuro de la hembra, nuestro lado obscuro, nuestra parte tierra y luna parece un misterio efervescente, violento e inminente, circula por el torrente sanguíneo, es tormentoso y revuelto como la mar inquieta, cuerpo deseante llamado a la concepción. Eternamente frustrado porque no logra ser para sí, es siempre para otro que se nos mete adentro y que al salir, vuelve a dejar el hueco palpitando, miedo del misterio, veneno para la que lo padece. Cuando se escribe por fuerza mayor, en el límite que presupone la realización del deseo de decir lo que sucede en el interior de sí misma, el texto se sitúa frente al habla y atraviesa los tortuosos umbrales de lo real dentro de sí para encontrar formas nuevas, allí donde el silencio escrito genera algo que no se entendería en una conversación. El recurso aquí no es la forma tradicional del poema sino más bien una prosa antipoética, de intenso lirismo, es decir, siempre en primera persona y en tiempo presente, que se incuba en una matriz donde el silencio es voz escrita, no hablada. Sin embargo, esa primera persona no es sólo un yo que transcribe sensaciones e ideas sino una voz fuerte en continuo desasosiego que genera una lectura identificatoria.
Filtradas de significado, las palabras dejan siempre una huella, digamos un residuo del procedimiento poético que se erige también en su sombra y aparece en la conciencia como un Otro que se antepone en un deslumbrante primer plano y que libera al lenguaje de su lastre expresivo y autista para convertirse en un reclamo, en una elegía, en una expiación. Memoria corporeizada, amenazante. En Gema Santamaría se hace presente identidad poética más cercana a Lilith que a la domesticada Eva.
Los arquetipos malsanos de una literatura femenina confinada a ciertos temas y géneros han ocultado el aporte callado y rico de la escritura de las mujeres. Textos lacrimógenos, páginas azucaradas de bondad y pudor, la temática de ciertos conflictos vitales propios de su sexo, han llenado las expectativas de un cierto mercado que insiste en mantener vigentes los distintos cautiverios a los que la mujer ha sido sometida por siglos.
Temerosas de transgredir, muchas mujeres tuvieron que justificar sus inclinaciones vanguardistas. Por eso es siempre refrescante escuchar a las que se atreven a rugir frente a la amenaza de mutilación física y espiritual que pesa sobre el cuerpo femenino, sobre los fenómenos que la invaden. Uno de los temas más actuales en la escritura de las mujeres es justamente la laceración del cuerpo femenino, ¿una morbosa forma de castigarlo por encerrar el misterio de todo aquello a lo que se teme? Basta leer el poema Unas Píldoras Más para evidenciar la anestesia a la que vive sometida nuestra animal:
Mire doctor/ ya sé que estoy curada, tengo pastillas redondas/ que cuelgan de mi lengua/ inofensivas balas que se escurren por mi garganta/ totalmente desinfectada, agua algodón y tijeras rodeándome/ los tobillos es necesario limpiar la suciedad/ de los malos pasos y para ello me han recomendado/ usar agua bendita. Me he enjugado el cuerpo/ borrado las manchas que revientan en mis pómulos y me dejan expuesta y colorada con la vulgar expresión de una turista./ Delgada con la comida sin grasa que me recomienda usted cada visita (agua, dos por dos por dos vasos, hasta reventarme la vejiga)/ esterilizada, he comprado en el súper aquel jabón especial para decolorar cualquier sobresalto del día y poder dormir con el alma sedada/ y aun así me siento enferma/ mi cuerpo se queja, se quiebra./ Deme algo más, / porque esta noche no duermo y he empezado a escribir poesía./ ¿Qué será doctor que aun curada, me da por masticar estas letras/ y luego escupir estas líneas malditas?
He aquí los delirios del veneno, y en efecto se busca un antídoto a través de la palabra, ¿podrá la hembra que danza con lobos encontrarlo algún día? Siga nuestro próximo capítulo en esta búsqueda de la tragedia ignota. Bendita poesía porque es quizá la única manera de acercarse al misterio más en el asombro que en el miedo. Este último poemario de Gema Santamaría, Antídoto Para Una Mujer Trágica, se inscribe en esa tradición de las mujeres bravas, que lejos de la autocomplacencia y el esteticismo vacuo, logran devolverle al lenguaje su poder de revelación, espejo a través del cual es posible reconstruir el propio caos y dar nombre a lo que sencillamente nos sucede a las hembras.