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Ahora se depende casi de un milagro. De un triple empate que se dirimiría por las carreras permitidas o por las anotadas. El punto es que el futuro no está en nuestras manos. Se escapó.
Sin embargo, una clasificación o una medalla no van a esconder la severa crisis por la que atraviesa el beisbol. Es más, hay ocasiones en la que los triunfos hacen daño. Ocultan las limitaciones de la estructura. Si es que existe una.
Más allá de lo que pase hoy, creo que no es momento para situar a los jugadores contra la pared y halar el gatillo. Aquí lo que se necesita es reinventar el beisbol. Acabar un sistema viciado e infuncional y comenzar a planear el futuro.
“El peor error es preparar el plan un día antes cuando no se conocen los movimientos del adversario”, decía Napoleón.
Aquí no se comete ese error. No se planea.
Pero, ¿estamos condenados a seguir más tiempo así?
Soy de los que entiende que el dinero es imprescindible para intentar levantar el beisbol, pero no me queda duda que si aprovecháramos mejor lo que hay a mano, tendríamos una situación distinta.
Escucho que se dice que hay que renovar el equipo. Lo que hay que renovar es el beisbol. En Río andan los mejores jugadores que tenemos. Y relevos no hay porque no se les ha construido.
Me resisto a creer que la mejor opción sea resignarnos y admitir que tenemos carencias económicas. Eso me ha parecido un método para justificar el gasto de dinero sin resultados que algunos dirigentes realizan.
Si no tenemos opción de hacer un trabajo decente, lo mejor sería no salir y planear el futuro, que siempre llega demasiado pronto.
El cambio es urgente
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