“Esta promoción integral tiene en cuenta el aspecto social y material de la vida, así como el anuncio de la fe, el cual da al hombre el sentido pleno de su ser”.
(Benedicto XVI)
En la tan noble como impostergable lucha de la promoción humana, la Iglesia no puede prescindir de anunciar a Jesucristo, pues “la Iglesia existe para evangelizar”.
Una ejemplar religiosa se puso a la orden de su párroco para la obra de la evangelización; pero éste le advirtió, en tono enérgico: “Bueno, Madre, ¡si usted me instala sanitarios y agua potable, perfecto!” La religiosa nos comentaba: “Tuve ganas de responder al padre: ‘Yo no soy fontanera…’”.
Con frecuencia, en el ambiente eclesial principalmente, se escuchan expresiones de este estilo: “No se puede evangelizar a gente que vive en condiciones infrahumanas, primero hay que solucionar los problemas concretos de la miseria”.
Siempre se puede evangelizar, aún al más desgraciado y paupérrimo de los seres humanos, pero, como lo ha declarado recientemente el Papa Benedicto XVI, en la evangelización se tiene que tomar en cuenta a los pobres. En sí no existe conflicto entre evangelización y promoción humana. Recordemos que Cristo, aquel que habló del Padre, de la gracia y del pecado, fue el mismo que multiplicó los panes y los peces para saciar a los hambrientos. El problema se da cuando se piensa que la promoción humana sustituye a la evangelización o, en el caso opuesto, cuando se evangeliza siendo indiferente a las necesidades materiales, psicológicas y sociales de los destinatarios del mensaje de salvación, pudiendo hacer algo por ayudarles a mejorar sus condiciones de vida.
El amado Papa Juan Pablo II, exhortó a los sacerdotes, en más de una ocasión, a no perder de vista su condición de ministros sagrados, recordándoles que ellos no son simples promotores ni líderes sociales. Lo mismo puede enfatizarse a quienes dentro de la Iglesia trabajan en obras de promoción humana o social: ustedes no son simples promotores sociales, son cristianos que deben acompañar dicha promoción con el anuncio del Evangelio y el testimonio de Cristo, para que ésta sea integral y pueda calificarse, por lo mismo que es completa, con entera propiedad, de promoción social auténticamente humana… Si se promociona bien, anunciando la fe, el hombre se realiza plenamente; si se realiza bien, la promoción humana viene por añadidura. En todo caso, ¡la solución es Cristo, con Él todo sale bien, todo triunfa!