Sacerdote católico.
La parábola del Buen Samaritano (Lucas 10, 25-37) es una de las comparaciones más espectaculares que Jesús realiza sobre lo que es el significado del mandato supremo para ganar la Vida Eterna.
El maestro de la Ley contesta exactamente lo que está escrito sobre la grandeza de amar a Dios y al hermano, en el diálogo que entabla con Jesús.
Pero al preguntar a Jesús sobre quién es el prójimo, el Señor le explica sorprendentemente.
Ante la calamidad de un hombre que había sido maltratado en el camino y la indiferencia de quienes pasaron de largo, probablemente para no contaminarse ritualmente o no llegar tarde a sus piadosos servicios, le hace ver quién es el prójimo.
Fue una persona de la región de Samaria (considerados paganos) quien muestra la verdadera caridad.
Se podría resumir en cinco pasos esa misericordia de Dios.
Primero. Ve
Segundo. Se compadece.
Tercero. Se acerca.
Cuarto. Actúa.
Quinto. Contagia a los demás de su amor.
A diario vemos la miseria. Y hasta nos podemos “compadecer” diciendo: pobrecitos. O peor, alegrarnos que la estén pasando mal, porque no son de nuestra religión, o no profesan nuestras ideas.
Hasta nos podemos acercar, pero para curiosear, y después llevar el chisme a los otros o tener tema de conversación nociva.
Aquel samaritano no dio un rodeo ni pasó de largo ante la necesidad del otro. Actuó, curando las heridas y sacrificando su tiempo, incomodándose, lo lleva en su propia cabalgadura hacia una posada en donde pide que lo sigan cuidando, después de dejar una suma de dinero para los gastos de la recuperación.
Así como se contagia el odio, la ruindad, la falsedad, también se contagia la misericordia que es lo único que provee verdadero júbilo.
Nos preguntamos ¿quién es el prójimo? y podemos especular que es el hombre golpeado, pero Jesús nos dice algo muy sublime.
Prójimo es el que se aproxima hacia el otro y le ayuda. Somos nosotros quienes, nos hacemos prójimos de los demás, en la medida en que cumplimos esos cinco pasos de la misericordia.
En Nicaragua utilizamos un refrán: ¡Quién es tu hermano, tu vecino más cercano”. Y continuamos equivocados pensando que el prójimo es quien vive relativamente cerca de nuestro domicilio. Y ya hasta en nuestras ciudades ni les conocemos los nombres y aún conociéndoles los rostros, poco nos importan sus penurias.
Prójimo es el padre y la madre de familia que se acerca a sus hijos para ayudarles y seguirles dando su amor. Prójimo es el hijo que se acerca a sus padres para tenderles su cariño filial y su protección. Prójimo es el hermano que ve la necesidad de su hermano sin que tenga que comunicársela. Prójimo es el cónyuge que cumple a cabalidad. Prójimo es todo hombre y toda mujer que ve, se acerca, se compadece, actúa y contagia a los otros con su amor.
Pero hay quienes viendo las necesidades ajenas, las podemos aprovechar para fines egoístas y las manoseamos para dispersar resentimiento en un caldo de cultivo de pobreza, ignorancia, o resentimiento, que son propicios para que prospere la demagogia.
Nuestra vida, es un don de Dios, que se nos ha dado para amarlo a Él y al hermano. Y ese tiempo que se va muy rápido, es como un reloj de arena, que no se detiene, pero que sin duda alguna, tiene que finalizar. Si queremos ganar la corona de victoria (2 Timoteo 2,5) hagámonos prójimos.