A mi padre, Don Edgardo Adalid Calderón Zambrana, en su centenario de edad.
¡Oh, pico de oro,
cáñamo sonoro!
En el limbo de los dioses,
tu música es plata y oro.
¡Oh, insigne filarmónico!
Amigo de la música
que cual flautista de Hammelin
en tu Niquinohomo natal
tus pasos siguieron
cual faro en las tinieblas.
La gente de tu pueblo
para oírte tocar,
la diosa del ritmo y el dios del compás
entremezclaron sus artes
para ofrecerlas a ti
y en tu cáñamo sonoro
formáronse arpegios
que como suaves melodías
y con un tenue vibrar
enamoraron a la gente de esta tierra náhuatl.
Ese soplo mágico que de tu alma salió
activó a tus dedos para acariciar
las llaves inertes de tu clarinete
e inspiró al Ave Fénix
que al escuchar tu música
muy feliz voló
y al sonido de tus notas
en el Olimpo de los dioses
la diosa Minerva,
la más bella de las musas
sin cesar bailó,
de tu cáñamo sonoro salió casi de todo.
¡Qué bellas melodías!
¡Hermosas marchas fúnebres!
Vals, boleros, villancicos
marchas militares, Fox-trot americano.
¡Qué fuerza y qué garbo, de tu pico de oro!
Hoy el paso del tiempo
calló tu flama mágica
y silencio desde tu ventana
ves pasar en silencio
la generación musical
que tú mismo formaste
tocando la música
que les enseñaste
desde el norte hasta el sur
y de generación tras generación
será siempre recordada
la música del Maestro
Adalid Calderón.
Niquinohomo, 27 de enero del 2007