Roberto Durán (izqda.) en su combate con Carlos Palomino, cuando se encontraba en la cúspide de su grandiosa carrera. (LA PRENSA/ AP)

Durán, esa fiera

Entra a Canastota el mejor púgil latino de la historia [doap_box title=»Salió de El Chorrillo» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Cuenta la leyenda que Durán, nacido en el barrio El Chorrillo, el 16 de junio de 1951, creció en un campo minado por las dificultades. Ayudaba para la alimentación de su familia nadando dos millas diario para robarse […]

  • Entra a Canastota el mejor púgil latino de la historia
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Cuenta la leyenda que Durán, nacido en el barrio El Chorrillo, el 16 de junio de 1951, creció en un campo minado por las dificultades.

Ayudaba para la alimentación de su familia nadando dos millas diario para robarse mangos, luego, con el saco lleno, nadaba de regreso.

Un día habiendo recogido demasiados mangos, empezó a hundirse y tres amigos tuvieron que arrastrarlo a la orilla, pero nunca dejó ir ese saco.

Ese era el terco Durán.

Cuando venció a Leonard, el general Omar Torrijos mandó a traerlo de regreso a casa en su avión. Una multitud de 100,000 personas lo recibió en el aeropuerto.

Su furia estaba en cada una de sus células, en el fondo de su alma.

Cuando Durán empezó a brillar, puso sus ojos en él un millonario panameño, Carlos Eleta. Fue él quien consiguió a Ray Arcel, excelente estratega del ring, rincón de altísimo nivel, y Freddie Brown, entrenador de élite además de cura-heridas, quienes terminaron de construirlo.

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En las puertas del salón

No ganaba, destrozaba… A un lado de la leyenda construida con esa fiereza sólo vista en la jungla frente a la imperiosa necesidad de sobrevivir, Roberto “Mano de Piedra” Durán es un símbolo en el boxeo mundial.

Las puertas del Salón de la Fama en Canastota, se abrirán para recibir al mejor púgil latino de todos los tiempos.

¿Quién no se sintió atrapado por sus peleas tan electrizantes como espectaculares? Un auténtico generador de emociones mientras fabricaba sus nocáuts a base de salvajes arremetidas, Durán fue por largos años, la más grande atracción taquillera.

En 1972, muy joven aún, Durán estremeció al boxeo aniquilando al escocés Ken Buchanan en el Garden de Nueva York. Se convirtió esa noche en Campeón Mundial Ligero de la AMB con su impresionante furia provocando escalofríos.

Tenía fuego en la sangre, agresividad sin pausas y un par de puños paralizantes. Precisamente esas manos de piedra que garantizaban un golpeo destructivo, lo colocaron en ruta hacia la conquista de cuatro coronas.

Exageradamente despreocupado, manejando un alarde de confianza en forma abrumadora, transformando en escombros a sus oponentes, Durán avanzó firmemente hacia el Valle de las Leyendas.

Entre los ligeros, sólo una piedra encontró en su camino: Esteban De Jesús, el temerario púgil boricua que le arrebató el invicto durante una pelea a 10 asaltos antes de cerrarse 1972, agrietando levemente su reputación de “matador”.

Luego en 1974 en Panamá y en 1978 en Las Vegas, Durán atacó ferozmente como león hambriento a De Jesús, logró congelar sus acometidas y derretir su resistencia, estableciendo una aplastante superioridad a través de dos triunfos resonantes.

En 1980 se lanzó a la conquista de una segunda corona, la welter, frente a ese diablo del ring que era Ray “Sugar” Leonard. Lo venció en Montreal, alcanzando el más alto nivel de notoriedad en el boxeo mundial, sólo detrás de los pesos pesados, pero cuando dio la espalda ante Leonard en Nueva Orleans en el mismo 1980, víctima de la impotencia, y dijo “no más”, su gigantesco ego se deslizó hacia los cuestionamientos más implacables. Fue esa, su única mancha.

Durán dijo que se había visto obligado a abandonar el combate debido a calambres estomacales, pero nadie le creyó. Él era el machismo personificado. Un púgil salvaje, rudo, un guerrero asesino, pero sorprendentemente, por un momento, se derritió.

¿Puede una sola actitud en la vida deteriorar una trayectoria? Puede ser, pero Durán tuvo tiempo para regresar, continuar hacia la conquista de dos coronas más, demostrar que su coraje estaba intacto y hacernos saltar sobre el “No más” .

Espada nunca estuvo de acuerdo con precipitar la segunda pelea con Leonard, porque Roberto se excedió comiendo y bebiendo y no se entrenó convenientemente. Sabía Espada que eso sería mortal.

En enero del 82, Durán falló ante Wilfredo Benítez en su intento de una tercera corona, pero en junio del 83, derrotó a Davey Moore en combate por el cinturón Medio Junior de la AMB. Su cuarta corona fue posible en febrero del 89 superando en 12 asaltos a Iran Barkley en otra demostración de agresividad, triturando vaticinios adversos. Eso ocurrió justamente antes de su tercer enfrentamiento con Leonard, a quien le entregó el botín.

Nueve años después, con 47 encima, lento de movimientos, con sus reflejos adormecidos, su poder desvanecido y sus posibilidades artríticas, Durán, sin piedras en sus puños, sin recursos para garantizar el viejo show de violencia, fue superado en Las Vegas por William Joppy en batalla por el cinturón mediano AMB.

En ese momento, después de 116 batallas, con balance de 102 victorias y 14 derrotas, incluyendo 70 nocáuts, Durán se vio tan desgastado como Napoleón en Santa Elena, revisando su grandeza, pero atravesando sus últimos días.

Durán fue siempre una auténtica fiera, fuerte, capaz de derrochar valor y soportar cualquier tipo de castigo, terco para buscar cómo golpear desde diferentes ángulos, incluso los más incómodos, los menos previsibles, agobiando y destruyendo. Su gancho al hígado funcionaba como arponazo certero. Su jab no era rápido, pero su izquierda a la quijada siempre fue mortífera. ¡Cómo retaba a los adversarios! ¡Cómo los acosaba! ¡Qué olfato y qué instinto! ¡Qué facilidad más escalofriante para presionar, golpear, provocar y aniquilar al rival!

Un espectáculo inolvidable. Sus méritos para entrar al Salón, están envueltos en sudor y sangre, inyectados de coraje.

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