La Iglesia católica “está llamada a ser en el mundo, testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia”.
(Benedicto XVI)
Al leer la vida de los santos, uno se da cuenta de que el Evangelio de Cristo es para vivirse y que, por lo mismo, es posible, abriéndose a la Gracia de Dios, desde luego, ponerlo en práctica. Los santos, de cualquier sexo y de cualquier tiempo, han sido y son precisamente los testigos del amor del Padre, que sabe dejar un mundo mejor de como lo encontraron en su paso por esta vida.
El hombre de Dios, por lo general, no sólo es transformado por la suave fuerza del Espíritu Divino, sino que es transformador del pequeño o del amplio mundo en que se desenvuelve. Si únicamente el hombre es libre capaz de liberar, también únicamente el hombre renovado puede renovar, pues si nadie puede dar lo que no tiene” es porque, por lógica elemental, para dar es preciso tener.
De la misma manera, si la Iglesia católica está llamada a ser en el mundo “testigo del amor del Padre” quiere decir que el Señor la ha capacitado para esta misión: ella puede y tiene que dar lo que tiene… ¡A Cristo! Pero debe desligarse de toda atadura temporal y de todo pecado y compromiso que le impida ser luz, sal y fermento de la sociedad humana. Como “Familia de Dios” y “Sacramento de Salvación” la Iglesia de Cristo tiene que aportar a todos los hombres el testimonio de la unidad y el amor, ser lugar de acogida y de ayuda, de consuelo y fortaleza para todo necesitado, interrogante y respuesta para el que no cree, vínculo de unión entre Dios y los hombres y entre los hombres entre sí, modelo en que la humanidad pueda inspirarse.
Para que la humanidad se constituya en una sola familia en Cristo, nosotros los católicos, como personas particulares y como comunidad eclesial, tenemos que volver a ser “un solo corazón y una sola alma”, recuperar, en muchos casos, nuestra identidad cristiana… Así muchos se agregarán a nosotros, otros nos admirarán o respetarán y, en todo caso, contribuiremos a integrar, en una sola familia, a toda la humanidad.