Sacerdote católico
Después de la Ascensión del Señor, siguiendo sus recomendaciones, quedaron congregados en oración y presidiendo esa reunión de súplica y alabanza estaba la Virgen María, quien junto a los apóstoles y más de ciento veinte personas perseveraron durante nueve días, rogando a Jesús que enviara a Aquél que les recordaría todo lo que él había enseñado.
Y al cumplirse el día cincuenta, después de la Pascua, llegó Pentecostés. “De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban…” (Cfr. Hechos 2,1-11), y lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de quienes permanecieron atentos a la promesa del Señor y fueron llenos del Espíritu Santo. Ese día nació la Iglesia católica.
Muchos habían en Jerusalén, de diversos países, que se fueron acercando al lugar y aunque hablaban diversas lenguas, todos se entendían y se comunicaban entre sí, quedando admirados, porque Pentecostés es comunicación, es diálogo permanente entre los seres humanos.
Estamos necesitados de una permanente efusión de Espíritu Santo, que nos regala sus dones (sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad, temor de Dios) y también sus frutos, que son los mismos sentimientos de Cristo (amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio de sí mismo).
Es el Espíritu Santo quien puede regalarnos el mayor de los anhelos que consiste en amar a Dios y al prójimo, trabajar sinceramente por un mundo más justo, y deshacernos de los codiciosos sentimientos que habitan en nuestras vidas que producen tanto dolor y sufrimiento a los otros.
Envía tu Espíritu Señor y renueva la faz de la tierra. Renuévanos en Nicaragua, para que juntos podamos tener el coraje de despojarnos de nuestros propios egoísmos, nos unamos para trabajar unidos para el progreso de todos, especialmente de los más necesitados, los que languidecen a diario porque no tienen ni para comprar una tortilla y también tienen hambre de justicia social.
Renuévanos, Señor. No es posible que sigamos impávidos, como convidados de piedra, ante el privilegio que nos has dado de la vida y dejemos escapar el tiempo, que se va inexorablemente, deseando, acaparando codiciosamente bienes materiales, a expensas de los más pobres.
Envía tu Espíritu, Señor, para que sintamos el dolor de sabernos incapaces de querer amar de verdad, con ese amor tuyo, que no es un sentimentalismo, sino un compromiso radical de ser hermano.
Renueva a Nicaragua entera, con una verdadera revolución de solidaridad, la del verdadero cristianismo, no al que estamos muchas veces mal acostumbrados, sino el que tú nos enseñaste. El Papa Benedicto XVI ya lo dijo: “La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos si no el amor?”.
Es bueno de vez en cuando, darse un paseo por los cementerios y ver en qué terminan todas las vanaglorias. Lo único que vale la pena es una vida recta ante los ojos de Dios.
Pentecostés, es mirar con los ojos de Jesús y prestar nuestros oídos a él y por medio de esa mirada, descubrir el dolor y escuchar el llanto de los que sufren. Y actuar en su favor.
Ven, Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Amén.