Sacerdote Católico
Durante cuarenta días, después de la resurrección y antes de subir al cielo, nuestro Señor, pasó enseñando a los apóstoles y les prometió que les enviaría el Espíritu Santo.
El día de la Ascensión, como nos lo relata el libro de los Hechos de los Apóstoles en el capítulo primero, Jesús les dijo: “que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre “qué oisteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días….y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra”.
Y los apóstoles, obedeciendo a la palabra del Resucitado, no se quedaron absortos viendo al cielo indefinidamente, mientras El ascendía, pues dos ángeles, les comunicaron, que así como lo habían visto subir, asimismo vendrá un día en gloria.
Se reunieron y en medio de esa asamblea pudiera uno meditar como serían sus peticiones.
Clamarían con fuerza diciendo: Tú nos dijiste Señor, que enviarías tu Espíritu Santo. Tú nos prometiste amado maestro que no nos dejarías solos. Tú nos mandaste que permaneciéramos en oración, en unidad, en fe, reunidos, para ser bautizados, no con agua, como lo hacía Juan el Bautista, sino con Espíritu Santo y con Fuego del Cielo y que cuando fuésemos bautizados con ese Espíritu Santo, el que nos recordaría todo lo que nos haz enseñado, podríamos ser tus testigos en todos los confines de la tierra.
Y quién si no, ha sido el Espíritu Divino, quien ha mantenido consolada a la esposa amada de Cristo, la Iglesia, que somos todos nosotros, los bautizados, los que creemos en El, en medio de las situaciones más diversas y aún adversas en la historia?
Quién si no, el Espíritu de Dios, ha dado fortaleza a los mártires, a los santos canonizados y anónimos, quienes se han desgastado día a día en el transcurso de estos dos milenios por amor al Evangelio?
Quien si no, el Espíritu Santo, quien nos sostiene en los momentos de debilidad, cuando pareciera que el enemigo, con todas sus armas, y sus pompas, la avaricia, el egoísmo, todo tipo de idolatría, parecieran consumir nuestras fuerzas.
Es el Espíritu Divino, quien nos regala en todo momento, cuando alzamos nuestros brazos y clamamos pidiendo su presencia amorosa, la lluvia de gracia que refresca el desierto de los corazones.
Sólo Tú Espíritu Divino, puedes llenar el vacío de nuestra vida, que no se puede colmar con ningún tesoro, con ninguna belleza que podamos percibir o tener.
Sólo Tú Espíritu Santo, puedes realizar en nosotros, el milagro diario de la conversión, de creer que si es posible seguir adelante, luchando muchas veces contracorriente, en una sociedad en donde sólo se da culto al poder mal utilizado, en la mayoría de las ocasiones.
Eres Tú, Espíritu Divino, quien puedes formar en nuestras vidas y en nuestros corazones, la imagen y los sentimientos de Cristo, para que respondiendo con prontitud y valentía al llamado de ser CRISTIANOS, no temamos, no retrocedamos, sabiendo que aunque pareciera que la cizaña acaba con el trigo, llegará el momento de la siega, y la cizaña será echada al fuego de la eterna soledad.
Eres tú Espíritu Santo, quien nos puede regalar solidaridad con todos los Cristos sufrientes que nos encontramos a diario y que les damos la espalda, por comodidad, por miedo, por afán desmedido de riqueza, que a fin de cuentas, de nada servirán en el momento del definitivo encuentro contigo.